EL HOMBRE QUE VIVIÓ MIL AÑOS (parte 1 de 2)

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Te sorprendería si te dijera mi verdadera edad. A nadie se lo he dicho, y para que no sospechen, abandoné a mi familia, a mis amigos y a mi pueblo. Me he mudado más veces de las que puedo recordar, he atravesado desoladas tierras recorriendo bibliotecas, buscando libros mágicos y artefactos arcanos.

Jamás me interesó ser invisible, la capacidad de volar ni la transmutación; de los misterios más grandes de la humanidad siempre quise resolver el de la vida eterna.

Te sorprendería si te dijera mi verdadera edad. ¿Cuántos años dirías que tengo?, ¿sesenta?, ¿setenta tal vez? Eso es lo que muchos creen, pero se equivocan. Sucede que existe un secreto; un secreto para evitar que las células se degeneren y, así, escapar a la muerte.

Sucedió hace mucho tiempo, cuando yo era un muchacho que no pensaba en muchas cosas más que en sexo y en la mortalidad.

Era lógico que pensara en sexo; era virgen aún, y en el colegio las chicas se desarrollaban frente a mis ojos; niñas que de la noche a la mañana se convertían en pulposas señoritas que les bastaba dirigirme la palabra para que mis hormonas germinasen como flor en primavera. Lo extraño era que estaba obsesionado con no querer morir. Tenía miedo; quería que mi adolescencia, aún con todos sus problemas, durase para siempre.

De joven era delgado y desafortunado en el acné, por lo que no tenía mucho éxito con las mujeres. Fue entonces cuando mis pensamientos sobre la vida eterna comenzaron a ocupar la mayor parte de mi tiempo libre. Me sentía fascinado por objetos de leyenda como la Piedra de la Vida, y sentía admiración por el gran mago Crátilo; no tanto por su capacidad de ejecutar hechizos como por el hecho de haber vivido mil años.

Decidí incursionar al mundo de la magia, pues estaba convencido de que alguna de las historias que se escuchan por ahí debía ser cierta; alguno de entre tantos datos espurios debía surgir de un sitio verdadero.

Una tarde de abril, a la salida del colegio, decidí visitar un local que siempre llamó mi atención. Ocultismo, nigromancia, demonología...; era uno de esos lugares donde uno siente que no será el mismo tras cruzar la puerta.

Al ingresar me atendió una mujer madura, con edad suficiente como para ser mi madre o, incluso, una joven abuela.

–Buenas tardes –dije–; estoy buscando libros de magia.

–Buenas tardes –dijo ella–. Tenemos muchos libros de magia. ¿Buscas libros que hablen sobre magia, sobre la historia de la magia…?

–Busco libros que tengan hechizos reales.

La señora sonrió con orgullo.

–Muchacho…, tengo libros con poderes superiores a aquellos que podrías imaginar. Pasa; te mostraré unos tomos donde encontrarás hechizos de invisibilidad, otros que dan la capacidad de volar y hasta de transmutación. Tengo todo lo que necesitas y mucho más.

La mujer levantó una tabla del mostrador y abrió la pequeña puerta invitándome a pasar, y yo de nuevo sentí que no sería el mismo tras cruzarla.

Al pasar al otro lado del mostrador me sentí apabullado por las altas bibliotecas que llegaban hasta el techo. Los estantes estaban repletos de frascos de todas las formas y tamaños, huesos de animales extraños, y libros a punto de caerse a pedazos. El lugar olía a incienso, y el humo recorría los objetos llevándose consigo su aroma a antigüedad.

Seguí a la mujer por un pasillo de techo abovedado y luz tenue, proveniente de unas gruesas velas negras.

Al tener a la señora delante olvidé el motivo de mi visita, pues al enfocarme en su culo ya no pude ver nada más. Era majestuoso, grande y redondo, y ella lo movía con cada paso a sabiendas de su atractivo; consciente de que yo la estaba mirando.

–¿Te gusta lo que ves? –preguntó.

–¡No!… Digo… ¡Sí!... Es que estoy impresionado con tantos libros y… cosas raras.

Ella se dio la vuelta y sonrió nuevamente mientras giraba el picaporte de la pequeña puerta de madera al final del pasillo.

Ingresamos a la habitación y allí había un viejo escritorio de madera, un sofá Chesterfield de cuero marrón, y una biblioteca detenida por el tiempo. La mujer tomó algunos libros y me los mostró uno tras otro:

–Dime muchacho, ¿te interesa la teletransportación, hablar con fantasmas, invocar a Astaroth…? –luego dejó caer los libros al suelo y abrió su blusa mostrando unos enormes senos–, ¿o estás más interesado en algo como esto?

Sus tetas eran de infarto; mucho más firmes de lo que habría imaginado. Era la mujer más voluptuosa que había visto, y me sentí atraído por ella cual acto de un embrujo.

Tuvimos sexo en el sofá Chesterfield, en el viejo escritorio, y de nuevo en el sofá Chesterfield. Quedé impresionado por su piel, tan tersa y suave, y por sus aptitudes amatorias que, aun siendo yo un muchacho virgen, me eran evidentes.

Sobre el final me acosté en el suelo; exhausto tras lo que parecieron ser horas de sexo desenfrenado. Ella se sentó en mi miembro y comenzó a moverse como si recién estuviéramos comenzando. En ese momento empecé a sentirme mareado, sentí que mi vitalidad me estaba abandonando. Los ojos se me cerraban y apenas podía mantenerme despierto, fue entonces cuando noté algo extraño entre parpadeos.

 

...continúa en la segunda y última parte:

https://www.cortorelatos.com/relato/36910/el-hombre-que-vivio-mil-anos-parte-2-de-2/

 


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