Un día soñado (parte 2ª)

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En muchas paradas el vehículo se detiene para coger viajeros, Plácido se baja y los ayuda amablemente a colocar  su equipaje o los productos que llevan en los compartimentos donde deben ir, muchos de ellos hacen aquel viaje casi a diario, le conocen y le agradecen aquel gesto tratándolo como un vecino más al que le preguntan que tal le van las cosas o como está su familia, Plácido que considera lo que hace como una vocación más que como un trabajo sonríe y corresponde a esa gratitud con palabras calidas y cotidianas, aunque claro sin detenerse demasiado pues hay que cumplir un horario.

Los asientos antes vacíos  van llenándose poco a poco de gente muy diversa: una señora que va a la plaza a vender productos del campo como huevos o verduras, un sacerdote anciano y menudo de los de antes, con larga sotana negra y una cartera de piel en el regazo, dos o tres jóvenes con pinta estudiantes que apuran aún el ultimo sueño antes de algún examen de ingreso o de recuperación, una chica que acompaña a una señora más mayor que probablemente será su madre por el parecido que hay entre ambas, y que probablemente se dirigen a hacer unas compras o de visita, y tres señores con sus calladas con pinta de tratantes, que a buen seguro se bajarán en alguna feria cercana, para comprar o vender ganado, que antes como alguna vez cuenta Plácido viajaba en la parte de atrás de los autobuses, en tanto que los pasajeros lo hacían en la parte delantera o incluso en bancos situados sobre el techo.

Alba está impaciente, observa tras superar cada curva si se divisan los tejados de la ciudad, durante un buen rato los bosques van dejando paso a zonas más amplias y más cultivadas con  grupos de casas cada vez mayores y que se suceden con más frecuencia, por fin tras llegar al borde de una pequeña meseta se contempla a lo lejos una masa informe de construcciones en las inmediaciones de un valle. Dentro de poco tiempo se alcanzará el final de la primera etapa. Descienden pausadamente por carreteras cada vez más anchas y con más tráfico. Ahora el paisaje natural se va transformando en grandes moles llenas de ventanas de toda forma y color imaginable, la vegetación deja paso a otro tipo de cobertura grúas, farolas, semáforos,  calles en todas direcciones, curiosas plazas redondas en las que los coches se divierten dando vueltas, un puente enorme que cruza el río y desde e cual se puede ver que lo acompañan otros muchos aguas arriba y abajo como si fuesen una manada de seres fabulosos, un “edificio” muy grande que mama dice que es “la estación de tren” sin aclarar de momento para que puede servir una caja tan grande, y por último, al final de una calle muy larga, otra aunque más pequeña en torno a la que se arremolinan multitud de autobuses como el de Plácido, como si fuesen crías a las que está amamantando. Esta parece ser “la estación de autobuses”.

Situándose en el único sitio vacante bajo del edificio el autobús exhausto tras el  largo esfuerzo se detiene, Plácido abre las puertas y Alba, mama y papa junto al resto de viajeros abandonan el vehículo despidiéndose hasta la vuelta.

El ambiente fuera es de una gran algarabía, multitud de personas esperando, en movimiento, sonidos que anuncian llegadas y partidas, abrazos en los encuentros lágrimas en las despedidas y todo ello entre ese bosque de troncos grises sin ramas que se elevan sujetando un cielo oscuro plagado de luces artificiales.

Alba se dirige con sus padres hacia un nuevo transporte más grande y nuevo que el de Plácido y se ponen al final de una pequeña cola para acceder a el.

La gente se acomoda poco a poco en los asientos, Alba ocupa el suyo próximo a la ventanilla mientras mama lo hace a su lado, y papa en el de atrás.

Abandonan la ciudad entre un torrente de tráfico incesante que se apretuja para entrar o salir, lo que obliga a circular como hormiguitas unas detrás de otras a paso muy lento. A una cierta distancia las poblaciones se van haciendo cada vez menos frecuentes y el monte va cobrando protagonismo, grandes extensiones sin apenas vegetación ni arbolado, inmensos páramos donde parece no querer asentarse vida alguna, es un lugar desolado y triste al que alguien parece haberse olvidado de insuflarle alguna virtud que lo haga apetecible para instalarse. Inmensos montes de cumbres redondeadas se suceden separados por hondonadas no menos impresionantes, solo la carretera parece querer atestiguar únicamente el interés de las personas por transitar rápidamente por tal paraje. Alba en este momento, ante tales imágenes y debido al cansancio de haber madrugado entrecierra sus ojos imaginando lugares lejanos más alegres.

Mas adelante el terreno comienza a descender y poco a poco resurge de nuevo la vida y los asentamientos humanos  se van intercalando entre las tierras de labor y las zonas de bosque en este caso de especies extrañas, altas y muy numerosas mama dice algo acerca de eucalipto, quizá sea el nombre de esa rara especie que poco o nada tienen que ver con los robledales y las zonas de castaños que por la mañana dejaron atrás y que aquí parecen no haber existido nunca. Alba observa este extraño bosque  con apatía, sin ganas de querer jugar o de sentarse a escuchar relatos bajo sus copas.

Las poblaciones van aumentando de tamaño al tiempo que disminuye el espacio que las separa, hasta que al final parecen haberse unido formando una nueva ciudad. El autobús la rodea por su parte exterior y continua camino por zonas muy llanas con multitud de casas dispersas.

Alba intuye que el destino al que se dirigen esta cerca, pero no se atreve a preguntar, no quiere que se desvanezca esa ilusión tan grande que tiene y que ha ido tejiendo en los días previos.

Nuevamente el entorno cambia, cada vez hay mas paisajes abiertos los bosques desaparecen y de nuevo aparecen los viñedos, estos en parcelas con poca pendiente y muy extensos, y allí al fondo se vislumbra algo nuevo que no se veía hasta el momento,  brillante y extenso, pero aún no totalmente nítido por la distancia.

¿Será por fin eso el mar?- se pregunta Alba, mientras aprieta involuntariamente la mano de mama con la suya.

El autobús se acerca a la costa un poco antes tras de unas dunas hay una zona de estacionamiento donde se detiene y permite que sus viajeros desciendan.

Alba está tremendamente emocionada, papa y mama sonríen mientras la toman da la mano y caminan juntos hasta el borde de la duna.

¡Vaya!, así que esto es. ¡Cuanta agua!

Alba camina sobre la arena con dificultad, es una superficie inestable en la que se tienden a enterrar sus pies y a la que no está acostumbrada. Junto con mama se dirige a unas pequeñas construcciones de madera que hay en la playa a ponerse su bañador.


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