TRAMPA PARA LUCÍA

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Lucía, una joven de 24 años, trabaja seis días a la semana en un chalet dentro de una urbanización a diez kilómetros de la ciudad. Se traslada de su casa al chalet en autobús, llega a las ocho de la mañana y termina la jornada laboral a las tres de la tarde. Se encarga de la limpieza de la casa, lavado y planchado de ropa, también hace las camas. En el chalet hay otra criada que realiza las labores de cocinera y vive allí permanentemente. El chalet está ocupado por un viudo de 50 años, su hijo de 20 y la madre del primero y abuela del segundo de 80. Lucía se ha ganado la confianza del hijo y conversan a menudo. "Te veo últimamente muy triste y preocupada. ¿Qué te sucede?", le pregunta un día Nicolás mientras ella ordena la ropa y la cama de su habitación.

"Nos van a desahuciar a mi madre y a mí. No pagamos la casa desde hace un año". "¿Cuándo tenéis que iros?", le preguntó. “Nos han dado siete días, si no pagamos antes".

Nicolás calló durante unos minutos y después le dijo que tenía una solución. "Mi abuela tiene infinidad de joyas y oro, ni sabe lo que tiene. Lo guarda en su habitación, en una caja de nácar dentro del armario. No se enteraría si cogieras un puñado. El oro se paga muy bien", le propuso Nicolás. “No puedo hacer eso", opinó Lucía. "Pues tú verás, eso o la calle".

Lucía se lo consultó a su madre. "Yo estoy enferma y no puedo trabajar. Con lo que ganas tú sólo nos llega para comer. Si es tan fácil robar en esa casa y te lo ha propuesto el hijo del dueño, no desaproveches la ocasión. A ellos les sobra el dinero. Si nos echan de esta casa, ¿a dónde vamos? Nadie nos ayuda", dijo la madre. 

Lucía le comunicó a Nicolás que estaba decidida a llevarse objetos de oro de su abuela por necesidad. Se pusieron de acuerdo un día en que la abuela había ido al médico, la cocinera había salido a la compra y el padre a trabajar.

Nicolás se quedó fuera de la habitación para vigilar por si acaso aparecía alguien en la casa mientras Lucía elegía objetos de oro de la caja de la abuela y los metía en su bolso.

Cuatro días después, el padre de Nicolás le dijo a Lucía que la familia quería hablar con ella, en la habitación de la abuela. 

Lucía se temió lo peor, pero aún confiaba en Nicolás.

Fue a la habitación de la abuela. La abuela estaba sentada en una butaca; de pie, uno a cada lado, el padre de Nicolás y la cocinera. "Con una cámara oculta te hemos grabado robando a mi madre. Si te despedimos y te denunciamos irás a la cárcel, porque supongo que no podrás devolvernos lo que nos has robado. Nada ganamos con ello y tú pierdes demasiado. Hay otra opción, si la aceptas. Evitas la cárcel y sigues trabajando y cobrando, pero te sometes a los castigos que te apliquemos para resarcirnos del robo. Tú eliges". "No quiero ir a la cárcel. Haré lo que sea para evitarlo". "De acuerdo, la abuela decide el primer castigo por ser la más perjudicada", dijo el padre de Nicolás. Todos miraron a la abuela. Ella, tras un rato de silencio, le dijo a Lucía que apoyara el pecho sobre la mesa y se bajara el pantalón. La joven se lo pensó un momento antes de obedecer. Luego se colocó como le dijo la abuela y se bajó el pantalón. La abuela le pidió a su hijo que le azotara las nalgas con el cinturón. "Dale fuerte, veinte azotes, pero en el culo desnudo", añadió. El padre de Nicolás sonrió, se quitó el cinturón del pantalón, se acercó a Lucía y le bajó la braga. La chica tembló de miedo y vergüenza. El hombre le acarició y le estrujó las nalgas, redondeadas y firmes. "Tienes un culo precioso", comentó. Se apartó un poco de ella y empezó a propinarle los azotes. Por cada golpe que recibía, la chica se estremecía y chillaba. La cocinera se reía. La piel de las nalgas se cubrió de machas rojas por efecto de los azotes. "Cada vez que te sientes y durante unos cuantos días te acordarás del robo", dijo el padre de Nicolás. 

Cuando terminó el castigo, se puso el cinturón y le dijo a la chica que fuese al cuarto de la cocinera. "Luego vamos nosotros para terminar con los castigos", le dijo.

Lucía se puso la braga y el pantalón y salió de allí andando lentamente, dolorida por el roce de la ropa en sus nalgas lastimadas.

"¿Qué le vais a hacer?", preguntó la abuela. "Me gustaría presenciarlo". "Es mejor que no lo veas, no te gustaría", le dijo su hijo.

Cocinera y padre de Nicolás acudieron a la habitación de la primera. Lucía esperaba de pie.

"Desnúdate", le dijo el hombre. La chica se quitó lentamente la ropa. "Ahora túmbate en la cama y ponte a cuatro patas. Voy a follarte por el culo", le anunció. "Y luego me comerás el coño, puta ladrona", le dijo la cocinera. "¿Dónde está Nicolás?", se le ocurrió preguntar a Lucía. "¿Lo echas en falta? Se ha ido de viaje unos días con compañeros de la Universidad. Cuando venga tendrá derecho a darte un castigo", le dijo su padre. "Le gustas, así que disfrutará", añadió la cocinera riendo.


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