La terraza I

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La primera claridad del día le despierta suavemente y acaricia su rostro. Escucha las olas que cada día, le acompañan como música ambiente. Lentamente se despereza. Gira su cabeza y no puede evitar sonreír. Esa sonrisa que todos tenemos cuando al abrir los ojos, encontramos a la persona que deseamos y desearíamos ver cada mañana a nuestro lado, con quien nos encanta pasar momentos, y con quien esos ratos, se convierten en minutos escasos de risas, complicidad, confidencias y sueños. 

Se conocieron en un viaje. Viaje inesperado para ella. Viaje extraño y solitario en principio.

Su memoria y recuerdos, le llevan a aquel viaje, mientras prepara un desayuno para dos. Entre naranja y naranja, flash del tren, el sol, un trolley, una villa. Pone la cafetera en el fuego, las tostadas en el tostador, un grito: “¡¡Marco, la signora è qià arrivata!!”. Mira hacia el mar por la ventana, la cafetera empieza a desprender ese olor tan maravilloso a café recién hecho. Marco, joven moreno y fibroso. El tostador salta con sus tostadas doradas. La mantequilla se derrite a placer sobre la tostada que la absorbe con ganas. 

Ensimismada en sus recuerdos, de repente, nota una mano grande, fuerte, masculina, rozando su baja espalda y bajando lentamente hacia su cachete derecho. Ni se mueve. Quiere saber hasta dónde está dispuesta esa mano a seguir y le deja jugar, continuar. Mientras la mano posada sube y baja acariciándolo con los dedos, ve como la otra roba una tostada preparada. Ella lleva una camiseta de tirantes, unas braguitas de algodón blancas, marcando sus nalgas, y una blusa abierta. Él acerca su cara a su pelo y lo huele. Aspira profundamente su olor, como si quisiera retener la fragancia a champú, café, perfume y sexo. 

Desayunan en la terraza. Mesa puesta con cariño. Fruta, los zumos, las tostadas, café y música de fondo. El sol brilla con fuerza, una suave brisa y la sombrilla, ayudan a que el desayuno sea perfecto.

¿Sabes qué he estado recordando mientras preparaba el desayuno? Y muerde el plátano sin ninguna intención provocadora.

¿Qué? -Observa curioso con media sonrisa el plátano, esperando la respuesta.

En mi viaje a Italia. Cuando llegué a “Villa Nonna”.

¿Ah sí? -Y sonríe interiormente porque a él, también le estaban viniendo algunos. Pero quiere dejarla hablar para ver cuáles eran los suyos.

Sí. Recordaba cuando Nonna, te avisó de mi llegada y saliste a ayudarme con el equipaje. Dios, ¡cómo pude estar tan ciega! Bueno, la verdad es que no estaba para otras historias. ¡Vaya comienzo de viaje! ¡No daba un duro porque lo fuera a disfrutar tanto y sola!

El viaje, era un regalo que le hizo su mejor amiga, una vez recogidos los pedacitos de su alma destrozada. Sabía de sobra que la Toscana sería el antibiótico perfecto para su amiga. Se hartaba de escucharle decir que si tuviera que vivir en otro país que no fuera el suyo, ése sería Italia, concretamente la Toscana. Y ahí estaban las dos, en uno de los restaurantes más bonitos de la ciudad, con una cajita envuelta en papel de regalo con rayas blancas y rojas, sobre la mesa. 

- ¡Ayyyy por favorrrr, qué original el papel! ¡Qué nervios! ¿Qué será....?

Alma miraba cómo su amiga, aplaudía discretamente como una niña, emocionada con su paquete por abrir, emocionada con su sorpresa. Cuando Bárbara lo desenvuelve, una pequeña y preciosa góndola aparece en sus manos, con un pequeño sobre. Todo muy misterioso, como le gustaba a su amiga Alma. Cuando Bárbara lo abre, los ojos se le salen de las órbitas.

Pero Alma, ¡no puedo...¿qué..? ¡No! No puedo aceptarlo. ¿En serio...las dos? Es una pasada pero me siento fatal...

¿Fatal? ¡No jodas gorda! - Y se ríe. Es para las dos y las dos lo necesitamos y además...no hay más que hablar. Salimos en dos semanas. Se acabó. 

Bárbara se levanta de la mesa y besa a su amiga del alma, a su ángel sanador, a su “hermana” que siempre le mima. Los años y su amor mutuo han hecho que, se entiendan a la perfección, se respeten, se amen incondicionalmente, se entiendan con sólo mirarse y a disfrutar de todo juntas. 

Pero, se te pasó todo cuando me viste, ¿no? -Interrumpió Marco sus pensamientos paralelos, con una sonrisa irresistible.

¿Cómo? -soltó ella mientras se ubicaba- ¡Pues no listillo! -Y guiñando un ojo continuó. - Tú fuiste “invisible” para mí hasta pasados bastantes días, ¿no lo recuerdas? No parabas de ponerte a tiro con aquellos shorts caqui y camiseta blanca, o cuando limpiabas la alberca, con ese aire de despistado, pero consciente de que te observaba. O, cuando te tocó pintar la verja, y me manchaste la falda...yo andaba confusa, sola en ese viaje de dos, mi cabeza en otra dimensión. No tenía la actitud adecuada y no veía ni sentía nada. Era un zombi.

Un zombi al que me encantaba ver nadar. -le guiña y ella le corresponde.

La verdad es que ese viaje me ayudó muchísimo y en cierto modo, me cambió.

Ella empieza a subir su desnudo pie por la pierna vecina y maliciosamente hace parada entre sus piernas. Está caliente. Mete sus dedos por debajo, entre su paquete y la silla. Los mueve despacio, acariciando sus genitales, que comienzan a tensarse. Nota como la piel ya arrugada, los protege. Sabe que en ese momento, su pene está listo. Ella desea seguir y tentar a la suerte. Su pie lo acaricia lentamente de arriba a abajo. Primero con los dedos, luego va sumando planta del pie. Lo presiona contra su pubis. Arriba y abajo. El otro pie, que se ha sumado gustoso al convite, se ha refugiado debajo de sus huevos. Entre tanto, los comensales se miran sin decir nada. Se miran. Se estudian. Se miden.

Ella delicadamente, coge unas uvas y se las empieza a meter en la boca sin ninguna prisa. Él, coge el pie que le está retando y ayudado con su mano, empieza a masturbarse. Se coloca cómodamente en la silla, echa la cabeza para atrás unos segundos para entrar en el dulce trance de su placer. Suelta algún suspiro de placer lo que hace que ella, se encienda más y disfrute viéndolo. Él marca su ritmo con destreza. Su mano y el pie, empiezan a moverse como uno sólo, dando vida y calor a su pene. Levanta su cabeza y ve a una diablesa picarona sonriendo. Sin mediar palabra, alarga su brazo, coge la mano con el fantaseado tridente y tira de ella decidida y firmemente hacia él.

Sienta a su diablesa sobre él. Ella encaja las piernas en la silla, de forma que, los dos de frente, pueden comerse enteros mutuamente. Sus labios chocan, se separan, respiran, se muerden, se separan, se besan, sus lenguas tensas se exploran, sus bocas se devoran ansiosamente. Ella se frota contra su pene. Cada vez más virulentamente. Nota cómo sus braguitas empiezan a mojarse. Tal es el ansia sexual que él, con su brazo, echa lo que queda sobre la mesa hacia un lado, echa hacia atrás la espalda de su amante y se incorpora. Sus envestidas, firmes, lentas, profundas, intensas.


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