Sergio, Marta y Bárbara II

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... al día siguiente olvidarán.

Ellos dos observan y hacen sus comentarios mientras bailan y charlan con conocidos. Conocidos que vienen y van, presos de la vida, de la noche y de todo lo que ella les brinda. De repente, Marta aparece. Morena, media melena, cuerpo escultural bajo su ropa, boca carnosa gracias a los avances estéticos y largas piernas. Sergio se la presenta a Bárbara y en modo cómplice, como sólo dos amantes asiduos hacen, y aprovechando que Marta saluda a alguien, le pregunta: “¿Sí?”. Ella asiente pícaramente.

La noche avanza, las oscuras sombras empiezan a salir, la música ha cambiado para sugerir que la hora ha llegado. Mujeres hambrientas, crápulas, solitarias almas que arrastran sus pies en busca de un último intento de conquista pero que el

alcohol, lamentablemente, les impide conquistar. Sergio y Bárbara deciden invitar a Marta a la última en casa y el coche deja atrás a los muertos vivientes que preguntan a sus copas dónde están sus coches, su dinero, sus llaves…sus almas.

Sergio, único en crear siempre el ambiente adecuado para cada momento, dispone. Se sirven una copa, la música acompaña y en menos de lo que esperaban los tres, se encuentran besándose entre ellos. La invitada, ahora tumbada en el sofá se deja querer. Mientras Sergio le besa, Marta busca con su mano y mirada a Bárbara. Empiezan a quitarse la ropa unos a otros entre besos, caricias, miradas suplicantes, sonrisas a medias y tocamientos. Marta se estremece. Se deja comer los pechos por Bárbara, mientras, él se ocupa de que sus sexos estén listos. Comienza el intercambio de lenguas, besos y palabras que hacen que sus pieles y oídos deseen más y más. Él empieza dedicando su cortesía a la invitada, mordiendo sus carnosos labios y apretando sus pechos. Su sexo, a su vez, está siendo saboreado por su amante. Arriba y abajo deslizando su suave lengua, lamiendo sus huevos, preparándolo para introducirlo en su deseosa boca. Él gime, lo que hace que sus dos prisioneras se exciten aún más. A medida que él va perdiendo el control y sus gemidos son cada vez más seguidos, ellas aprovechan la ocasión e intercambian posiciones. Con respiración agitada, sudando y deseoso de sexo, él penetra primero a su amante, mirándola a los ojos fijamente, deseándola, devorándola con la mirada. Agradece al universo ese momento. Ella le sigue su ritmo. Siente cómo su miembro va avanzando dentro de ella, llegando a sus rincones más oscuros y húmedos. El ritmo ya conocido y preferido por ambos, se instala cómodamente. Marta, que mientras, arañaba la espalda de Sergio, cuela su cabeza entre los dos cuerpos y su lengua lame los pezones duros de su compañera de juego. Introduce su dedo en la boca de la jadeante amante y eso hace que el ritmo de Sergio sea cada vez más rápido e intenso. Él mantiene el festín sexual introduciendo sus dedos en el coño de Marta. Las dos llegan inevitablemente al clímax.

Cuando se recuperan, miran al anfitrión y sonríen maliciosamente. Como cómplices que se suele dar en una cama común, ellas juegan entre sí, se besan, juegan con sus lenguas, se tocan mutuamente, lanzan miradas lascivas al espectador y consiguen que él, sin dejar de acariciarse su miembro, se lo clave a la invitada en su culo prieto, que sin poder controlarse pide a gemidos más. Sus piernas tiemblan. Se estremece mientras Bárbara tumbada bajo ella lame sus pechos, besa su boca, tira de su pelo y come su sexo. Los tres se dejan arrastrar por ese maremoto de fluidos, gemidos y licencias sexuales, hasta que la tímida luz de un nuevo día despunta. Como si tímidamente, pidiera permiso para interrumpir.

El olor a sexo, alcohol, tabaco y perfumes es el broche a una noche de complicidad. El amanecer hace que los tres sean conscientes de que el final ha llegado, y al despedir a la entregada invitada, prometen volverse a ver.

Poco después, Bárbara se despide besando lentamente los labios de Sergio. Él le agradece su generosidad y recalca lo maravillosa que es y cuando pretende seguir diciéndole lo que fuera que quisiera decirle, ella puso su dedo índice en los labios de Sergio, sonrió dulcemente y desapareció en el ascensor.

Se volverían a ver. Seguro.


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