Ese hombre y mi respuesta

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En mi última visita con mi psicólogo, por fin me atreví a confesar que me siento terriblemente atraída por un hombre más de treinta años mayor. Él no pareció sorprendido, pero me hizo una pregunta: “¿Y qué es lo que buscas con ese hombre?” se refería por supuesto a si busco una relación de pareja con la persona o algo casual (amante pasional). La verdad es que en todo este tiempo que llevo de enamorada, nunca me  había hecho esa pregunta. Es una persona casada, con hijos, con una reputación envidiable y una posición excelente; yo soy sólo una adolescente que no sabe nada sobre nada… lo único que sé es que me encanta ese hombre.

El psicólogo también me preguntó qué era lo que más me gustaba de ese hombre. Primero pensé en su seductora voz, luego en su expresión seria y finalmente en su personalidad completa. Y aún así no tenía idea de que era lo que buscaba con él. Mi única fantasía y anhelo, es escucharlo hablar por horas sobre lo que sea.

Mi tarea de esa semana fue descubrir para que quiero realmente a ese hombre que puede provocarme un trastorno obsesivo tremendo. Un sueño me reveló la respuesta.

 

“El último día de clases había llegado. Por fin nos estábamos despidiendo de la preparatoria.

Yo me paseaba por última vez en los pasillos de la escuela, buscando un poco de consuelo a la sensación de dejar la escuela para siempre. Me encontraba con el director, quien me hacía un par de cuestiones quien sabe por qué, pero no muy lejos alcanzaba a escuchar la voz de mi profesor entre el alboroto de los alumnos. Estaba desesperada, quería ir hasta donde estaba él para escucharle, pero el director no me dejaba moverme.

 Cuando por fin me liberaba, corría para alcanzarle pero él ya no estaba. Resignada, me iba de nuevo a vagar.

Entonces, alguien me tomaba delicadamente por la cintura y pronunciaba mi apellido, bajito. No fue hasta que me atreví a girar cuando me encontré con él y esos preciosos ojos color miel que le distinguen. No fui capaz de articular una palabra.

Pero él me hizo la misma pregunta que el psicólogo: “¿Qué es lo que busca conmigo? ¿Qué quiere exactamente?”; nuevamente, entre el asombro, no pude pronunciar nada, sólo lo veía.

“Necesito verla fuera de aquí, cualquier día de estos”, ahí fue cuando pude responderle. En vida real sé que tiene un perfil de facebook, así que le decía que podíamos contactarnos por ese medio o por mensaje para que no tuviera inconveniente. Y ahí quedaba todo, conmigo comprometida a enviarle un mensaje pronto.

Corría con mi mejor amiga para contarle que mi hombre me había “citado” fuera de la escuela, cosa que ella no me creyó.

Aquí es cuando parte del sueño se torna borrosa, y mis recuerdos van inmediatamente a la última parte.

Una de mis amigas manejaba una panel en medio de la noche fría. Era un lugar que en la vida real no conozco, pues era un camino de terracería difícil de abordar. Me sentía nerviosa y excitada con la idea de saber que estaba próxima a verlo.

El carro aparcaba a unos metros considerables de donde estaba él. Se encontraba recargado en su camioneta blanca, con los brazos cruzados sobre el pecho y con la mirada baja. Corría hasta donde él y me recibía entre sus brazos, pero era sólo un abrazo fugaz. Me ayudaba a colocarme sobre el capote del auto mientras él se quedaba donde estaba inicialmente, esta vez abriéndose paso entre mis piernas. Nuestras manos se entrelazaban y me sorprendía lo frías que estaban sus manos. Escudriñaba con atención cada rasgo de la piel de sus dedos, como brotaban levemente las venas de sus manos, el tamaño de sus uñas… entonces como si de una niña se tratara, yo pensaba en los mucho que me gustaría tener unos guantes en ese momento pues el frío comenzaba a incomodarme. ¿Cómo era posible que me pusiera a pensar en otras cosas cuando por fin tenía a mi hombre entre mis brazos?

Él comenzaba a hablar, a contarme un montón de cosas mientras yo intentaba escucharlo. Y digo intentar ya que sólo me concentraba en verlo a los ojos, a explorar cada parte de su rostro con mucha atención, pues en el fondo sabía que no se repetiría el momento.

Aún cuando quería con desesperación besarle hasta quedarme cansada, había algo que me lo impedía. Era como si hubiera una barrera entre nosotros, algo que no me dejaba acercarme mucho. Y bueno, también sentía miedo de hacer algo que no le pareciera apropiado a él…

Al mismo tiempo que lo veía y escuchaba, me moría de ganas por decirle muchas cosas. Como que era difícil creer que por fin lo tenía conmigo, quería contarle cuánto soñé con este momento, decirle cuán guapo me parecía, lo mucho que lo deseaba y la fuerza con que lo quería. Pero una vez más, no pronunciaba nada por miedo a verme muy ansiosa o loca y porque, demonios, yo sólo quería escucharlo hablar por horas y horas a tan corta distancia y sólo para mí, ahí, entre mi cuerpo y sosteniéndome las manos…

El peor momento llegó, el fin de una manera muy curiosa.

Me desperté enrabiada conmigo misma por haberme despertado. Nunca había deseado tanto no despertar, jamás me había forzado con tanta rabia a dormir de nuevo para continuar o de menos a inventarme un buen final… sin embargo no pude lograrlo. Sólo me quedó imaginar, hacer lo posible para no olvidar ese sueño tan lúcido.

Pero, ¿por qué quería continuar mi sueño exactamente? ¿Era para poder besarlo, para seguirlo escuchando? ¡No lo sé! Y lejos de haber obtenido una respuesta para la pregunta del psicólogo, sólo estaba más cerca de la locura.


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