El Acantilado

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El fin de semana había transcurrido bastante bien. Visita a los familiares, buenas comidas, buenos paseos por los preciosos bosques y aldeas asturianas. Oviedo sorprendió gratamente a Bárbara.

Se conocieron en el aeropuerto. Él, Fermín, viajaba a Marruecos por ocio junto con un amigo. Ella, por trabajo a Londres. El retraso de ambos vuelos, hicieron que entablaran conversación y fluyera amigablemente. Se intercambiaron teléfonos y que el destino, hiciera el resto.

Fermín había organizado una excursión a un acantilado de bastante difícil acceso, Santiuste. A pesar de la larga caminata, subidas escabrosas, caminos al borde de las rocas, y ciertos riesgos controlados, mereció la pena. La única compañía eran las gaviotas que volaban en busca de aperitivo. El día acompañaba con un sol dulce, generoso pero no en exceso, calentaba pero no asfixiaba. La llegada a él, fue como ir al infierno dado las dificultades, pero una vez allí, todo hacía parecer como si uno estuviera en el mismo paraíso. La calma, la paz y la magnitud del entorno, atestiguaban lo ínfimo que el ser humano es ante la Naturaleza.

El pequeño picnic que Fermín había cargado todo el trayecto, estaba ya puesto en su mantel. Las maravillosas viandas preparadas, definitivamente hacían de la experiencia, única.

Aprovecharon para comer tranquilamente, conversaron de la vida, de sus proyectos individuales, sus sueños, sus aspiraciones y miedos. Un par de insistentes gaviotas revoloteaban, queriendo robar algún manjar inusual para ellas y así evitar, comer más de lo mismo. Entre risas y aspavientos, consiguieron ahuyentarlas por un buen rato. Decidieron pasear y explorar los alrededores. Encontraron a su paso, un camino de dos pies de ancho, paralelo al mar. Al final del mismo, había un pequeño, minúsculo, rellano donde sólo una persona (y no de gran envergadura) podría sentarse. Allí pararon un rato para disfrutar de las vistas.

Debió ser la belleza extrema, el sonido del mar, las gaviotas que gozaban de su compañía, el sol poniéndose, la experiencia en sí.....que poco a poco, Fermín coloca de manera segura a Bárbara. Su culete apoyado en el rellano y su espalda contra las rocas que vestían el camino empinado y sin un final claro. Sus cuatro pies colgaban suspendidos en el acantilado. Existía riesgo, era una caída libre de cientos de metros, era excitante a la par que peligroso y ahí mismo...con el miedo en las miradas pero llenas de excitación, empezaron a besarse. 

Ella se inclina hacia atrás mientras él besa su cuello, su barbilla. Sus bocas se perdían y la respiración, empezaba a agitarse junto con el corazón. Todo se iba disparando peligrosamente. Tierra cae al vacío, algunas piedras también. En el fragor del placer, un pié de Fermín resbala discretamente al vacío y disimuladamente, lo recoge. Le apetecía, y quería, follarla allí. No se podía pedir más riesgo, más excitación, más belleza natural. Así pues, tumba a Bárbara en el camino con su cabeza hacia el final del camino. Dado su tamaño, él encaja perfectamente en el rellano mientras su ángel es follado. 

La ropa va desapareciendo de sus cuerpos. Primero se quita su camiseta. Mientras, no pierde un minuto en besar y chocar su lengua con la de su amante. Le besa con pasión, tira de su pelo, lame su cuello, queriendo que ella olvide realmente dónde está. Cuando nota que ella empieza a estar relajada, le quita su camiseta y sujetador. Sus bocas no paran de compartir palabras, saliva y gemidos y, con una destreza pasmosa, él se quita los pantalones (va sin calzoncillos) y tira de los de ella junto con su tanga. Ahora, los dos desnudos, es cuando el placer les invade y no deja tregua. Empiezan a moverse de arriba a abajo, su ritmo a “eses” se hace único, uno solo. Todo lo que les rodea son piedras, tierra, aves, mar, rocas, un camino y un vacío que nunca les haría contar lo sucedido.

A medida que aumenta la excitación, esos cuerpos, piden otras posturas, otros menesteres y cegados por el placer, desconocen que Bárbara ya tiene la mitad de su cabeza prácticamente fuera del camino sin final claro.

Poseído de un placer extremo, un riesgo asumido, un peligro calculado y la adrenalina a mil, Fermín alarga su brazo hacia la garganta de Bárbara. Mientras aprieta suavemente, nota que ella se va a correr. Le pide más. Pide más sexo, más envestidas, más placer....e instintivamente, va apretando cada vez más, más, mezclado con su placer, su excitación y su perdición....

Ella nota la polla de su amante tan dura que le excita. Sabe que él está a punto de correrse y sin quererlo, le pide que apriete un poco más. Ella no puede remediar probar un paso más y él se lo va a dar. Él, consciente de que no durará mucho más, aprieta su mano en la garganta de Bárbara. Su cara empieza a congestionar y cuál es su sorpresa, cuando ella tira su cabeza hacia atrás. Toda ella fuera ya, del camino y con el vacío bajo su pelo. Y ahí, los dos inmersos en sus respectivos placeres, dejan escapar a pleno pulmón su grito de corrida. Lo gritaron como quisieron. Se lo gritaron a las rocas, a las piedras, a las gaviotas, al camino, al vacío que, inevitablemente, les devolvió el grito.


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