VECINAS

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Laura, mujer de mediana edad, llegó ante la puerta de casa cargada de bolsas de compra. En ese momento salía del edificio una vecina joven, Sandra, que se ofreció a ayudarle a llevar la carga hasta su casa. "Te lo agradezco, pues llevo un pinzamiento en la espalda que no me deja en paz".

Llevaron las bolsas por un patio espacioso hasta el ascensor, subieron al cuarto piso y la joven metió las bolsas en la casa de su vecina, dejándolas sobre una mesa en la cocina.

"¿Quieres un café, una coca cola?", le ofreció Laura. "Una coca cola está bien", aceptó Sandra.

Iniciaron una conversación, Laura se interesó por los estudios de la joven y ella le dijo que estudiaba Bellas Artes. "Pues tal vez te gusten mis dibujos", le dijo Laura. "Tengo unos cuantos colgados por la casa, si los quieres ver". Recorrieron un largo pasillo y la joven descubrió los dibujos a lápiz enmarcados y colgados en las paredes. Por lo menos había una veintena de distintos tamaños. Descubrió también que todos eran desnudos femeninos, la mayoría muy explícitos. "Sí me gustan, están muy vivos", opinó. "¿Te gustaría posar para mí?", le preguntó Laura.  "¿Desnuda? Me da vergüenza". "En ese caso no aparecería tu rostro, por eso no te preocupes". Tras unos segundos de duda, contestó que se lo pensaría.  "Vivimos en la misma casa, así que me dices un día la respuesta". Quedaron en eso, pero pasaban días y semanas y Sandra no decía nada.

Un día, esperaban el ascensor en la planta baja Laura y Luis, su marido. Cuando llegó, se abrió la puerta y salió veloz un gran perro que se le escapó a su dueña, la joven vecina Sandra. Al chocar el animal con Luis, lo tiró a éste y se golpeó la cabeza contra la barandilla de la escalera, quedando inconsciente y sangrando. Sandra pegó a su perro, que gimió a cada golpe. Telefonearon a una ambulancia, que llegó al cabo de quince minutos. Luis había recobrado el conocimiento y ya no sangraba, pero lo cargaron en una camilla y se lo llevaron al hospital. Unas horas después volvieron y Sandra preguntó por él. "Ya estoy bien, no ha sido casi nada", le dijo. "Tranquila, ha sido un accidente".  "Pero la culpa ha sido mía", reconoció Sandra. "¿Me denunciaréis?", preguntó. "Por supuesto que no", contestó Laura. "Ahora bien, cuida de tu perro, es peligroso".

"Haré lo que sea para recompensaros", ofreció Sandra. "Lo que sea", insistió. Tras unos momentos de duda, Laura le dijo que ya se lo pensarían.

La llamó a la mañana siguiente en la puerta, unos minutos después de verla por la calle desde la ventana de la cocina paseando a su perro, dirigiéndose a casa. "Ya sé cómo vas a pagar el accidente. Quiero que poses durante un par de horas para un dibujo que yo te haga". "¿Cómo he de posar?", preguntó la joven. "Desnuda, por supuesto, y con mi marido presente, que fue la víctima del accidente". "Eso es muy fuerte, pero lo prometido es deuda", convino Sandra.

La tarde de dos días después se presentó en casa de Lara. Luis no se encontraba e ese momento.

Le ofreció algo de beber. "Esta vez un vino, si tienes. He de animarme".

Luis se presentó en casa media hora después. Las dos mujeres estaban en una sala que Laura utilizaba de estudio. Sobre un lecho reposaba Sandra completamente desnuda, con las piernas separadas, los brazos levantados sobre su cabeza. El dibujo estaba bastante avanzado. Se sentó en una silla frente a la joven. Laura anunció que se tomaba un descanso y le dijo a Sandra que si quería se sentase y se cubriese con una sábana. Pero la joven no se movió y procedió a masturbarse. Gemía y se movía convulsivamente mientras sus dedos se acariciaban, se introducían y salían por su vagina. Laura y Luis se miraron sorprendidos y luego contemplaron fijamente a la joven durante todo el transcurso de la operación. Una vez calmada, al cabo de unos diez minutos, les dijo que la perdonaran, pero que se había sentido muy excitada al ser observada por ellos.

"Por nosotros no te preocupes, nos ha encantado el espectáculo", le dijo Laura. "Puedes repetir cuando quieras", añadió Luis.

Convinieron los tres en que Sandra pasaría a su casa los sábados por la noche, mientras sus padres creían que salía de fiesta con sus amigos. Cenaban juntos y después se divertían haciendo cama redonda. Esto duró unos cuatro meses, hasta que Sandra conoció a un chico joven que le gustaba y decidió no repetir las sesiones con sus vecinos.


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