¿QUIÉN SOY YO?

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José García, aquel hombre que un buen día sintió nostalgia de su infancia al escuchar un Mambo, se hallaba en su casa situada en un céntrico barrio de Barcelona mirando un programa de televisión, aunque no prestaba demasiada atención a lo que mostraba la pantalla. Su mente no  dejaba de dar vueltas y vueltas reiteradamente como si fuese el vuelo de un moscardón en torno a su cabeza sobre la idea que él tenía que emprender con entusiasmo una actividad creativa que le devolviera la ilusión de vivir.

Sin embargo cuánto más pensaba en ello más desconcertado se sentía; se encontraba ante un insondable vacío interior que le producía vértigo y que no sabía cómo llenar. Su vida se había centrado en el trabajo, y en sus ratos libres se había dedicado al galanteo con varias mujeres, y a distraerse sea con el fútbol o con algunos espectáculos, de un modo superficial sin profundizar en nada.

Claro que esta manera de andar por el mundo tan dualista - trabajo-diversión- la había aprendido de su padre, que a pesar de las muchas discusiones que había tenido con él a lo largo del tiempo no había roto con su modelo; con su estrecha filosofía de la vida. Ahora al cabo de los años el hombre se apercibía que su progenitor por quien había tenido un sentimiento de amor-odio, el cual siempre había presumido de ser un hombre práctico, no le había preguntado nunca a su hijo qué pensaba o qué sentía acerca de los problemas existenciales con los que uno podía tropezar. Y curiosamente, esta misma ceguera hacia el factor humano, había sido una de las causas de su fracaso matrimonial.

Aquella actitud tenía su razón de ser. El padre de José había sido un hombre de la postguerra, que tuvo que ir trabajar de representante de camisas desde muy joven, y en aras de la supervivencia no había prestado ninguna atención a las sutilezas de su mundo interior.

 Por esta razón José se preguntó: "Pero bueno. ¿Quién soy yo? Sólo me conozco parcialmente, pero no a fondo". Claro que él no sabía que uno se va conociendo a sí mismo a medida que se va tropezando con los avatares de la vida.

José García estaba ensimismado con estas cavilaciones, cuando sonó su móvil. Lo llamaba su primo Gabriel para preguntarle si le apetecía acompañarlo a él y a su mujer a escuchar una charla sobre risoterapia que la daba un  psicólogo especialista en este tema en la Biblioteca del Ayuntamiento del pueblo en el que vivían.

- No sé... no sé... - expresó él dubitativo. Pues no quería dar lástima de su estado de soledad a nadie y que lo hciesen salir de su cuchitril como haciéndole un favor.

-¡Anda, anímate! Ven. Te gustará. Y luego iremos a tomar algo - le insistió su primo Gabriel.

Al fin José se dejó convencer y fue con aquel matrionio a escuchar aquella charla, la cual en líneas generales estuvo muy bien y el psicólogo, que era un hombre algo mayor de edad, estuvo muy convincente en su exposición. "La risa era conveniente y necesaria para el buen funcionamiento tanto de la mente como del organismo" - dijo-.

Mas hubo un punto en la disertación que a José no le gustó en absoluto. El psicólogo recomendó a los oyentes, que estimularan su sentido hilariante viendo las series de humor que daban por la televisión.

-¡Anda hombre! Vaya consejo más peregrino nos ha dado este psicólogo con ver las peliculillas de humor que dan en la tele para que podamos reír! - dijo José despectivo a su primo cuando salieron de aquel edificio-. Si el humor de estas series es de lo más patético que hay. Más que hacer reir estas series lo que hacen es llorar. ¡Sí! Estas películas muestran un humor forzado, exagerado; demasiado grotesco, gratuito. Para reír con estas series televisivas hay que ser un tipo bobo, un ingénuo que se conforma con cualquier cosa. ¿Y no te has fijado? - siguió José con su crítica-. El énfasis desenfadado de estas producciones, tiene el mismo aire de frivolidad que tienen los anuncios que se hacen. Y llega un punto en que uno ya no sabe si ve un episodio de la serie humorística, o un anuncio publicitario. Esto tono tan banal se cuela en el subconsciente de la gente, y la conversación se convierte en algo insulso, contraproducente. Parece que uno se refugie en la banalidad por miedo a enfrentarse con la vida de carne y hueso. ¡Síii! Esta es la sensación que me da.

- Bueno, hombre. Al fin y al cabo tú eliges lo que más te guste y ya está. No hay que enfadarse por eso - respondió su primo Gabriel sonriendo.

Seguidamente aquellas tres personas tomaron asiento en la terraza de un bar que no estaba lejos de la Biblioteca. Y tras pedir la consumición al camarero, la mujer de Gabriel le dijo con resolución a su primo político:

- ¿Sabes José? A ti lo que te conviene es volverte a enamorar. Necesitas a una mujer que esté por ti.

- ¡Ah! ¡Uf! - resopló el aludido-. A ver. Quiero una mujer que sea guapa; atractiva. Que me escuche cuando hablo, que no me regañe por tonterías, que sea cariñosa y me mime, que si le pido que me haga un número erótico que no me ponga pegas y me diga que soy un pervertido, que me haga la comida que me guste, que si me ve preocupado por algo que trate de ponerse en mi lugar y me de ánimos, que me acompañe a ver los espectáculos que yo le diga, y que me de su opinión de los mismos, que trabaje y que no me pida dinero... De no ser así, ya que veo que este tipo de mujer es una utopía, es mejor que cada cual aguante su vela. Quiero decir que si me atrae alguna mujer, es mejor que cada uno viva en su casa. Sí, porque de visita todos somos encantadores, y muy majos - dijo José con vehemencia-. Pero con la convencia, al esfumarse la novedad del enamoramiento, uno ve los defectos del otro; se intenta que ese otro cambie; que sea como yo, y ya vienen las peleas. Lo he pasado muy mal con mi ex, y no quiero volver a pasar lo mismo.

- Muy bien. Pero ¿Qué hay de lo que te dije el otro día en mi casa que tienes que buscar alguna actividad creativa que llene tu vida? - le preguntó Gabriel.

- He estado pensando, y he descubierto que no he sabido vivir mi aspecto más personal - respondió José-. Pensándolo bien, a mi siempre me ha gustado dibujar, el arte figurativo. Pero con el trabajo nunca había pensado seriamente en ello.

- Pues ahora puedes hacer un curso de Historia del Arte. Así darás vía libre a tu sensibilidad. Serás más humano, y tal vez encuentres a una mujer que le guste lo mismo que a tí.

Y al llegar a este punto a José García se le fueron las ganas de criticar a la situación actual.

 

 

 


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