Estatuas

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ESTATUAS

Por el gris de su tristeza,
las hojas del otoño bajan de peso,
en el invierno con leche invisible.
La belleza perdió sus colores, su dolor,
el sabor, amargo, rodó por los aires enredados;
en los sueños obscuros. Con la herida fresca,
la noche espera,
encender la obscuridad de nuevo,
en el inconmovible bosque,
del lago que baña la luna. ¡Como en esas estatuas!.

Por enfermarse de humanidad invadidas,
sucia el azúcar la sal en los labios.
La breve sonrisa moría lentamente,
con el mismo tiempo gota a gota,
secando la boca,
de una campana dibujando palomas.
Con el silencio a la vista del sordo,
en la esquina del bosque,
pasaban las gacelas con lirios. Nada pudieron hacer,
por las estatuas enfermas,
la humanidad las pudrió, en el fruto que siente,
la cosecha de ignorancia y abuso, de maldad,
la cosecha, otorgando las espigas,
del suspiro del cadáver,
en el cementerio de las consciencias,
las estatuas están indefensas... ¡Pobres, pobres!.

En las alas de algodón endurecidas. Ellas,
nubes con caras de flor,
esperaban salir. Con las lluvias,
sin sabor de fuego, ni miel, ni esperanza,
en el vaivén de las caderas,
la plata se mancha más gris,
con la desesperada mañana,
al fondo del rincón. Entre las piernas del jardín,
en la manzana maldita, una araña,
serpentea, su explosión dulce, olvidada.
¡Oh, estatuas!... Con sus joyas simuladas,
sin sombras fieles... ¡Pobres son, de humanidad,
enfermaron, de humanidad morirán sin remedio!.

Tan altas, tan pálidas, murmurando,
el sol con la tarde.
escondido en el viejo camino... Escuchando:
¡Dime, dime!... ¿Dónde el rumor se ha escondido?.
¿Quién mueve ahora el aire?. Los dedos, los hilos,
las balas, las noticias, los gustos, las costumbres...
¿Quienes cultivan el criterio?. Los ojos, las manos,
las cabezas, los deseos, los pensamientos...
Más, esa tristeza era una fábula, ahora, ya no, ya no,
es el inmenso gris al ver al cielo,
perdido en el fondo infinito...
En la carne de piedra de humanidad infecta.

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez


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