HUMANOID (parte 4 de 6)

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EPISODIO IV

EN MODO AVIÓN

 

–Deberías probarlo –dijo Erika–. Puedes ver todo lo que el otro ve, y oír todo lo que el otro oye.

Leonard no podía instalar el nuevo programa. Su sistema operativo era Humanoid 8, y el software requería del Humanoid 10 o superior.

–No tienes idea de lo que te pierdes –continuó Erika–. Ayer lo probamos con David; es impresionante.

“Otra vez lo está nombrando a ese imbécil”, pensó Leonard mientras su expresión evidenciaba sus celos.

–No le doy tanta importancia al dispositivo como tú y David –dijo Leonard–; solo lo uso cuando es necesario.

Leonard siempre ponía alguna excusa; decía que no tenía tiempo o que no estaba tan interesado en los nuevos programas, pero la verdad era que él no provenía de una familia adinerada como la de Erika y la de David Rogers, y su sueldo apenas le alcanzaba para pagar sus necesidades básicas.

Al igual que Leonard, mucha gente sufría las consecuencias de no actualizar su sistema operativo. Una versión más avanzada representaba montones de aplicaciones nuevas, un aumento en la velocidad de descarga y hasta la posibilidad de utilizar un mayor número de programas a la vez. Así, los que no podían adquirir la última versión del Humanoid quedaban expulsados del mundo moderno, como un robot obsoleto que se oxida en un callejón.

La diferencia generacional de su sistema operativo respecto al de Erika afectaba mucho en la relación. Su novia lo trataba como a un analfabeto, y poco a poco comenzó a alejarse de él. Llegó un punto en el que Leonard comenzó incluso a sospechar que ella lo estaba engañando.

Esa noche Erika iría a dormir a la casa de Leonard a tener un encuentro especial, o al menos así lo creía él. Leonard miró decenas de videos para aprender a preparar una deliciosa cena. Los veía de a tres al mismo tiempo; un sistema operativo superior le habría permitido ver un mayor número en forma simultánea, pero debió conformarse con lo que su Humanoid 8 le permitía hacer. Para acompañar el plato compró un buen vino tinto sin alcohol; la venta de bebidas alcohólicas estaba prohibida desde hacía décadas.

La mesa estaba puesta como la de un restaurant de lujo, pero Erika ni siquiera se percató de las velas y el mantel.

–Te ves muy linda –dijo Leonard en medio de la cena.

–Gracias. Ayer me aumenté el tamaño de busto.

–Sí, se nota.

Siguieron cenando en silencio durante unos minutos.

–Volviste a ser rubia.

–¡Sí! Fue gracioso. La última vez que me viste lo tenía de color rosa, ¿verdad? Bueno, esta mañana me lo teñí de rubio, pero no me gustó, entonces me lo teñí de colorado, pero fue peor. Un rato después me lo volví a teñir de rubio, pero más claro, y esa vez sí me gustó.

Solo Leonard podía estar al tanto del color de cabello de Erika; ella era como la mayoría de las jóvenes, y se cambiaba el color y el peinado no menos de tres veces por semana.

Luego de cenar, él se acercó para besarla, pero Erika no pareció entusiasmarse ante su tacto. El joven no perdió las esperanzas e insistió como insiste la gente enamorada, y minutos más tarde fueron a la cama.

Ella se acostó boca arriba, esperando que todo terminase lo antes posible. Se quedó callada e inmóvil, como en modo avión. Leonard comenzaba a sentirse como un necrófilo cuando de repente ella lo sujetó de los hombros y se puso encima de él.

El muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo, su novia tenía tanta pasión como las primeras veces que estuvieron juntos. Ella lo besaba, lo mordía, y se movía encima de él jadeando; era más de lo que él habría esperado.

El muchacho estaba hipnotizado por los nuevos senos de su amada y por el modo en que sus rizos dorados rebotaban sobre ellos. De pronto alzó la vista, y vio que los ojos de Erika estaban en blanco y que la luz azul de su dispositivo CID estaba titilando.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Leonard– ¿Acaso estás hablando con alguien más?

Los ojos de Erika volvieron a mirarlo y su gesto lo dijo todo.

 

 

CONTINÚA EN LA QUINTA PARTE...

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