Coitus interruptus

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Coitus interruptus

Pensaron que había sido el atraco del año. El robo del siglo:

LOS DIAMANTES MÁS CAROS DEL MUNDO HABÍAN DESAPARECIDO.

La joven y osada pareja, corría y corría, corría y corría por unas escaleras de caracol sin fin hasta llegar a la azotea, en donde un helicóptero los recogería.

—¡Liya! ¡Seremos millonarios! ¡Millonarios! Viajaremos por todo el mundo y compraremos mansiones por todo el mundo. Una en Francia, otra en Inglaterra, en las Guyanas. Lo tendremos todo y dejaremos atrás esta vida—deliraba Jerry.

—¡Oye, oye, cálmate! Los diamantes no serán para nosotros, tontito. Son para el señor Pasqualle. Cosa distinta es que nos dé una parte del botín…

—¡Que le den! Nosotros tenemos los diamantes y con todo eso podemos conseguir un ejército privado de matones, y ni Pasqualle ni el mismísimo Al Capone intentarían matarnos. ¿Te convencí? —Brillaban los ojos de Jerry, tanto como los diamantes que tenía en la maleta.

—Jerry, escúchame por favor, tendremos problemas. Ya sabes cómo es esta vida… Se vengará en cualquier momento. Si no es en un año, será en dos, tres, diez o veinte. La felonía se paga con sangre.

—Eso no me interesa, con todo este dinero compraré la lealtad de la mafia. Pasqualle se quedará solo, pobre y yo lo fondearé para que sea comida de tiburones. Así que te lo preguntaré por última vez ¿O vienes conmigo y tenemos una vida de en sueño, o te quedas acá? ¿Sabes que si te encuentran sin un los diamantes serás indicada como cómplice de un robo al haberme dejado huir?

—Está bien, pero solo cojamos lo que necesitemos, los vendemos, y lo demás se lo depositamos al jefe en alguna de sus cuentas de Suiza o Panamá —apartando con sus delicadas manos los mechones dorados le cubrían parte de la cara—  Iré contigo.

—Está bien Liya, siempre tomas la decisión correcta, por eso te amo…

—Vamos a la azotea de una vez, un helicóptero llegará en seis minutos, justo antes que sea la hora donde será el cambio de guardias del edificio. Todos los guardias fueron sobornados, así que no nos buscarán. ¡Demonios! ¡No sé por qué tengo que hacerte caso, lunático desgraciado! ¡Seremos millonarios!

—Lo seremos Liya, ¡el mundo es nuestro!

—Y ahora, ¿qué haremos una vez que estemos en el helicóptero con todas las joyas, sabes lo que va a pasar?

—Tendremos que entregarlas…

—A no ser que subamos, entreguemos los diamantes, en efecto, y asesinemos a todos los tripulantes excepto al piloto y nos vayamos lejos. ¡Ven, volemos! —Liya estaba decidida.

—Mujer, me asustas, por eso me encantas.

 

Pasaron los seis eternos minutos esperando al helicóptero en vano. No aparecería jamás. 

Fue una trampa de la organización para deshacerse de ambos jóvenes que habían roto uno de las reglas más importantes de la organización.

Los jóvenes se dieron cuenta que nunca vendrían a su rescate.

—¿Liya, este será nuestro fin? —preguntó con desgano Jerry.

—Pues sí, se acabó todo, Jerry. Fuimos muy tontos, muy ambiciosos para seguir un plan tan perfecto y fácil de ejecutar —renegaba Liya— estaba claro que había gato encerrado.

—¿Entonces ahora qué? ¿Nos lanzamos desde este último piso? ¿Nos sentamos a esperar a que los policías nos apresen?

—Uhmmmmm…

—Esto último no me parece mala idea, tenemos poca munición y solo ganaremos una condena peor en prisión, o tal vez cadena perpetua, o peor aún, pena de muerte.

Liya lo besó apasionadamente, luego se empezaron a desnudar e hicieron el amor desenfrenadamente. Eran dos cuerpos poseídos por demonios ancestrales enredándose entre sí.

La puerta de la azotea salió volando por los aires.

—¡Manos a la cabeza, hijos de puta! —exclamó un alguien que parecía ser un oficial.

A lo que Jerry le empezó a jalar el cabello a Liya y seguía haciéndole el amor.

—¡Manos en alto, mal nacidos! —exclamó otra voz— Si no lo hacen los llenaremos de balas y se acabará todo.

—¿No seas duro con los chicos, acaso no ven que lo están haciendo por última vez? —comentó una voz femenina, divertida— Yo hubiera hecho lo mismo que ellos.

—COITUS INTERRUPUS—

Jerry hizo caso después de un rato. Liya también. No les dejaron cubrirse el cuerpo, fueron sometidos con las cabezas contra el suelo. Se miraron sabiendo que sería la última vez que se mirarían, sabían que no se verían largo tiempo. Una furiosa retrocarga hizo que la cabeza de Jerrry explote de un balazo, regándo sus cesos por el suelo. La cara de Liya quedó bañada de la sangre de lo que una vez fue un Jerry con cabeza. Liya no le daba crédito a lo que veían sus ojos. Era una pesadilla.

Los que parecían ser policías, no eran policías, eran miembros de la mafia que serían los encargados de impartir un castigo ejemplar.
Optaron dejar viva a Liya, quien fue internada de por vida en un centro psiquiátrico de donde nunca más pudo salir, perdió tanto la cordura como la memoria. El único recuerdo que tenía —por desgracia— era el momento en el que Jerry perdió la cabeza.

—Esta es una historia ejemplar, ¿algún voluntario más? —finiquitó Pasqualle Condello[1].

 

 



[1] Gran capo de la mafia calabresa (Italia) atrapado en el 2008.


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