Maestro y el arnés

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De madrugada, había recibido el mensaje desesperado de su esclavo. “Ama, no aguanto más”.

Sonríe, se despereza y da por comenzado su día. Mientras se ducha, no puede evitar imaginarse a su esclavo retorciéndose y dudando si mandar aquel mensaje o no. Le conocía bien y sabía perfectamente que, o se lo daba esa noche, o, tendría que castigarle mucho más. No se había despertado especialmente cruel ese día, así pues, decidió que le visitaría después de trabajar. 

A lo largo del día, y en los pocos huecos que tuvo, pudo pensar en las maldades que se le ocurrían para hacerle, en cómo castigarle y humillarle. Había cogido su último juguete recién adquirido. Deseaba estrenarlo. Será una sorpresa.

Decidió no pasar por casa antes. Directa desde su trabajo, le escribió “Espérame en la puerta”. 

Al llegar, entra y ve a su esclavo a cuatro patas en el recibidor. Muy obediente y acostumbrado a lo ordenado, se había colocado mirando al suelo. Su collar y correa negra prestas para que su ama le condujera. Con lo que no contaba el miserable can, era con un cambio de planes y órdenes. 

Desconcertado, sigue a su ama hasta el dormitorio. Ella, que en su amago de interpretar bien su papel, habla y habla y le ignora, pega tirones de la correa para dejar claro quién manda. El sumiso esclavo, se muere por que su ama empiece a repartir bofetadas o algún tirón de collar. 

El ama se agacha y le susurra palabras sucias que sólo encienden más su ánimo y deseo. Le sujeta su sucia cara y le espeta: “ Querido cerdo, hoy vas a probar algo nuevo. No sé si te gustará, pero realmente, me da igual. Lo vas a hacer. Y como se te ocurra rechistar lo más mínimo, por poco que sea, el castigo será mucho peor. Ahora.....” Y se señala los pies para que su puto esclavo empiece a lamerle los pies. Él, ansioso como si no hubiera comido en días, empieza a devorar esos pies que nunca dejarán de volverlo loco. Finos, suaves, sin ninguna dureza o callo. Buahhhhh, le encantan.

Su frenesí va acompañado de su erección. Mientras lame desesperadamente los pies, mete su lengua por entre los dedos, chupa la planta de arriba a abajo...no se percata de que su ama, lleva puesto un arnés. Éste, es muy discreto, pero no evita que los ojos esclavos a tal visión, se abran de par en par.

“ Sí querido. Hoy vas a ser follado”. Le espeta.

Entre desconcierto y excitación, obedece. Se inclina hacia abajo con su culo en pompa. Su ama, que se había vuelto a poner los taconazos, llevaba en la mano vaselina. Baña la polla ficticia en ella. La unta despacio. Mira a su mudo esclavo, con su cara casi pegada al suelo y su culo presto. No puede reprimir la excitación al verle entregado. El poder de esa escena, hace que se caliente sola y desee follarse con tantas ganas a su cerdo esclavo, que en la primera envestida, y bajo un silencio sepulcral, le dice al oído esclavo: “ Ohhhh, qué buen esclavo eres”. “Así me gusta”.

No pudo percatarse de su expresión facial pero sabía que, en el fondo, iba a disfrutar tanto o más que ella. Sin perder el ritmo, el arnés no dejaba de entrar y salir. Cada vez, más suavemente, cada vez, más holgado, cada vez, más profundo. 

Cuando los gemidos empiezan a ser audibles, y las respiraciones entrecortadas, ella le ordena que se masturbe. Que coja su pene y se masturbe para ella. Mientras obedece, su ama ha decido acariciar sus huevos. Lentamente y clavar alguna uña. 

La secuencia de movimientos, sus gemidos, sus respiraciones, y el deseo mutuo, hacen que los dos disfruten, aunque de manera diferente, de la situación. Sus reflejos en el ventanal, hacen que su ama se encienda más. Su ritmo se acelera, las envestidas más fuertes, más rápidas. Su excitación se contagia y su esclavo, acelera inconscientemente, su ritmo también. 

Ella roza su punto gé constantemente, él intenta no correrse pues no ha sido ordenado a ello. Aguanta como puede. Ella, que no ha dejado de tocarle, pellizcarle y maltratado sus huevos continúa con sus envestidas. Los dos desean llegar al clímax juntos. Es entonces cuando oye a su ama gritar : “¡Córrete. Córrete! ¡Tienes mi permiso!”. Y como buen esclavo, obedeció.

 

 

 

 

 


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