The Sniffer

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(primera entrega. Escuchar: Real love- Massari)

Lleva sus gafas de sol puestas. Una hora de retraso y el corazón perdido. Un corazón que, no sabe exactamente, dónde va ni cómo. Perdido, buscando sus latidos robados.

Cuando se sienta en su asiento, hoy ventana, decide ignorar al resto del pasaje accediendo al avión. Sólo desea cerrar los ojos y grabar cada instante, cada momento, cada palabra, cada mirada, cada entrega, cada trago de vino, cada caricia, cada aliento, cada suspiro y cada orgasmo. Todo. Quiere retenerlo todo en su ser, en su maldita memoria y en cada poro de su piel.

Cierra sus ojos sedientos. Intenta evocar los mejores momentos. Son muchos. Empiezan a aparecer como flashes. Se relaja y respira profusamente.

El primer en salir es cuando le ve aparecer en su coche para recogerla a su llegada. Le remueve mucho ese primer flechazo. E irremediablemente, lo quita de su mente, quiere centrarse en otro. 

Desea recordar que, tras una cena relajada y exquisita, acompañados de buena música, buen vino y conversación, bailan. Cada uno, a su manera, y con la tensión sexual en común. Ella percibe el nerviosismo de su compañero. Su tímida sonrisa hace que provoque en ella una sensación de control y deseo. Maliciosa, y tras dejar de provocar intencionadamente, se pone a tiro. Se aproxima lentamente. Él sentado, la observa. Bárbara coge su copa de vino sobre la mesa, dejando dos escasos centímetros entre sus piernas y unas manos deseosas de tocarla. Sus dedos hacen el amago de estirarse y rozarla. Ella se percata. Se inclina cobre su cara, le mira fijamente, sonríe. 

Se besan tímidamente al principio. Pero cuando sus labios se reconocen...¡la explosión es brutal! Los astros, el cosmos y el mismo universo se conjuran para que la química sea pura, salvaje, apasionada, igual de intensa y cómplice.

Sus manos se enredan entre sí. Sus bocas se buscan incesantemente. Las respiraciones se disparan. Los corazones se desbocan. Los cuerpos se buscan. Se desean.

Aún perdidos en el aceleramiento, él tiene la delicadeza de acariciar su pelo, de besar su cuello, recorre con su lengua el camino hacia su oreja. La muerde. Chupa. Suelta alguna palabra que, caliente, atraviesa su cerebro y recorre todo su cuerpo, acelerado.

Empiezan a quitarse la ropa mutuamente. Entre beso y beso, las camisetas fuera. Entre mano y mano apretando piel, el sujetador. Entre lengua y lengua, todo lo demás. Todo cae al suelo.

Los dos desnudos se miran. Observan la maravilla que tienen frente a sus ojos. Se tumban. Y, como si un imaginario redoble de tambor sonara, ella se tumba encima de él.

Ese momento, ese preciso momento, en el que todos sabemos que empieza un momento crucial, llega. Llega y, como si fuera aliñado de seda, agua fresca y olor a chimenea, él entra deslizándose lentamente por la cueva de su amada. Rozando su estrecho camino al Edén. Edén de su perdición. De sus deseos. De su lujuria. De sus sueños.

Bárbara besa sus labios carnosos. Le gustan. Son suaves. Se pierde en ellos.

Sus manos acarician la cabeza de su entregado amante, mientras empuja su pubis hacia abajo para que todo su miembro entre. Su cadera se mueve libremente. Despacio. Le encanta ese primer embiste. Firme. Fuerte. Seguro. A medida que se besan, es inevitable que sus respiraciones se aceleren y suelten sus primeros gemidos de placer. Profundos. Tan profundos como el placer proporcionado. Las penetraciones se suceden al ritmo perfecto de Bárbara. Ella no puede evitar cerrar los ojos y dejarse perder en ese mar de sensaciones. Es taaaannnnnn delicioso. 

Inevitablemente, se pierden el uno en el otro. Se convierten en uno y así, suceden los movimientos que les llevará al primer orgasmo de Bárbara.

Intenso. Rompedor. Sacudiendo todos sus sentidos. 

Él observa la cara de placer de Bárbara. Y como si la conociera de otras muchas vidas pasadas, sabe llevarla a la perfección. Cambia de ritmo, sigue siendo lento, intenso y profundo. Todo su miembro dentro. Roza cada centímetro de esa cueva, ahora bañada en flujo orgásmico. Nota cómo se va abriendo a su paso. A cada embestida. Su deseo se va desatando a cada segundo. Sujeta su cadera y hace que baile sobre él a placer. Marca sus círculos. Marca su ritmo tan perfecto. Los gemidos de Bárbara aceleran aún más sus palpitaciones sexuales, sus ganas...

Coge a pulso la cadera. La eleva hasta dejar su punta dentro. Besa la boca vecina. Sujeta la cabeza con sus grandes manos. Observa. Intuye. Espera. Suelta un gemido y, tras unos segundos, mete su polla hasta el fondo. Los gemidos salen por sus bocas, faltas de aire, por el placer. Esa operación la repite varias veces, hasta que nota que lo único que desea en ese instante, es matarla de placer. En su última bajada de cadera, la deja pegada a él. Sube un poco sus piernas. Ella recogida en su pecho y enganchada, siente todo su grosor dentro de ella. Aceleran el ritmo de sus movimientos pero lo mejor de todo es que, lo hacen sin separarse ni un milímetro. Son dos cuerpos totalmente unidos, idos en lujuria. Cosidos con hilos de autenticidad, complicidad, el mejor sexo y susurros de placer.

Bárbara nota como él se pierde en ella, en su sexo, que parece que le engulle hacia dentro. La conexión es tan brutal que ella no para de preguntarse de dónde ha salido semejante amante. Hace que desee que la penetre de por vida. Quedarse así el resto de sus días. Nota como él está deseándola hasta su máximo. DESEO absoluto y puro es lo que les lleva a abandonarse los dos. Él no puede evitar apretar sus dedos en la tierna carne, deseándola más y más. Quisiera tenerla dentro de su ser para que sienta todo lo que está sintiendo él mismo. Se pega a ella, ella a él, hasta que los dos se corren al mismo tiempo, de la misma manera intensa y cómplice.


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