DOLOR DE ESPALDA

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Rodrigo y Josefa, matrimonio de edad madura, recorrieron el supermercado al que acudían habitualmente para aprovisionarse de alimentos y bebidas. Vieron a una de las jóvenes dependientas que reponía pesadas botellas de agua en una de las estanterías cuando hizo un gesto de dolor localizado en la espalda. "¿Te duele?", le preguntó Josefa. "Todos los días, pero hoy más, voy a acabar doblada", se quejó la joven. "Nosotros somos masajistas, podemos ayudarte. Si quieres puedes venir a casa", le dijo Rodrigo entregándole una tarjeta. "Nos conoces, puedes confiar en nosotros, además no te cobraremos el tratamiento", explicó ella. "¿Estaréis por la tarde, a eso de las nueve?", preguntó la dependienta. "Te esperaremos", dijo Josefa.

A las nueve y diez minutos se presentó Elisa, la dependienta, en casa del matrimonio, situada muy cerca del supermercado. "Me he retrasado un poco porque no cuadraba una de las cajas", se justificó. "No te preocupes, ya no salimos hoy de casa", le dijo Josefa.  La condujo a una habitación que hacía las veces de gabinete, una mesa, una camilla, un colgador y un equipo de música.

"Quítate la ropa y túmbate en la camilla, veremos esa espalda", indicó la mujer, que iba vestida con una bata blanca. El marido, de momento, no hizo acto de presencia. “¿Me quito toda la ropa?", preguntó. "Sí, es mejor, luego te tapas con la sábana", le respondió señalando la sábana sobre la camilla. "Entro dentro de cinco minutos", dijo antes de irse.

Cuatro minutos después entraron Josefa y Rodrigo, también vestido con una bata blanca. Elisa, tumbado boca abajo, se había cubierto totalmente con la sábana. "Mi marido te va a explorar la espalda", le informó Josefa. Rodrigo le bajó la sábana hasta la cintura y le palpó con ambas manos la espalda, demorándose lo que a la joven le pareció demasiado tiempo. "Tienes varias tensiones a lo largo y ancho de la espalda. Es imprescindible un masaje a fondo", le anunció. "Si no tienes inconveniente te lo daremos a cuatro manos, es más práctico", le dijo Josefa. Elisa no respondió, y el que calla otorga.

Rodrigo, desde arriba, y Josefa desde abajo, le aplicaron un intenso masaje terapéutico provocándole algunos dolores que le explicaron eran necesarios. Después, con pases suaves, acariciantes, le relajaron la espalda y la joven empezó a sentir placer. "Sería bueno masajearte las nalgas también, ahí se concentran muchas tensiones. Si quieres se sale mi marido del cuarto", le dijo ella. "Da igual", dijo Elisa. Uno, a cada lado de ella, le estrujaron las nalgas y los muslos provocándole un placer muy intenso. "Déjate llevar", le sugirió Josefa. "Lo que queráis", murmuró Elisa. A partir de ahí todo fue placer para los tres, Josefa y Rodrigo le besaron y le lamieron entre las nalgas, el ano y el coño, despertándole gemidos placenteros. "¡Qué cabrones sois!", comentó Elisa. "Date la vuelta", le pidió Rodrigo. Elisa obedeció, la sábana cayó al suelo. Josefa le separó las piernas, se inclinó sobre ella y le introdujo un dedo untado en vaselina por la vagina mientras Rodrigo le acariciaba los pechos. Gimió ruidosamente y Rodrigo tuvo que poner en marcha el equipo de música a alto volumen para que los vecinos de alrededor no oyesen sus gritos. Más fuertes todavía cuando le introdujeron un consolador por delante y otro por detrás una vez puesta a cuatro patas sobre la camilla. Después la dejaron reposar un buen rato, sola en la habitación, la sábana cubriéndole totalmente y música relajante. Incluso consiguió dormir un par de minutos. Luego se vistió y salió de la habitación como si flotase.  Josefa la esperaba en el pasillo. "¿Quieres tomar algo?", le propuso. La joven negó con la cabeza. "Vuelve cuando quieras, estaremos encantados de atenderte", le dijo abriendo la puerta.


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