Las amigas de mi mamá

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Fue cuando cumplí 16 años de edad que inicié mi vida sexual activa. Y fue con una amiga de mi mamá. Ella se encargaría, no solo de inaugurarme en el mundo del sexo de los adultos, sino también de contarlo a sus otras amigas, convirtiéndome en una especie de objeto sexual de un grupo reducido de damas. Literalmente hablando, al fin de mi adolescencia me vi calmando las necesidades sexuales de varias señoras casadas que vieron en mí a un joven apetecible, que le daba respuesta a los deseos y necesidades sexuales mal atendidos por sus esposos.

Mi mamá tenía un grupo de amigas, cinco o seis, que se reunían a jugar juegos de cartas los sábados en la tarde. Las señoras, todas ellas en sus cuarenta y tantos años, eran antiguas compañeras de clases. Se reunían en nuestra casa seguramente aprovechando la excusa del juego para pasar una tarde relajada, con continuas remembranzas de sus años estudiantiles. Eran frecuentes las risas, las historias y, seguramente, las confesiones de aventuras y demás pecadillos. Uno podía adivinar esto porque en ciertos momentos el nivel sonoro de su conversación disminuía, pues se estaban murmurando cosas, para luego explotar en risotadas. Yo no tenía novia ni demasiados amigos, así que no era raro que estuviera en casa esos días. Mi mamá me pedía que le ayudara con algunas cosas, como en la preparación de pasabocas. Me volví entonces una figura habitual entre ellas. Yo les preparaba y llevaba sanduches con alguna bebida. Ellas me agradecían efusivamente. Se formó entonces una relación cordial entre ellas y yo.

Un día, una de estas señoras, a quien llamaremos la señora M, me preguntó delante de mi mamá:

-Jaime, será que me puedes hacer un favor con mi computadora? Es se bloquea continuamente y como tu eres tan hábil con esos temas necesito que vayas a mi casa para que me ayudes. ¿Podrías ir mañana?

La propuesta no me gustó mucho porque ya sabía que esas cosas a menudo se complican, pero miré a mi mamá y me clavó una mirada que parecía decir “cuidado dices que no”.

-Claro que sí, señora- le dije entonces y acordamos la hora a la cual iría.

El día señalado fui a su casa y desde que me abrió la puerta me llevé varias sorpresas. La primera es que ella estaba vestida de un modo muy distinto al habitual. Tenía un vestido rojo muy ajustado al cuerpo y bastante corto que le sentaba muy bien. Dejaba adivinar un cuerpo apetecible, que antes no había reparado bien. La segunda sorpresa es que estaba sola en la casa. No estaban ni su esposo ni su hija adolescente. Me senté con ella en la computadora y realicé unas labores de mantenimiento rutinarias. Afortunadamente el equipo respondió bien y el daño desapareció. Ella se mostró muy agradecida. Me abrazó efusivamente y me dio un beso en la mejilla.

-Muchas gracias Jaime. Me has ayudado mucho. ¿Cómo te voy a pagar? -Me dijo la señora de un modo picaresco. A esas alturas yo estaba más que confundido. La visión de su cuerpo sexy recién descubierto por mi sumado al hecho de ella estar sola y para completar el trato tan cercano que me estaba dando, se conjugaron en mi juvenil y alocada mente y me convencieron que quizá algo sexual podría pasar entre ella y yo. Empezó una erección en mi pene que rápidamente progresó hasta notarse fácilmente. Hice entonces un movimiento arriesgado. Le puse la mano en su muslo con la intención de retirarlo rápidamente si ella protestaba, a la vez que le decía:

-No tiene que pagarme nada señora M.

Ella notó inmediatamente lo que estaba pasando. Arqueó sus cejas al notar mi bulto en la entrepierna, pero no retiró mi mano. Sonrió y con delicadeza empezó a acariciarme la nuca y me dijo:

-Veo que te está haciendo falta una novia.

-Si señora- alcancé a balbucear yo.

Ella se quedó un buen rato sin hacer nada. Seguramente estaba evaluando que iba a hacer conmigo. Yo mientras me animé a mover mi mano por su muslo deslizándola pierna arriba hasta llegar al borde de su falda. Intenté seguir con mi mano por debajo de la falda, pero entonces ella me detuvo.

-Escucha Jaime. Quiero que me prometas una cosa. Quiero que no le digas a nadie lo que vamos a hacer. ¿Está claro?

-Si señora, lo prometo- contesté.

-Párate un momento- me dijo – En agradecimiento a tu favor, yo te voy a hacer otro favor.

Dicho esto, empezó a desabrochar el cinturón de mi pantalón. Yo le ayudé apresuradamente a desabrochar y bajar mis pantalones y ropa interior. Mi pene ya estaba completamente erecto. Nunca olvidaré la expresión de su rostro al ver mi arma lista para el combate. Su cara de sorpresa no dejaba lugar a dudas. Le gustaba lo que estaba viendo.

-Vaya! ¡Si es que ya estás hecho todo un hombre! - me dijo y a continuación me cogió de la mano y me dijo:

-Cambio de planes. Esto no se puede desaprovechar – y me llevó así, con mis pantalones abajo, de un modo apresurado a su habitación.

Una vez allí la señora me desnudó totalmente, se desnudó ella y me dio una clase magistral de sexo. Era una gran maestra. Y yo un alumno muy dedicado. Pasamos no solo esa tarde sino muchas otras jugando al fabuloso juego del sexo. Me enseñó todos los trucos, todas las posiciones y todas las formas imaginables de tener sexo. Aprendí a aguantar mi descarga el mayor tiempo posible, hasta lograr primero el orgasmo de ella. Aprendí como hacer un sexo oral que invariablemente desembocaba en orgasmos memorables de ellas. Aprendí como lograr penetraciones anales placenteras para ellas, como lograr la excitación previa que consigue que tu pareja no se niegue a absolutamente nada. A mi mamá le decía que iba a arreglarle la computadora a la señora M. para que no sospechara nada.

Paradójicamente, quien no supo mantener el secreto fue ella. No se pudo aguantar. Le contó a una de sus compañeras de tertulia sobre mi talento, y esta a su vez a las otras. Al poco tiempo yo era el foco de atención en las reuniones. Sin que mi madre lo notara, ellas murmuraban sobre mí. Y, por supuesto, empezaron a fallar las computadoras de todas. Me convertí en el chico que se las reparaba y ellas me pagaban con su amor. Ellas mismas tenían que planear quien iba a disfrutar de mis favores. Se turnaban, y hasta alguna me confesó que hacían sorteos donde el premio mayor era yo. Fue una época grandiosa.


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