Confidencia

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Dos niñas contemplan el mar en la cala, una de rosa y la otra de azul. Sentaditas en un banco ven dos barcas pasar.

—Bueno, Clara, ¿qué querías contarme con tanto misterio?

Clara estaba a punto de contarle a su hermana algo que había silenciado hasta entonces.  Ana ya era mayor y se le podían hacer ciertas confidencias.

—Verás, Ana:

Hace dieciséis años, estaban un grupo de obreros construyendo un puente sobre la ría cuando sobrevino el accidente. A tres, les alcanzaron de lleno los cascotes. Uno pereció en el acto y a los otros los llevaron al hospital de la ciudad más próxima. En las carreteras de entonces no se veían coches, como se puede contemplar alguno hoy en día. Tuvieron que ser trasladados en carreta.

Entraron ambos en el hospital inconscientes. Uno con el cuerpo destrozado, el otro con heridas menos graves. El compañero que los había traído dejó las señas de uno solo y se marchó.

El hospital escribió una carta a la dirección facilitada. No se trataba de un pueblo lejano, pero el correo no funcionaba como ahora. A la semana, se presentó una mujer con angustia que, de inmediato, preguntó por los accidentados. Uno, el de menos gravedad, había dejado ya el centro hospitalario. Le llevaron hasta la cama donde un cuerpo lleno de vendas se debatía entre la vida y la muerte. Era imposible reconocer en aquella rota anatomía a su querido esposo. El rosario que apretaba en su mano derecha hizo que despejara toda duda. Ella misma se lo había obsequiado una semana antes de que se comenzara la obra del puente.

A los pocos días de su llegada, recibió una carta que le entregó el director del hospital. La leyó nerviosa. Al acabar, sonrió estrechándola contra su pecho.

 Pasaba las horas junto al herido apretando su mano, rezando y contándole historias que se inventaba. No le servían de gran cosa, porque permanecía la mayor parte del tiempo fuertemente sedado dada la gravedad de sus heridas. Alguna vez, ella sentía una débil presión en su mano en respuesta de alguna palabra de cariño.

Cuando le hacían las curas, las enfermeras obligaban a la mujer a que abandonara el pabellón a fin de evitarle la penosa visión de aquél cuerpo tan lastimado.

En uno de esos momentos, conoció a Vicenta. Acababa de dar a luz. Se encontraba muy mal tras el parto. Los médicos presagiaban un fatal desenlace. Vicenta le hizo prometer que se encargaría de la criatura.

Ambos pacientes murieron con pocas horas de diferencia.

La mujer volvió a su pueblo no sin antes recoger el rosario y la hija de Vicenta. Estaba deseando llegar a casa desde el mismo momento en que recibió la carta.

Llegó a su hogar donde la esperaba su marido. Se abrazaron, lloraron y  rieron.

Había permanecido junto a la cama de aquel pobre desgraciado hasta su muerte aún sabiendo que no se trataba de su marido.

Él le contó cómo había mostrado  a su compañero el rosario instantes antes de la tragedia. Ella le enseñó a la niña.

El matrimonio hizo de la niña una hija suya. A los pocos años, otra niña vino al mundo fruto del amor de los esposos. La felicidad era completa en ese hogar.

Esa segunda niña eres tú, Ana.


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