La enfermera monja.

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En unas escaramuzas militares sufrí heridas de bala, era un acto de verdadero despropósito por parte del Coronel del batallón, hombre curtido en las milicias legionarias africanas que gustaba de dar aliciente a sus ejercicios de guerrilla en pleno campo. 

En todos, cuando se advertía del fuego real, la sensación de realismo nos hacía crecer en ardor guerrero y aumentaba la prudencia comedida (si cabe unir ambos conceptos tan contradictorios). Lo que me ocurrió precisamente fue que, ungido en interprete glorioso realicé una gesta suprema sin medir sus consecuencias. Todo estaba estudiado salvo que un gilipollas, como yo, intentara cruzar una zona de grave riesgo. Lo lógico era rodearla y hacer mil filigranas salvo exponerse, pero la bandera estaba al otro lado y era un baluarte enemigo de máximo valor. 

No me lo pensé dos veces, llegado el momento corrí como un gamo al que sigue un lobo hambriento, traspasé el umbral de peligro, la cogí con soltura y denuedo y volví sobre mis pasos henchido de gloria y heroísmo. 

Ya alcanzaba la zona sin riesgo cuando sentí arderme las piernas. Recibí mucho más de lo razonable y lo supe por las caras de horror de mis compañeros. Después me las miré y al ver el destrozo me desplomé inconsciente.

En el hospital me tocó la monja enfermera Sor María de los Ángeles y todos los Santos. Una verdadera santa que cuidaba mis heridas como si fueran las de Cristo, verla en sus curas producía verdadera devoción.

Yo tenía veinte años, recién había encontrado novia en el pueblo y recordaba en todo momento lo que aquella chiquilla me hacía ya atardecido y apartados de todo. Hablaba poco y tenía claro lo que no le podía hacer. Trastearle los bajos era ponerse frente al diablo. Pero igual que era firme en ese propósito, en el de aliviar mis tensiones no ponía objeción alguna y a mí, me encantaba que se la metiera en la boca y la degustara como si fuera un polo de menta. Era tan hábil y diestra en tal menester que hacía las pausas adecuadas y sus giros de lengua eran sorprendentes hasta conseguir que aullara como lobo perdida la cordura. 

Aunque parezca increíble cuando Sor María en sus curas subía hasta los aledaños de mi bravo garrote a éste le venían de forma incomprensible sensaciones pasadas y se desperezaba con un entusiasmo que me hacía mirar a la monja con pavor, pero ella era una santa y proseguía sin más, como si aquello le pasara desapercibido.

Un día en plena soledad, cobijada entre las telas que parapetaban mi zona de cama, mientras subía en su cura diaria Sor María se quedó mirándola con fijación. Le aclaré mi situación, quería que supiera que no existía mala intención. Le expliqué al detalle cómo mi novia del pueblo aliviaba mis tensiones, evitando males mayores. Creo que lo entendió con su espíritu de entrega y sacrificio.

Debió meditarlo luego en la tranquilidad de su celda porque a partir de ese día sus curas se fueron alargando paulatinamente. Tan pronto mi garrote mostraba su esplendor Sor María le prestaba una atención mayor, al principio se embelesaba contemplándola, luego ascendió hasta rozarla y poco a poco fue adquiriendo confianza con ella. Para Sor María estoy convencido que era un acto de verdadera vocación religiosa. El día que asumió la realidad de mi necesidad y procedió al sacrificio mayor calmando mi necesidad admito que fue indescriptible.

Con que embeleso ascendió su cara envuelta en hábito hasta alcanzar la cima, como la olió y luego rozó con su mejilla, yo estaba contraído, pero de puro deseo. Con una suavidad celestial la introdujo en su boca casta y su lengua se movió impulsada por el vigor que le transmitía mi garrote en plenitud. No me cabe más que decir que nunca sentí mayor fervor por la iglesia y sus obras de caridad. Sor María aprendió a saber de mis necesidades y tan pronto mi garrote se mostraba en plenitud ella se pronunciaba con una buena sierva del Señor y ese día, además de cura, calmaba mis necesidades con una habilidad cada vez mayor porque en ella era una entrega suprema.


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