Como dos náufragos (parte 2 ý última)

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           Desabrazados los amantes, de espaldas sobre el tálamo quedaron tendidos dos cadáveres silenciosos, dos ilusos que por un momento creyeron haber escapado de la oscuridad pero que en realidad nunca habían dejado de estar engullidos dentro de sus crueles fauces. Pero ¿y esa luz? ¿Qué fue entonces esa luz? ¿No fue, como había supuesto, la que anunciaba nuestra definitiva liberación?... No, nada de eso; tan sólo una mera entelequia. Quizá a lo sumo el fugaz reflejo de la esperanza, mas una esperanza lejana, muy lejana, esperanza cuya claridad asomó por un momento a través de un agujero abierto en la celda, como cuando se extrae el corcho que ciega una botella, pero que no tardó sin embargo en ser de nuevo taponado. Nuestra aventura concluía así en el fracaso. No había pasado de ser en el fondo más que el dubitativo intento de dos prisioneros desesperados, dos rehenes que apenas comenzada su fuga se detuvieran en seco y, arrepentidos de su audacia, retrocediesen otra vez al punto de partida, a su oscura mazmorra, aterrorizados tras comprender que de su prisión no había escapatoria posible.

           Destrozado ante esta certeza, rompí a llorar. Primero en silencio, tenues lágrimas que resbalaban por las mejillas con la quietud de un plácido reguero; luego el llanto se fue haciendo cada vez más tumultuoso y desgarrado, como esas aguas que se aproximan a la cascada donde con estrépito han de desbordarse, y así mis ojos se convirtieron también en cascada y mis lágrimas en aguas quebradas, irreprimibles, vehementes, frenéticas, heraldos de una pena inconsolable.

           En un momento dado, confundido entre los clamores que componía mi llanto, creí escuchar otro rumor, emitido en una frecuencia mucho más tenue y apagada que la que conformaban estos amargos lamentos míos, una especie de silbido intermitente que, aun vaporoso y amortiguado, se colaba dentro de mis tímpanos como una culebra zigzagueante. Volví entonces el rostro hacia mi compañera, única fuente de la que podía provenir aquel sonido, y escruté sus facciones, apenas visibles en la penumbra de la pieza. Pude pese a todo contemplar un semblante opaco, huero de vida, un rostro de cuyos ojos, abiertos e inexpresivos, brotaban asimismo lágrimas, lágrimas oscuras, lágrimas sin alma, lágrimas muertas aun antes de nacer de aquellas dos cavidades vacías. Sí, ella también lloraba. Como yo. Dos seres éramos sobrecogidos por el dolor y abatidos por la desesperanza.

           Secos nuestros ojos, las lágrimas dejaron de brotar de ellos y otra vez más el silencio ocupó el trono del que por breve tiempo fuera relegado, un silencio pesado y opresivo, nada que ver con aquel otro que portador fuera de armonía y paz; este era un silencio angustioso, propio del desolado paisaje que se cernía en torno nuestro, tan extenso como yermo, como si todo signo de vida hubiese sido barrido por un huracán de magnitud cósmica que, luego de su exterminador paso, sólo ofreciera hojas muertas volando en remolino a los albures de un viento henchido de miasmas.

           Y en medio de esta nada infinita y baldía, perdidos tanto en el espacio como en el tiempo, sin ningún rumbo determinado que seguir, continuábamos nosotros, los dos náufragos de siempre, dos náufragos que acababan de perder su por el momento última tabla de salvación. 


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