De aquí a Roma

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Se había quedado dormida aquella mañana. El despertador no había sonado y no sabía el por qué. Poco importaba. Lo que sí sabía era el cómo había abierto los ojos: asustada, con taquicardia y sudorosa bajo las sábanas blancas que la habían visto dar las mil y una vueltas aquella noche. Pero se calmó al mirar por la ventana, fue serenándose poco al poco al ser consciente de que un nuevo día soleado y recién estrenado, podría traerle buenas noticias por fin. Después, sonrió al espejo amplicamente porque como casi siempre, había soñado con él y aún tenía encima esa sensación de calidez vibrante en la piel.

"Estoy deseando tenerte enfrente, besar todos los lunares de tu espalda, acariciar tus hombros". Repetía una y otra vez a diario como si fuera un mantra, quizás con la esperanza de que él lo notara en la lejanía, que la magia de la vida le diera la oportunidad de comunicarse de esa manera con su espíritu o que esa energía que manaba de ella, le acanzara por fin después de tantos intentos frutrados... Caminaba por la calle y lo pensaba, trabajaba atareada y lo pensaba, comía o cenaba y lo seguía pensando... "Te amo de aquí a Roma", no puedo parar de quererte".- Le brotaba de dentro, no podía evitar tenerle presente a todas horas, era algo casi enfermizo.-"Ojala pudiera llamarte, ¿pero cómo hacerlo?"- Localizarle tras aquello le era del todo imposible.

Su móvil, en el fondo del río, testigo mudo de aquel final tan abrupto al que volvía una y otra vez con los ojos húmedos. Ella, desesperada y ansiosa afrontando la nueva vida que tenía que transitar. Esta vez sola, en aquella nueva ciudad a la que escapó, sin conocer a nadie, sin su agenda con todos sus contactos. Sin él.

Desde la otra punta del mundo a él le estaba pasando lo mismo, ansíaba verla, olerla, saborearla de nuevo. Su amor verdadero no daba señales de vida, ¿Acaso no habría recibido su ramo de camelias a dominilio? ¿Qué había pasado con sus llamadas y mensajes? Dudaba que le hubiera perdonado, él tampoco lo había hecho aún, no podía creer que no cumpliera la promesa que le hizo en aquel maravilloso viaje.¡Madito farsante! Iba a alejarla de todo aquello, de él y la ciudad despiadada en la que vivían, pero en cambio...

Estaba a punto de entrar en su casa y como siempre, miraba el teléfono con necesidad y miedo a partes iguales, ya que dentro había poca cobertura y no se podía permitir prescindir de ella durante mucho tiempo. Siempre esperaba un rato ahí fuera, inquieto y expectante sentado en las escaleras, y luego  como cada noche, entraba desolado hasta que un nuevo día llegaba con la esperanza de establecer contacto. Pero el sol salía de nuevo y sus esperanzas se iban rompiendo a cada momento, a cada paso que daba se cerraba una puerta por la que jamás volvería a poder entrar.


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