Un día soñado (parte 1ª)

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Aún es temprano, todavía hay oscuridad fuera, se escuchan unas suaves pisadas sobre la madera del suelo, lentamente se entreabre la puerta de la habitación y la luz del pasillo avanza poco a poco hasta la ventana donde las estrellas de colores bordadas en la cortina quieren como recordar que aún es hora de dormir. Tras esa claridad que poco a poco invade la estancia suena una voz que dice:

-Alba cariño, ¿estás despierta?

Alba hace un rato que ha despertado, aunque permanece acurrucada bajo la ropa abrazando a Mushu su oso de peluche, hoy es un día muy importante y por nada del mundo querría quedarse dormida.

-Si mama.

-Levántate cariño que hay que vestirse.

Alba se levanta tras encender mamá la luz de la habitación, deja a Mushu vigilando la cama mientras ella cambiaba su camisón bordado por la  ropa, recién llegada calentita de junto a la  cocina de hierro, que se va a poner.

Tras terminar de vestirse y una vez la cama está hecha se dirigen a la cocina donde papa aún medio dormita sobre una taza de café.

Termina de despertarse cuando ellas dos entran y pone a la niña sobre sus rodillas.

-¿Hola cielo que tal estás?

-Muy bien papa, sonríe Alba.

-¿Sabes que hoy es un día muy importante verdad?

-Si -asiente ella-.

-¿Y por que podría  ser?.

-Hoy es mi cumple.

-Así es. ¿y que desearías como regalo en un día como hoy?.

-Ya lo sabes, quiero ver el mar.

Alba sueña con ver el mar, aún es muy pequeña y como viven en un pueblecito del interior hasta el momento  nunca han hecho ese viaje con ella, aunque papa y mama si lo han visto en otras ocasiones y le cuentan a ella tantas cosas decidió que en el día de su cumpleaños quería ver aquella gran cantidad de agua que según dicen no tiene fin.

En ese momento irrumpió corriendo Leo, el pequeño cachorro de mirada alegre y poso sus patitas delanteras de pelo blanco que parecían calcetines en contraste con el color oscuro del resto de su cuerpo sobre las piernas de Alba, como esperando una invitación para jugar, ella le acaricia suavemente la cabeza y luego tomándola ente sus manos se acerca y le dice:

-¡Leo me voy a ver el mar!.

El perrillo parece comprender y mueve el rabo alegremente en señal de asentimiento, posa sus cuatro extremidades en el suelo y comienza a husmear en círculos en busca de alguna pieza imaginaria hasta que tras un rato de actividad se sienta a esperar acontecimientos.

Terminan de desayunar mientras las primeras luces del día pugnan aún por ahuyentar a las tinieblas, luego es el momento de terminar de vestirse y preparar todo lo necesario para el viaje.

Que guapos están los tres piensa Alba, como de domingo, mamá con su pelo rubio alborotado y con aquellos bonitos ojos azules que ella ha heredado y con aquel precioso vestido de color, papa con su ropa tan informal siempre y con ese peinado imposible en el que destacaban cada vez más las hebras de plata que caprichosas surgen entre su pelo negro, y ella con aquel conjunto que tanto le había gustado y que hoy por fin estrena.

Cogen lo necesario y salen de casa escoltados por Leo que los acompaña hasta el rellano, en ese momento Alba se vuelve y le dice:

-Leo tienes que quedarte.

El, como para indicar que ha entendido se tumba en el suelo y cruza la pata delantera derecha sobre la izquierda, descansando su cabeza sobre ellas y observando como aquellas personas que tanto quiere se alejan.

Ya hay una cierta claridad y recorren sin dificultad la escasa distancia que hay hasta el pueblo, con el sonido de fondo de las esquilas del ganado de las vaquerías próximas que comienza a desperezarse. En cuando llegan al campo que está junto a la capilla divisan la silueta del autobús pintado en alegres colores que por la semana lleva a los niños al colegio y que en vacaciones y fines de semana hace la línea con la ciudad. Junto a el está Plácido, el conductor, un joven del pueblo que guía con cariño y maestría ese vehículo. Plácido tiene una hija, María, que es la mejor amiga de Alba y ambas  juegan juntas a diario corriendo por las calles del pueblo, en el columpio que habían hecho en una huerta cercana, o en la cabaña que mama, papa y Plácido y su mujer les habían construido.

Se suben los cuatro en el vehículo que aún se nota un poco frío por haber pasado la noche al raso. Plácido acciona suavemente el contacto y el autobús agradecido se pone en marcha con su habitual sonoridad.

Salen a la carretera principal. El paisaje conocido de las inmediaciones aparece desdibujado tras el vaho que se formaba en los cristales por el contraste entre el frío de la madrugada y el calor y respiración de los cuerpos. Poco a poco la montaña va dejando paso a la ribera, la ruta antes recta se va convirtiendo en una línea serpenteante sin fin para adaptarse al terreno cada vez más pendiente, los prados ceden su protagonismo a las viñas, aquellas que sobre paredes parecen desafiar al abismo inmediato que se abre y a lo largo del fondo de cual discurre un aparentemente tranquilo río, el mismo que no hace mucho se llevó en una noche de lluvia y enfado el puente. Ahora cruzan el nuevo, construido a escasos metros del anterior pero más alto, a partir de el la carretera asciende de nuevo obligando al autobús a sacar lo mejor de si para cumplir su cometido.

Alba mira embelesada como se transforma todo a su alrededor y como el nuevo día descubre, luego de dejar atrás los viñedos, nuevos paisajes, esta vez laderas escarpadas de árboles antiguos y venerables como los castaños y los robles que pese a su edad mantienen aún su vigor y orgullo. Que agradable es estar bajo su sombra en las cálidas tardes de verano cuando los mayores se sientan para contar historias o dormitar en tanto los niños juegan a que aquellos son sus castillos y palacios, a esconderse o simplemente a tumbarse sobre la hierba contemplando el cielo azul que se entrevé a través de las ramas y las hojas.


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