Pausa

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Cierro la puerta detrás de mí. El apartamento parece estar vacío, pero la luz al fondo del pasillo delata su presencia. Apoyándome en la pared me descalzo, dejando atrás los tacones. El frio del suelo alivia mis pies doloridos mientras recorro la distancia hasta el despacho. Y ahí está. Él. Sentado entre un caos de papeles, con la luz del ordenador iluminándole el rostro. Sé que ha notado mi presencia, pero no lo demuestra. Sigue tecleando y de vez en cuando suspira frustrado al mirar algún papel.

Camino, sin hacer ruido, hasta situarme detrás de él. Rodeado con mis brazos sus hombros anchos y acaricio su rostro con las yemas de mis dedos.

-¿No me vas a saludar?-Murmuro contra su oído. El sonido de las teclas para.

-Estoy ocupado. Tengo mucho trabajo hoy.-Dice mientras deshace mi abrazo y vuelve a trabajar.

Suspiro y voy hasta el sillón del despacho, donde me dejo caer antes de encender un cigarrillo. Pronto, el sonido de las teclas y yo exhalando el humo es lo único que se escucha. Dejo pasar el tiempo, observando como el sol se esconde tras los rascacielos. Camino hasta el ventanal y observo el espectáculo de luces nocturno y silencioso que la ciudad ofrece a esa hora. Poco a poco, empiezo a desabrocharme la camisa, que cae al suelo, junto a mis pies. Libero mi cabello de la coleta y paso los dedos por el pelo, observando mi reflejo en el cristal del ventanal. Repentinamente, me pregunto si me sujetador blanco hace juego con las bragas, pero antes de poder responderme a mí misma, notos sus manos rodeándome la cintura, aún con la falda puesta. Sus manos suben hasta mis hombros y luego bajan, y siguen bajando hasta el bajo de la falda, la cual sube hasta la mitad de mis muslos. Cierro los ojos y me recuesto contra su pecho. Sus dedos deambulan por las tiras del ligero y tantean el interior de mis muslos. Suspiro. Aparta mi cabello hacia un lado y besa mi cuello, haciendo que estalle en llamas. Una mano me acaricia los pechos mientras la otra sigue subiendo entre mis muslos hasta llegar a mi centro. Apartando mi ropa interior a un lado, dedos hábiles se ponen a trabajar, haciendo círculos en mi clítoris y de vez en cuando acariciando la humedad entre mis labios.

Entre jadeos llevo una mano hacia mi espalda y acaricio su pene sobre la tela de sus pantalones. Duro. Caliente. Listo para mí.

Sin esperarlo, me mete un dedo. Jadeó fuertemente y me muerdo los labios. El dedo se mueve suavemente, y pronto un segundo se une. Me penetran a un ritmo creciente hasta que empiezo a gemir con fuerza.

De repente, saca los dedos y gimo en protesta. Tan cerca. Noto mi propia humedad bajando entre mis muslos. Mi ropa interior es bajada hasta mis tobillos, y obedientemente levanto ligeramente un pie para dejarla ir totalmente. Sin embargo, no se molesta en quitarme la falda. Ni el sujetador. Oigo el sonido de su cremallera y pronto su miembro se aprieta contra mi nalga.

Abro los ojos. La ciudad parece brillar aún más intensamente mientras observo nuestros reflejos en el cristal. Nuestras miradas se encuentran en el momento en el que me penetra desde detrás. Gimo con fuerza y alzo mis brazos hasta rodear su cuello. Aprieto las piernas para sentir sus estocadas más intensamente. Y tras tres empujes me vengo. Tiemblo contra su pecho y mis rodillas ceden, pero me sujeta contra él mientras continúa moviéndose dentro de mí, golpeando cada vez ese delicioso punto. Como siempre. El ritmo comienza a acelerarse. Uno de sus brazos me rodea mientras la otra mano se dedica a hacerme perder la cabeza masajeando mi clítoris, forzándome continuamente a venir, sin un segundo para recuperarme. Grito y me encojo hacia delante, inconscientemente intentando escapar de su deliciosa tortura. Pero no me lo permite. Me empuja contra el frio cristal y me penetra con fuerza, hasta el fondo. Jadeo sin aliento contra la ventana. El frio del cristal contra mis pezones hace que estremezca por el cúmulo de sensaciones.

Tira de mi pelo hacia atrás y me obliga a mirarlo. Casi me puedo ver reflejada en sus ojos oscuros. Me vengo de nuevo, con aún más fuerza, gritando, arañando el cristal el busca de agarre. Sus embestidas aumentan aún más de potencia, de velocidad. Su respiración se vuelve irregular y sé que está a punto. Recobro la compostura y me centro en apretar y aflojar los músculos internos de mi vagina. Él jadea y aprieta el agarre de uno de mis pechos. Trabajo los músculos hasta que noto su cuerpo temblar ligeramente. Aprieto con fuerza y me vengo de nuevo. Él, esta vez, se viene también. Jadeamos, sin alientos, sudando y satisfechos contra el cristal. Noto sus labios en mi cuello. Me besa, con ternura, antes de salir de mi y volver al trabajo.

 


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