El deseo es una bestia extraña...

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...A veces le basta alimentarse de las noches y las mañanas y las tardes de lujuria con el ser amado, con quien disfrutamos el café al despertar y el abrazo de toda la noche y pasear de la mano por calles cotidianas o nuevas, con quien cada gesto es erótico y cada sonrisa una invitación.

Pero en ocasiones, el blanco es tan impredecible como la ocasión, y el caminar de una hermosa desconocida que sale del gimnasio despierta las ganas de acariciar esas caderas cubiertas pero no ocultas por la lycra que imaginamos quitar lentamente, descubriendo exquisitos tesoros de piel anhelante. O las gotas de sudor en los músculos del torso desnudo y delgado del muchacho moreno que descarga cajas de un camión desata la imagen de dedos y lengua recorriendo esos pectorales y descendiendo hacia el placer que se esconde tras el botón del jean tan apretado que parece a punto de reventar. Y a veces no queda más que tragar saliva y seguir adelante, pero en otras ocasiones deliciosas el objeto del deseo no sólo provoca; sonríe, propicia, seduce.

Había poca gente para ser viernes en la noche. Las luces del bar eran bajas y la música suave. Afuera llovía a torrentes.

Era alta; la piel había sido besada por el sol hacía poco y el cabello teñido en una agradable gradación de azul a verde caía en ondas sobre la espalda que la liviana blusa de seda anudada al cuello dejaba descubierta. Tejido elástico contorneaba las piernas que descendían eternamente desde caderas delgadas e invitadoras. Me senté cerca, en la barra, y me miró sonriendo. Devolví la sonrisa y me acerqué más, y charlamos entre cervezas.

Me dijo que le gustaban mis ojos y yo le respondí para hablarle de su cabello. Ella halagó mi voz y me fijé en su rostro, hermoso y angular; le hice algún comentario gracioso y al reír apoyó la mano en mi muslo, y se demoró en retirarla. Le serví otra cerveza y rocé su mano de dedos largos al entregarle el vaso. Dijo que necesitaba ir al baño y le tendí la mano para ayudarla a incorporarse, y sus dedos se deslizaron despacio entre los míos al irse.

Al regresar no se sentó, sino que se quedó de pie muy cerca de mí, y apoyé mi mano en su espalda y la acaricié despacio mientras la veía reír y apoyar su mano en mi hombro. Sentí sus dedos recorrer mi cuello, la acerqué abarcando su cintura y nos besamos.

Su apartamento era pequeño, organizado y sobrio. Había cajas a medio llenar por todas partes. Tenía algunos afiches de películas en la habitación y el ventanal de pared completa era decoración suficiente para la salita iluminada por las luces de la ciudad distorsionadas por la lluvia. Un sofá y dos sillones negros, abullonados, muy cómodos. Nos sentamos muy cerca con copas de vino en la mano y charlamos entre beso y beso, hasta cuando la acerqué para abrazarla y la charla fue sólo de besos. Los senos eran muy pequeños y los pezones diminutos pero sensibles bajo mi mano, agudos bajo la seda de la etérea blusa.

Apartó mi mano cuando busqué la entrepierna pero me siguió besando, y en cambio acarició la mía con dedos lánguidos que sabían lo que buscaban. Entre besos desató mi cinturón y el botón del pantalón y me agarró el pene caliente que latía. Acaricié bajo la seda un pecho suave y casi plano, arañé con suavidad la espalda , deshice el nudo que sostenía la blusa y besé sus pezones. Gimió y sonrió pero volvió a apartar mi mano cuando la deslicé por su muslo hacia el pubis.

Quiso distraerme haciéndome sexo oral pero aproveché que tenía ambas manos ocupadas para volver a aventurar la mía hacia la lycra y me miró con un poco de aprensión. Respondí con una sonrisa y la guié para que se incorporara. Sus caderas y sus muslos quedaron frente a mi rostro, enfundados en lycra negra y brillante. Le besé el ombligo agarrándole las nalgas redondas y duras y bajé despacio las calzas y la diminuta tanga apretada y, para que no tuviera más dudas, me tragué entero el pene erecto y goteante, enrojecido por haber estado tan apretado. Le hice felación mientras le agarraba las nalgas bronceadas y le acariciaba los testículos. La miré a la cara y ví su placer en cada rictus y lo escuché en cada jadeo. Me recosté en el sofá y la atraje para besarla y le dije lo hermosa que era y cómo me gustaba su voz aterciopelada y su pecho plano y cómo disfrutaba chuparle la verga.

Hicimos el amor varias veces esa noche. Besé entero su hermoso y delgado cuerpo y disfruté cada detalle de su anatomía exquisita. Cuando entendió mi desdén por las etiquetas y mi profundo interés por el placer sin hipocresías desató su propio deseo y fue una amante como no tuve ninguna antes. Gocé cada instante de su sonrisa picarona mientras frotábamos los penes y atesoré masturbarla mientras recorría mi glande con su lengua. La turbé un poco cuando la invité a penetrarme, y tener adentro su verga pequeña y dura me brindó un placer diferente, sobre todo cuando sentí su cálida descarga con fuerza en medio de gritos incontrolables.

No la volví a ver pero de vez en cuando nos escribimos recordando esa noche lluviosa, con el frío atenazando la ciudad y nosotros batallándolo con la pasión de un sexo inolvidable para los dos.


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