YO,EN PIJAMA (...ellos no)

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Los tres, habían girado la cabeza y sus ojos apuntaban al final de mis medias en la pierna, y al trocito de carne que dejaba ver mi corta falda.

Salí. Volvería en nada.
—Joder! Es que está muy buena!
—Callaos, capullos.
—Ostia bendita!!
—Qué pasa tío?
—Pero no lo veis?

Y al lado de los vasos y la bebida, había un plato que contenía una sola y única galleta.

—Se lo has contado? No jodas tío!
—Si le he contado el qué? De qué hablas?
Cogió la galleta en su mano y se la enseñó.
—Le has contado nuestro juego de adolescencia a tu hermana?
—Qué ostias dices? –parecía que le iba a estallar la cabeza. –Cómo iba a contarle nada?
—Pues a ver qué quiere decir esto entonces.
—Quiere decir, que conozco el juego. Pero no. Él no me lo ha contado. Hace ya muchos años, estabais ya tan inmersos en vuestro juego de pajas, que os olvidasteis de cerrar la puerta, creyendo que estabais solos.
Pero a mí, se me había olvidado la cartera, y tuve que volver.
Simplemente os vi.
Me quedé mirando lo que hacíais y me pareció hoy, oportuno, para animar a mi hermano, que rememorarais la historia.

Los tenía a todos muy nerviosos.
Mi hermano intentaba tener los ojos abiertos al escucharme.
—No sé qué intentas.—balbuceó – ya hace mucho que no competimos para ver quien tarda más en correrse.
—Jugamos esa partida?
Se fueron sentando.
Estaban tan sorprendidos, como si realmente fuesen adolescentes “pillados”.
Pero ya eran hombres hechos y derechos.
Y todos, realmente atractivos.

-Relajaros. Nada va a salir de aquí.
—Lo que no entiendo, es que si nos pillaste, como es que nosotros jamás te vimos?
Mi hermano sonrió.
Colocó la mano en su cabeza y dijo:
—Ay dios…!
—Sí que me habéis visto – y me quité la camisa dejándolos a todos sin respiración, ya que mis redondas y grandes tetas, no necesitaban sujetador.
—No me recordáis. No, al menos con este físico.
Negaban con la cabeza.
Me quité la falda, me di la vuelta para enseñarles mi espectacular culo prieto, y oí gemidos y suspiros.
Mi hermano hacía un esfuerzo, porque la fiebre le dejara mantener los ojos abiertos.
Y al girarme, a todos se les quedó la boca abierta.
—La virgen! Joder!! Eres…
Y sujetándome la polla en la mano, afirmé:

 —Sí. Su hermano.
Mi hermano se reía entre la tos.
Flipados los había dejado.
—Ya lo entendéis, imbéciles? – dijo desde la cama.
Asentían. Pero no emitían sonido alguno.
—Vale. Ya sé que la sorpresa ha sido mayúscula. Pero qué? La partidita la jugamos igual, no?
—Buufff… Claro, claro, claro…
—Ayúdame a mover esto.
Y apartamos la mesa hacia un lado.
—Entonces no vais a jugar a la play? –rosmó mi hermano.
Le sonreí.
Los tres miraban expectantes.
—Os propongo lo siguiente. Yo, seré vuestra galleta.
Se miraron entre ellos y mi hermano resopló.
—La ropa os sobra, caballeros.

Y como si les hubiese dado una orden, las camisetas, zapatos, cinturones, pantalones y boxers, fueron desapareciendo de sus cuerpos.
Todos la tenían ya apuntándome.
Coloqué mis rodillas en el reposabrazos del sofá.
Mis medias rojas y mis zapatos de tacón como única vestimenta.
Incliné mi cuerpo hacia el asiento del sofá y logré así que mi culo quedara completamente expuesto, en pompa.
—La galleta hoy, será el agujerito de mi culo.
Cuando se corra el primero, deberá hacerlo ahí.
Y el que esté a su izquierda, tendrá que comerse la “galleta”.
El último en correrse, podrá hacerlo metiendo la polla en la ya mojada y relamida galleta.
—Madre mía…
Y los tres estaban ya a mí alrededor, meneándose las pollas.

...

Continúa leyendo este relato en el capítulo IV del libro "Mis veinticinco de realidad".

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