El patio de la casa

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Del niño y de la niña. De ellos la risa que se apagó en las calles.      

Triste está el ruido de un bote de pelota desgajada. Perdido. Pelota que ya no se ensucia.

Luz hermosa de candil apagado con la ventolera de los criminales.

No hay rastro de la travesura. Salto. Juego de buena malicia.

Lejos queda el eco de la voz repetida, de los amados salvadores en el juego de las escondidas.

Risa ausente. Espacio disponible, para el grito del bandido y el villano.

La ingenuidad luce al fondo, extraviada, tal vez contenida.

Juegos recluidos en el patio de la casa, que no es particular. Ya no se moja y se seca cómo las demás.

¿Y si no somos niñas bonitas? no importa, al salir agáchense, y vuélvanse a agachar.

Por qué hay malignos apostados en la acera, y bandidos en las azoteas.

¿Y los huevos de la gallina? Se balancean turulecos, solo por los cables.

Se abren paso, entre cursos de teleseries para bandidos despreciables.

Próceres  del vicio, apologistas acéfalos de las banalidades.

Monstruos que salieron por debajo de la cama. Rituales de extravío en la vereda.

Que al igual que nuestro olvido sean fugaces. Que se desvanezcan y se pierdan.

Silencio incómodo. ¿Cuándo lloverán dulces afuera?

Estaremos atentos. Y cantaremos: que llueva, que llueva.

Y esperemos que la Virgen nos saque de la cueva.


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