EL CAMPESINO EXISTE

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Estamos en un delicado periodo de conflicto social agrario en mi país.

Pues desde hace muchos años los trabajadores agrarios viven en una endémica penuria económica con los productos del campo, porque quienes hacen un verdadero negocio con los mismos son los intermediarios en función de las leyes del Mercado con la oferta y la demanda en perjuicio del agricultor. Por eso no es extraño que cuando en una época de mi vida se me ocurrió la idea de dedicarme a gestionar una finca familiar de árboles frutales en Lérida - una provincia de Cataluña- alguien me aconsejó que me decantara hacia la distribución de estos productos si quería ganarme la vida holgadamente. Debido a ello el campesino sufre un desfase económico ya que ve que se le elevan los gastos mientras que recibe escasos beneficios por sus cultivos.

A esta crisis agraria se suma la importación de otros productos de otros lugares como Marruecos que son más baratos que los nacionales, y por tanto los agricultores de mi país no pueden competir con ellos. Y además si la Comunidad Europea decide recortar las ayudas económicas en el campo, será llover sobre lo mojado. La situación puede ser peor.

De manera que muchos de estos agricultores se ven obligados a vender su hacienda y buscarse otro trabajo para poder vivir.

Debido a esta caótica situación es absolutamente comprensible y lógico el enfado y las protestas de dichos campesinos ante la Administración Pública quienes se manifiestan con sus pancartas y tractores en las calles de la capital de España.

Lo que a mi me llamó la atención fue que cuando le comenté este grave problema a un economista que conozco muy de cerca éste se hizo el desentendido con una una inaudita actitud prepotente que me dejó atónito. Era como si este asunto no le importara nada, y la gente rural fuese habitante de otro planeta; o un colectivo social de tercera clase. Incluso parecía que el hecho de que yo le mencionara este asunto le molestara en grado sumo. ¿Es que acaso este economista sólo valora a las altas finanzas? ¿A los banqueros y a los beneficios de las multinacionales que son quienes brillan en la gran urbe? Luego, con toda seguridad este sujeto de altos vuelos cuando esté en una reunión de ejecutivos de alguna empresa para quedar bien ante ellos; para hacerse el hombre sencillo asumirá el papel de persona  solidaria con el colectivo rural, cuando en realidad él está viviendo dentro de una autocomplaciente urna de cristal. "Si yo tengo dinero de sobra ¿qué me importan las necesidades de los demás?" - se dice a sí mismo egoístamente este economista.

A mi esta postura tan indiferente y altanera de la gente como el economista respecto al mundo rural me recuerda mucho a los tipos de los pueblos de la península Ibérica de los años 40 del siglo pasado los cuales al ingresar en en cuerpo de la Guardia Civil se creían que eran la suprema autoridad y trataban con desprecio a sus vecinos de la localidad que trabajaban en el campo de sol a sol.

Pero sabido es que la cultura urbana es una consecuencia directa de la cultura rural. Son dos aspectos de la misma naturaleza humana que están vinculados entre sí en el tiempo y el espacio. Hablando en plata la subsistencia del tan sofisticado como complejo hombre de ciudad depende de la alimentación agraria.

Sin embargo hay que admitir que hasta ahora el hombre de ciudad y el hombre rural han sido y tal vez lo sigan siendo, muy diferentes entre sí. Es una bobada querer equipararlos el uno con el otro como si fuesen dos gotas de agua similares porque ambos han recibido una educación diferente que está en relación con el medio ambiente y el paisaje en el que han crecido.

Tampoco es cuestión de idealizar al hombre rural como hizo el filósofo romántico Jean Jaques Roseau con su libro  EL BUEN SALVAJE que dice que el hombre rural es más noble y más auténtico que el de la ciudad. Y aunque en la actualidad el campesino utiliza la tecnología punta, y en cierto modo se ha modernizado, todavía tiene en su ánimo ciertos rústicos hábitos de siempre.

El sujeto agrario que puede ser tan honesto como mezquino al igual que el hombre de ciudad, es una persona con unas costumbres que oscilan entre las viejas tradiciones de connotaciones religiosas y un sentido muy práctico de la vida que por supuesto está en relación con su subsistencia. Y esto se acentúa más en la gente del campo de muchos pueblos del interior de la península que en las localidades del litoral catalán. El hombre rural ha solido ser un tipo de pocas palabras; sin retórica alguna y bastante austero; a veces ha sido también muy taimado, tozudo y cómo no desconfiado, ya que  ha tenido durante mucho tiempo la percepción de que el listo hombre de ciudad al considerarlo un ser poco sutil lo ha querido engañar.

En mi ciudad, como en cualquier otra parte han habido grandes migraciones de gente que venían de los pueblos rurales de todo el país a ganarse la vida en las diferentes industrias. Y una gran mayoría de estas familias a pesar de estar viviendo durante muchos años en la gran urbe y no querer volver a su lugar de orígen, se diría que están en tierra de nadie porque no están físicamente allí pero tampoco se han adaptado del todo aquí, y por lo que he podido ver siempre están evocando su infancia, su vida en el pueblo que dejaron atrás. Quienes sí que ya son personas de ciudad son sus descendientes los cuales se sienten incómodos cuando van a la aldea de sus progenitores.

Mas admitiendo que no todos somos iguales, es conveniente por mucho que nos cueste a los hombres de ciudad, que tomemos en consideración al campesino, porque si nos dejamos influir por la distanciadora actitud del economista que conozco será una forma indirecta de echarnos piedras a nuestro propio tejado.

 


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