La profecía de los TRES REYES (II)

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Un grito desgarrador rompió la noche oscura. A los pies de la cama se encontraba el cuerpo inerte de Immonud, ahogado en su propio vómito. Nadie quiso decir lo evidente: había sido envenenado. El rey lo culpó de alta traición a la corona por conspirar con el enemigo y alegó que había acabado con su propia vida incapaz de soportar los remordimientos. Tampoco nadie se atrevió a contrariarlo. Fue enterrado lejos del panteón familiar con las rosas negras en su tumba, símbolo de un traidor.

La muerte de Immonud llegó a oídos del rey emérito quien no creyó la versión de Siro y le exigió la verdad. De los labios de su hijo salieron palabras como cuchillos:

– Su final fue decisión suya. Le di la opción de estar a mi lado y luchar por su rey pero él no escuchó. Me dijo: “mi vida o la lucha”. Así pues, firmó su sentencia. Yo solo fui el verdugo.

Elgar vagó como si de un fantasma se tratara por los muros del castillo. No podía creer que todos sus esfuerzos por que la profecía no se cumpliera había llevado a que todo sucediera. Solo pudo acabar con su sufrimiento de una manera. Todos fueron testigos de ello y lloraron su caída. Incluso su hijo, causante de su pena.

A las puertas del reino esperaba un ejército. Uldred recordaba vagamente como se veía aquel lugar, muy distinto en ese momento. Cosechas quemadas, casas derrumbadas, cuerpos amontonados esperando ser sepultados. Su intención de terminar con los enfrentamientos había sido envenenado. Había que entrar por la fuerza.

Poco hizo falta para penetrar los muros. Ya nadie ofrecía resistencia. En la sala del trono un rey demacrado y con la mirada perdida esperaba sentado con espada en mano. Ambos lucharon con todas sus ganas pero el vencedor tuvo clemencia y apuntando al cuello de su hermano le advirtió:

– Ríndete, Siro, hermano.

– Tu no eres hermano mío. Yo solo tuve un hermano.

– Ni a ese hermano quisiste. Su vida dio por tu orgullo y vanidad.

– Este reino no te pertenece. La profecía se cumplió para que yo reinase. Tu solo eres un traidor.

– Bien sabes, hermano, que yo jamás contra tu vida atentar quise. Tu daga oculta cayó en mis manos y por accidente hirió tu costado. Mi error he pagado con creces porque en su momento te debía haber delatado.

– Padre ha muerto al igual que mi hermano. No tengo herederos y tu eres un desterrado. Perdoname la vida y de mí nunca más sabrás.

Uldred se aproximó al ya destronado rey, tirando la espada a un lado. Tendió la mano para ayudar a levantarlo. Pero Siro tiró de él y clavó el cuchillo que tenía oculto en un lateral de su capa. Después trató de huir pero fue alcanzado por un flecha de uno de los soldados. Así cayó el segundo hijo del rey Elgar, el mayor de tres hermanos.

El reino fue absorbido por el Imperio que lo amenazaba y como recompensa por la conquista, el emperador nombró rey a Uldrid quién ascendió al trono como Uldrid el Conquistador. Era el último de su estirpe, junto con su madre que aún vivía encerrada en la torre en la que decidió ocultarse al margen de todo. Sus hijos nunca supieron de la profecía o maldición que afectó a su familia y que hicieron de él un rey sabio y humilde. Su reinado a día de hoy se recuerda como el más próspero de todos los tiempos, pero la causa detrás de esto solo es conocida por él y aquellos que leen su historia. Una historia escrita para recordar que el destino es la propia historia.

FIN


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