Inmortales

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¿Cómo fue que perdieron las alas los elefantes, padre?

El conocimiento es peligroso, hijo –contestaba el padre mientras apagaba el gran ordenador.

El niño asentía con la cabeza.

 

La pregunta se repitió todos los días durante largos años, y la respuesta fue siempre la misma.

El joven asentía con la cabeza.

Y el padre vio la soledad del hijo, siempre flotando entre los astros del universo.

Entonces encendió nuevamente el ordenador y le pidió que no entrara en el cuarto hasta que él lo llamara.

El joven asintió con la cabeza. Se sentó en el borde del cinturón de asteroides y aguardó.

 

Tres días después recibió el llamado.

He estado diseñando algo para ti –dijo el padre-.

El joven entró y descubrió que todo había cambiado.  

Se llama Edén, ya no estarás solo –confirmó el padre con una gran sonrisa-  Ahora duerme, algún día volveremos a vernos.

 

El joven despertó vuelto hombre. Recordó el sueño y la buscó sin descanso. Su nombre le golpeaba las sienes: Eva.

Casi al caer la noche la encontró, cortando frutos en el inmenso árbol.

Aquí está la respuesta -pronunció Eva con alegría- una voz me dijo que si la comes sabrás cómo perdieron las alas los elefantes. Te estuve esperando, para que tú la muerdas primero.

El hombre recordó al padre.

El conocimiento es malo –dijo-.

Y cogió a Eva de la mano, la miró a los ojos.

Algún día ocuparé el lugar de mi padre –dijo el hombre- algún día lo sabremos.

Y Eva dejó el fruto junto al árbol.

Y caminaron hacía el río mientras Adán le contaba sobre las ventajas de ser inmortales.


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