En la cafetería

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Eusebio estaba, como hacía seis años, puntual a las nueve y cuarto en la cafetería ahogando su tedio con un cortado y dos churros. De pronto la descubrió, era una nueva cajera. Se quedó ensimismado contemplando su sonrisa, sus ojos azules y sus labios pintados de rosa. Pero debía volver a la oficina, se acercó a ella y pagando la consumición se despidió de la cajera con un «Adiós, buenos días»

La situación se repitió durante dos semanas sin que Eusebio se decidiera a hablar con ella, semanas en las que la atracción iba en aumento. En un alarde (para él) de atrevimiento, una tarde la esperó al final de su jornada con la intención de seguirla y saber de esa manera su identidad y dirección. Sin que ella se percatara, el perseguidor logró su objetivo. En la puerta de la casa en la que había entrado, se encontraba una placa con el nombre:

«Angélica Ruiz del Castillo».

 Eusebio pensó que ella no podía llamarse de otra manera….«Angélica». Estuvo repitiendo ese nombre durante días hasta que, en otro derroche de arrojo, decidió escribirle una carta en la que ella no identificaría a su admirador. Solo le enviaba poemas. A esa carta le sucedieron otras con sonetos. Al pie de todas ellas únicamente la firma: Eusebio.

Él seguía tomando el cortado diariamente pero sin atreverse a decirle nada más que: «Adiós, buenos días».

Una mañana ella no acudió al trabajo. Tras cuatro días sin ver a su cajera, él resolvió ir a su casa a preguntar por el motivo de su ausencia. Esta vez estaba decidido a contarle sus sentimientos. Llamó a la puerta  y tras ella apareció una joven vestida de negro que quiso saber que deseaba el desconocido. Eusebio preguntó por Angélica. La mujer de negro le contestó con pena que había muerto hacía dos días. Sintió que su corazón se paraba. Ya iba a abandonar la estancia cuando, al ser preguntado por su identidad respondió lánguidamente:«Soy Eusebio». Al instante la cajera salió al recibidor. ¡Ahora sí que estaba atónito! Fue conducido al cuarto de estar donde con una copita de anís se enteró de todo. La dueña de la casa llevaba meses muy delicada de salud. Ella, Esther, se había trasladado a vivir con Angélica, su prima. Para sufragar su manutención trabajaría de cajera. Agradecía muy de veras las cartas que Angélica en vida había recibido y que compartía con  ella. Eusebio estaba mareado, saludó y dejó la casa.

Pasó una semana sin que Esther amaneciera por la cafetería pero una mañana a las nueve y veinte entró en la misma. Se sentó al lado de Eusebio y comenzaron a hablar.

Ayer hicieron sus bodas de Oro.       


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