Tu número de tap

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Tu número de Tap.

                                                                    Para Karina. Porque tu amor trasciende toda muerte.

 

Tu número de tap resuena en mi cabeza

con la insistencia del martillo que golpea

los clavos del ataúd.

(desde el día que decidiste quedarte aquí dentro).

 

Tu número de tap resuena en mi cabeza

con la voracidad del gusano que roe

el cadáver dentro de su ataúd.

(hasta que la muerte y sólo la muerte me libere de ti).

 

Mujer de largas piernas, joven bailarina escapada de mis pesadillas. Abjuro del día en que dije: “baila para mí”.  Desde entonces, no has dejado de hacerlo día y noche.

Con tu vestidito blanco.

Tus oscuros cabellos.

Tu boca que ríe.

Tus zapatitos negros. Tap, tap y tap.

 

Tu número de tap resuena en mi cabeza

con la persistencia de la gota de agua

que horada la roca hasta romperla

por dentro.

 

Cada vez que cierro mis ojos ahí estás. Cuando salgo a caminar, a medianoche, a cualquier hora; al despertar de borracheras infames a la sombra de un árbol, o al vagabundear entre sepulcros, malherido en mi alma. Ahí te veo, niña, sonriendo, bailando para mí. Haciendo sonar tus taps en el asfalto.

 

Tu número de tap resuena en mi conciencia

con la monotonía de un payaso sin gracia

que fastidia o asusta en vez de hacer reír.

Con esa algarabía de un brutal asesino

que riendo asesina y ultima a su víctima.

 

Tu número de tap retumba en mi cabeza.

Un eco desmedido, invasivo, altisonante

venido de un lugar entre el cielo y el infierno.

 

Hasta en las noches de tormenta; no cesa de repiquetear en mi sesera la coreografía de tu paso de tap. Tap y tap.

 

Fue una noche de tormenta que escapaste del hospicio. Yo te vi en la ruta danzando bajo la lluvia, pero; ¿de dónde habías salido? ¿De cuál bosque, de qué asilo; de qué primordial jardín te diste a mi presencia? ¿de qué tribu vienes, cuál es tu mito? Qué albur abortó tu destino de mujer salvaje a reina loca del camino…  

 

 

Tu número sigue sonando en mi cabeza

con un ruido a tambores que vienen de la selva.

Primitivo tam-tam entre gritos de guerra

furioso golpetear de lanzas en la tierra.

 

Pasado de vueltas atino a seguir

con ojos cansados tus rumbos simétricos.

Muy cerca del sueño alcanzo a escuchar: tap, tap, tap.

 

Tu número de tap detona en mi cabeza.

Pasos como disparos que aciertan en el blanco.

Acribillas mi alma, aniquilas mi cuerpo.

Y, mientras caigo, tú sigues bailando.

 

He dejado de ser yo desde que iniciaste tu numerito hace no sé cuánto, cómo, ni porqué. Sigues ahí en la carretera, al alba, a medianoche, o fulgurando en un sitio irreal. Con las manos alzadas cual alas. La vista concentrada en tus zapatos de baile. Tu vestidito blanco, tu boca sonriendo. Tu cuerpo, magnífico, y tus pies marcando el ritmo. Tap, tap y tap.

 

Tu número de tap retorna a mi cabeza

traza círculos de fuego buck & wing

en giros despiadados con síncopas de swing

sobre el macadam de mi piel que se quema.

 

Tu número de tap sigue resonando en mi cabeza. Percute sobre mis sienes y son machetazos en mi carne débil. Golpe tras golpe hasta que la jaqueca amenaza destrozar mi cordura. Paso por paso te abres un camino de sangre hasta mi centro.

 

Te amo, niña, con toda insensatez. Ángel de una condenación inapelable.

Baila para mí ahora, otra vez, como bailarás mañana sobre el mármol de mi tumba. Marcando el ritmo de octava en semi-ronda; tap, tap y tap. 

 

 

                                                                                      Víctor Lowenstein. 

 


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