EL JEFE

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Veinte años sin un ascenso. Veinte años con un sueldo miserable. Natalie miraba las frías paredes de su cubículo y se sentía ahogada, como si cada temporada el cubículo se hiciera más y más pequeño. Apenas podía recordar a aquella joven que ingresó a la empresa alegre y llena de sueños. Tras veinte años se había convertido en una efigie para ser maltratada, para ser humillada. 

Pronto pondría fin a ese sufrimiento. Había conseguido empleo en otra empresa. Un puesto similar en una empresa similar, era cierto, pero al menos ello le permitiría decir que estaba iniciando un nuevo capítulo en su vida.

El jefe la llamó por el altoparlante; el anciano aún no sabía que la semana siguiente Natalie ya no estaría allí; nadie en la oficina lo sabía. 

  –¿Por qué tardaste tanto? –dijo el anciano cuando Natalie ingresó en su oficina.

No había pasado ni un minuto desde que él la llamó por el altoparlante. De hecho, ella se apuró también porque se aproximaba su horario de salida, y no llegaría a tomar el tren. Natalie intentó decir algo, pero él estiró el brazo callándola, y luego señaló la silla que tenía enfrente:

–Siéntate.

Natalie se sentó frente al enorme escritorio. Juntó las piernas y apoyó su cartera sobre ellas. El anciano no dijo nada, solo se sirvió un vaso de whisky F&7 de etiqueta negra.

La mano del viejo temblaba, y su calva brillaba empapada en sudor. Intentó acomodarse la corbata para respirar mejor, pero enseguida comenzó a toser. Natalie lo observaba con un gesto de aversión. El hombre parecía que iba a morir con cada tosido, y al hacerlo mostraba unos escasos dientes; infectos, como si las mentiras que dijo a lo largo de su vida los hubieran corrompido.

Sus problemas de salud lo obligaron a ir hasta el baño sin siquiera excusarse con Natalie. Una vez allí, las finas paredes no hacían mucho por evitar que ella oyera como él tosía y largaba lo que parecían ser trozos de pulmón.

Ella sabía que eso ocurriría, siempre pasaba lo mismo: el jefe la llamaba y la hacía esperar sentada mientras él bebía whisky, fumaba un habano, tosía o hablaba por teléfono. Así, Natalie se convertía en parte del mobiliario, no más importante que una fotocopiadora, una silla o un cesto de basura. Luego de esa espera que le consumiría parte de su vida, él volvería a dirigirle la palabra solo para darle una serie de órdenes y críticas sin sentido, con el tono soberbio que lo había llevado tan lejos. Pero esa vez la espera sería diferente. Natalie abrió su cartera y, antes de que su jefe regresara del baño, vació una minúscula botella de veneno en el vaso de whisky. Quería irse de aquella empresa, pero no iba a permitir que el viejo saliera impune por esos veinte años destruyendo su autoestima. Podría haber dejado que la naturaleza hiciera el trabajo sucio, pero el anciano parecía tener comprada a la mismísima muerte.

El hombre regresó y se sentó haciendo un gesto de dolor:

–Natalie –dijo él–, contigo quería hablar. ¿Sabes que siempre te he tenido mucha estima? Es más, creo que eres una de las mejores empleadas que he tenido.

Luego de toser un poco más, continuó:

–Ha llegado la hora de jubilarme y pensé en nombrarte mi sucesora, ¿qué opinas?

Natalie enmudeció por unos segundos; tiempo suficiente para que el anciano vaciara su vaso de whisky de un solo trago.    

 


FIN


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