UNA DE DOS

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Carlota, jefa del departamento de contabilidad de una multinacional asentada en España llamó a su despacho a dos de sus empleadas a primera hora de la mañana, antes de que empezaran a trabajar. Inés e Isabel se sentaron en sendas sillas al otro lado de la mesa de su jefa a una indicación de ésta. 

"Siento daros una mala noticia de mañana, pero no tengo otra salida. El presidente de la empresa me ha dicho que tengo que elegir a cuál de vosotras se despide. Esto se lo ha comunicado también a otros jefes de departamento porque se va a hacer una reorganización. Sobra personal".

Las dos empleadas se miraron con expresión triste.

"Sois igual de buenas empleadas las dos y me faltan argumentos para elegir quién se queda y quién se va. Mi primera intención ha sido rebelarme contra esa orden, pero me han avisado de que si no elijo yo, elegirá otra persona por mí y yo seré despedida. Como comprenderéis, tengo que salvar mi culo ante todo".

Las dos empleadas la miraron esperando su veredicto. 

"¿Qué criterio seguiríais vosotras para elegir a una?", les preguntó. 

Ellas se encogieron de hombros.

"Yo soy capaz de cualquier cosa por mantener el puesto de trabajo", aseguró Inés.

"¿Y eso qué significa?", quiso saber Carlota. "Darte el mayor gusto posible, todo lo que imagines", le contestó.

"Y tú, Isabel, ¿qué harías por mantener el puesto de trabajo?", quiso saber Carlota.

"Ponme a prueba, te sorprenderías".

"El sábado quiero veros en mi casa, a las ocho de la tarde, dispuestas a todo", les dijo.

A las ocho en punto se presentaron ambas, Inés con una botella de vino, Isabel con una bandeja de pasteles. "No hacía falta”, les dijo, "no se trata de que me regaléis algo".

Una vez en el salón de la casa, Carlota se sentó en un sillón, las dos empleadas de pie enfrente de ella, a la espera de indicaciones. "Desnudaros", les dijo, "para entrar en materia".

Las dos empleadas se miraron sorprendidas, fue Inés la primera en empezar en quitarse la ropa y en quedarse en cueros. Una vez desnudas, Inés, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, Isabel tapando con las manos el pecho y el pubis, pero al ver a Inés que no se tapaba con las manos, las colocó a ambos lados de la cadera. Carlota se descalzó y les dijo que le chuparan los pies colocadas de rodillas. Ambas obedecieron y se afanaron en darle gusto. Disfrutó con la labor de ambas. Tras casi media hora, les dijo que ambas lo habían hecho tan bien que no salía de dudas. "¿Qué se os ocurre ahora?", les preguntó. Isabel miró a Inés esperando que ella decidiera.

"Te chupo el coño si te dejas", propuso. "Juegas fuerte, eso me gusta, pero creo que llevas ventaja porque no creo capaz a Isabel de hacerlo".

Isabel no dijo nada. "Mejor me chupáis el culo", les propuso mientras se bajaba los pantalones, luego se colocó a cuatro patas en el sofá y esperó que ambas empleadas actuasen. Inés, como era de esperar, chupó de maravilla su agujero, pero ante la sorpresa de Carlota, Isabel se mostró muy eficaz en la labor y se tragó sin expresar asco la ventosidad que salió de su culo por el placer que sintió.

Cuando dio por finalizada la prueba, las invitó a una cena ligera y cuando se marchaban les dijo que el lunes les anunciaría la decisión.

El lunes, Carlota llegó una hora tarde a la oficina, prolongando la ansiedad de ambas empleadas. Una vez en el despacho, llamó a Isabel. Creía que la llamaba en primer lugar para anunciarle el despido, igual que lo creyó Inés. 

"He tomado la difícil decisión y tú te quedas en la empresa", le anunció. "Dile a Inés que no la puedo recibir y le informas de lo que te he dicho. Tu lengua es una maravilla".

Isabel, enrojecidas sus mejillas, salió del despacho sin decir palabra.


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