ASÍ, POR QUE SI.

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No sé cuántas veces me corrí, no pude contarlas.

Solo notaba que estaba tan mojada que resbalaba todo, que entraba y salía libremente de mi como si para ello hubiera nacido, era tan grande el placer que sentía cuando me la metía, me invadía de tal manera que mi cuerpo quedaba totalmente sometido a sus deseos. Con tan solo cogerme del pelo mi cuerpo se arqueaba sumisa a sus órdenes.

Recuerdo aquel día en la oficina, me miraba de lejos desde su mesa esquivando obstáculos para coincidir con mi mirada. Nunca había sido intrépida en el sexo, más bien convencional, lo normal, nada atrevida, del montón. Aquel día liberé una parte fantasiosa de mí , mi verdadero ser. 

Después de entrecruzar varias miradas y algún que otro guiño, me levanté decidida hacia la sala para mi descanso, mientras notaba como me observaba, me temblaban las piernas. A los pocos minutos apareció detrás mío, en lo que me preparaba un café.

Entablamos una estúpida conversación sin fundamento alguno, ninguno estaba atento, solo nos comíamos con los ojos, no paraba de mirarme el escote mientras yo no me cortaba a mirarle el paquete con una presión difícil de disimular. Me tomé el café de un sorbo y me dirigía a salir, cuando me paró, se acercó mucho a mí, y me pidió que no me fuera, todavía no.

Su mano en mi marcada cintura, la puerta cerrada en mi espalda y frente a mí, su boca, que cada vez se acercaba más a mi cuello, lentamente. Me besaba el cuello mientras mis pezones se iban endureciendo, bajo la blusa, pegada a su pecho. No paraba de decirme las ganas que me tenía y las veces que nos había imaginado haciéndolo en la oficina.

En un impulso le besé y de repente se apartó para respirar un segundo y responder. Me dejaba llevar por él, por sus manos, sus gestos... Me levantó la camiseta y empezó a mordisquearme y me tocaba, hasta que me hice agua. Me bajó el pantalón, me inclinó en la mesa y me la clavó. Grande, dura y gorda, increíble. Me agarro del pelo y la boca para que no escandalizara a mis compañeros con mis gemidos. Me dio la vuelta y me cogió en brazos, me balanceaba arriba y abajo mientras me la metía bruscamente. Sin darnos cuenta pasamos de la mesa al sofá. Parecía que me iba a partir en dos, pero el dolor se convertía en placer automáticamente. Finalmente me agarró del pelo me inclinó al suelo hasta que me arrodillé frente a él, se corrió en mi cara, en mis pechos fuera de la blusa. Me levanté, me dirigí al baño, me limpié y al volver ya no estaba.

Lo encontré como cada mañana en su mesa, buscándome, como cada mañana.


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