La mamá de mi amigo me sedujo (parte final)

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Es temprano. Llueve copiosamente. No puedo usar mi bici. Corro por las calles encharcadas tratando de esquivar el agua que se estanca en el piso para no estropear demasiado mi vestimenta. Voy camino a casa de Arturo para cumplir la cita que su madre me hizo la noche anterior. No pude casi dormir por la tremenda carga psicológica derivada de la experiencia que tuvimos, y por la expectación de lo que va a pasar. Voy a encontrarme con la mamá de mi gran amigo para tener sexo con ella. ¡Es una locura! Pensar solo un par de días antes que esto era posible, hubiera sido totalmente disparatado. Llego a la última calle. Salto el arroyo que se forma entre la acera y la vía vehicular, y por fin estoy al frente de la puerta de su casa. Lo pienso para tocar el timbre. Tengo temblor en mi mano y sé que no es por el frío que me produce la ropa mojada con agua lluvia. Los nervios me consumen. Pero al fin lo hago. Las ganas son más grandes que el miedo. Pasa lo que parece una eternidad. Mientras espero, las dudas me consumen. ¿Y si Arturo no se fue para la universidad por el mal clima? ¿Y si la mamá de Arturo solo estaba jugando conmigo cuando me invitó y realmente no esperaba que yo viniera?

Hola mi amor!, que rico que pudiste venir– me saluda efusivamente la señora al abrir. Me toma rápidamente de la mano y me introduce con prontitud a la casa. Cierra la puerta e inmediatamente me abraza y me da tremendo beso en la boca. Internamente agradezco la decisión que muestra la señora en sus actos. Yo no hubiera sabido manejar adecuadamente la situación.

Mira cómo te mojaste. Pobre chico. Ven te quito esas ropas mojadas – dice ella y me lleva agarrado de la mano sin más preámbulos por las escalas al segundo piso, rumbo a su habitación. En el camino reparo en su apariencia. Se nota que se acicaló. Está muy bien peinada parece tener maquillaje. Está ataviada con una especie de piyama con una bata encima. Al llegar a su habitación entramos y ella cierra la puerta. Me lleva hasta el borde de la cama.

Espera te quito esas ropas mojadas y te seco – Me dice y se va a buscar una toalla al cuarto de baño. Reparo la habitación. Es la primera vez que estoy allí. Es amplia, con una decoración algo anticuada para mi gusto, pero está bien iluminada y luce limpia. Ella comienza a quitarme, una por una, todas mis prendas. Lo hace de un modo que parece un ritual estudiado y premeditadamente sensual. Empieza por quitarme los zapatos y sin dejar de mirarme directamente a mis ojos, va quitándome toda mi ropa al tiempo que me seca con la toalla. Cuando me tiene ya totalmente desnudo, ya tengo mi pene erecto. Ella arquea sus cejas al verlo rasurado y listo para la acción. Sonríe. Ya sabe perfectamente el tremendo poder que tiene sobre mí. Se quita la bata y exhibe una minúsculo piyama transparente, que al contrario de la que tenía la noche anterior, esta no deja nada a la imaginación. Esta visión acaba por alborotar todo mi deseo. Intento aproximarme a ella para besarla, pero me lo impide.

Espera – me dice con tono suave pero decidido. Ella de nuevo es quien maneja la situación. Con agilidad y suaves movimientos de su cuerpo se quita la piyama. Su cuerpo es espectacular. Ella lo sabe y sin ningún pudor se exhibe ante mi. Sus grandes y hermosos senos guardan perfecta proporción con sus amplias caderas, sus bien tonificados muslos y su esbelta cintura. También está depilada en su zona íntima.

Te gusto?- pregunta mientras da una vuelta para facilitarme la visión.

Si – alcanzo a balbucear con una voz que me salió más aguda de lo normal. De nuevo sonríe al notar mi estado alterado. Ahora si, cuando ella lo decide, se acerca y me regala un abrazo y un beso prolongado en la boca. Nos sentamos en la cama y seguimos con la mutua exploración de nuestros cuerpos. Estoy a mil. Intento reclinarla en la cama para posicionarme encima, pero de nuevo ella me detiene. Definitivamente ella quiere llevar la iniciativa. Renuncio entonces y me dejo llevar por ella. Si es lo que a ella le gusta, ¿quien soy yo para impedirlo? Me empuja hasta tenderme de espaldas en la cama. Estimula manualmente mi pene mientras me mira directamente a los ojos. Nunca olvidaré esa mirada mezcla de perversión, gozo y dominio de sí misma. Me coloca un condón. Me coloca de espaldas y se sube a horcajadas sobre mí. Ella misma me agarra el pene y lo guía hasta su ya bien lubricada vagina. Se deja caer hasta lograr la penetración total. Al principio se queda quieta, como evaluando la situación, pero luego inicia un movimiento lento de ascenso y descenso. Paulatinamente va aumentando el ritmo. La expresión de su cara va cambiando. Pasa de su habitual pose de dominadora a una mueca que podría confundirse con el dolor, pero que corresponde con el placer que está sintiendo. Se nota que está gozando. Grita, araña, gesticula de un modo que luce irreconocible en la señora que conocí semanas atrás. Esto también tiene efectos en mi. Me excita sobremanera verla así. Acelera de un modo dramático sus embestidas y logra un orgasmo prolongado y ruidoso. Yo me quedo a medio camino. No es mi posición favorita. Pero eso no es un problema. Una vez recuperado el dominio de si misma, ella se sitúa entre mis piernas, me quita el condón y se dedica a hacer lo que mejor sabe hacer. Me regala una mamada fantástica. Llego rápido. Con ella es difícil aguantar mucho cuando te lo mama. A lo largo de muchos años de búsqueda en mi vida adulta nunca encontré otra pareja sexual que hiciera un sexo oral como el que me hacía esa señora. Su habilidad y su modo de excitar siempre lograron hacerme correr sin mayores demoras en su boca. Tuvimos otros tres o cuatro encuentros en ese año. Luego yo dejé de frecuentar a Arturo porque dejamos de tener materias en común en la universidad, con lo cual mi relación con la señora desapareció. La recuerdo con mucho cariño.


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