La pastelera (parte 3 de 3) Final.

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Intentando no desfallecer frente aquella mujer y sus armas de seducción; quise demostrarle que incluso a los 35 años uno sigue en forma y folla bien. Así que una vez que África había terminado de comer, aproveché antes de que empezara a hacerle la digestión para pasar mis manos por debajo de sus brazos y subirla de un golpe sobre la mesa, dejando así por completo la comida servida. Comencé a devorar su cuerpo hasta que de reojo pude atisbar lo que parecía una manga pastelera, y sin ninguna intención de quedarme atrás en comparación con la imaginación de África para combinar dulces con sexo, comencé a dibujar un mapa con la vainilla que se encontraba en dicho recipiente.

La casilla de salida la marqué en su boca, pasando por su cuello, sus pechos, y abdomen hasta llegar a su coño. Como premio a mi hazaña coloqué un cupcake sobre su coño. Cuando empecé a seguir los pasos de aquel mapa improvisado, para mi sorpresa descubrí que África ya hacía rato que había devorado la vainilla de sus labios pero aun así ella movía su lengua viperina, llamándome para que fuese hacia ella.

Mi boca no se demoró en juntarse con la suya, pero tiempo después sabía que debía continuar con su viaje y no perder más el tiempo; así que dejándola sola con los gemidos ahogados que salían de ella, proseguí con su cuello.

La vainilla parecía derretirse antes de que mi boca la tocase, el calor de nuestros cuerpos eran los culpables. El sudor salado que emanaba de sus pechos y sus pezones junto al dulce creaban una capa que no era para nada desagradable a mi lengua, era incluso adictivo me atrevería a decir. Sin creérmelo, y ante la estupefacción de mis ojos, había conseguido llegar al tesoro que escondía aquel cuerpo.

Quise ser sutil y delicado a la hora de comer y sobre todo masticar, como tantas veces mi madre me había enseñado durante mi infancia, pero las ansias me pudieron y rodeando sus muslos con mis brazos comencé a engullir aquel manjar. El chocolate se desbordaba por entre mis labios y aquellos muslos, impregnando cada parte de su piel y de mi cara con el color de aquel dulce, haciendo así más visible la marca del placer y del vicio. Los trozos que no llegaba a masticar, vacilaban al mismo tiempo que se movían y parecían bailar con mi boca entrando y saliendo de aquel coño, añadiendo por si fuera poco el sabor del líquido vaginal el cual parecía amargo a mi paladar. Los gritos de África se fundían con el ambiente como lo hacía la vainilla sobre su cuerpo o el chocolate sobre mis mejillas, hasta tal punto de restregar parte de mis manos sobre su cuerpo y metérselas en la boca para hacerla callar.

El sexo me pudo y antes de que África se corriera quería que probase hacia sus adentros el verdadero sabor de  mi dulce de leche; así que dándole la vuelta la puse de espaldas a mí. Parece que en el fervor de la batalla África se había sentado sobre un pastel de arándanos por lo que llevaba todo el culo manchado de rojo. Mis manos intentaron quitar un poco de aquel pastel, pero para mi sorpresa me había manchado las manos de harina y solo conseguí empeorar la situación. Sin embargo, esas manos de harina no dudaron en empezar a azotar por completo su cuerpo, clavando y dejando todas y cada una de mis huellas sobre el cuerpo del delito.

Una vez que mi polla se encontraba en el punto exacto, África empujó lo suficiente como para que su coño engullera mi sexo y ambos comenzáramos a disfrutar el uno del otro. La leche que había en el suelo ahora estaba más fría que antes, haciendo que el contraste de temperatura entre nuestros pies y aquel suelo helado nos incitase más aún a corrernos.

Dos personas eran las que habían entrado hace unos minutos en aquella cocina, sin embargo, ahora desconocíamos que éramos, nuestros cuerpos desnudos se movían impregnado por cualquier sustancia que había en aquella cocina haciendo de nosotros el pastel perfecto para el goce y disfrute de cualquier enfermo sexual o pervertido que se le antojase probar a que sabía el adulterio y la perversión. Mi mano comenzó a apretar el cuello de África al mismo tiempo que esta seguía ejerciendo presión con su culo sobre mi abdomen para que mi polla entrase más fuerte. Fueron nuestros gritos ahogados de placer lo que nos indicó que los dos nos habíamos corrido. Ahora era mi leche la que salía de su coño la que manchaba el suelo… 

Antes de salir por la puerta de aquel almacén, África mencionó mi nombre.

-Roberto espera, toma; dijome tras darme un pastel aun estando ella desnuda. Es para tu mujer, es de manzana añadió a la vez que dibujaba una sonrisa de perversión.

Acto seguido me marché.


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