Despedida

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Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
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Esta historia se detiene aquí, a una velocidad que va disminuyendo desde los ochenta kilómetros por hora hasta parar totalmente.

Hay una lluvia despiadada desde las tres de la tarde, y son casi las cinco. El calor de los cuerpos ha empañado los cristales del auto, volviendo todo lo que pasa afuera un ente amorfo y ensombrecido. La respiración agitada por tanta adrenalina ha mutado en gotas que deslizan por las ventanillas en sentido contrario a la gravedad. Entiendes entonces que el auto está llantas arriba.

Un beep indoloro y elástico se apodera del ambiente.

Al final de la confusión está él, en una posición ortodoxa, riéndose con el cinturón de seguridad apretándole el pecho y hablando con palabras de sonido incierto.

Le indicas con señas que no escuchas, él continúa riéndose y con un movimiento dificultoso del brazo alcanza tu cara, cierra su mano y con el pulgar estirado te toca el cartílago de la oreja derecha, te enseña la sangre que brota de tu oído.

No te preocupa tu propia sangre, si no el ritmo ligeramente convulso de su pecho contra el cinturón. Recuerdas que tenía el mismo paso acelerado anoche, pero las circunstancias eran distintas…

- Estuvieron divirtiéndose en el casino, después se instalaron en la habitación número 8 que el señor Turner construyó en la base de la tranquilidad.

Ahora estaban solos. Caminaste delante suyo, enfundada en el vestido negro con brillo de almíbar, segura de tu figura traviesa y el peinado despreocupado de lavandería. Escuchando el toc, toc de tus zapatillas improbables. La seguridad te infundía el espíritu del felino acechante.

Adelantabas una pierna sobre la otra con un vaivén descarado, cadencioso, pareciera que intentabas ponerte el pie a ti misma para tropezar con algún pretexto y marcharte. Cómo siempre. Pero continuaste.

Y giraste… fugaz, radiante, decidida. Retiraste con una mano tus ridículas gafas oscuras y lo miraste en el tono nítido de la bombilla. Desamparado. Desenfundaste y simulaste disparar con la pistola laser –esperaste su reacción-, soplaste a la boquilla. Sabes que desde la primera vez se bebió entero tu potaje de hechicera galáctica.

Tú también te bebiste el suyo. No aceptarlo en esta circunstancia sería capricho.

Y sucedió que él se aventuró al microcosmos debajo de tu falda. Todo lo demás es muy largo para recapitularlo en estos diez segundos eternos e instantáneos al mismo tiempo. Solo sabes que fue real. Cruzaron el espacio desviando los meteoritos amenazantes, juntos uno solo.

Él tiene por quién luchar –piensas-, la única persona por la que renunciaría a ti. La niña –dices- tienes que encontrar a tu niña. Vete.

Se quita el cinturón y con trabajos su cuerpo cae al techo del auto, baja el cristal y sale a gatas.

Sabías que pasaría. Lo sabías cuando lo encontraste en ese refugio clandestino de la resistencia. Él intenta decir algo… no quieres hablarlo, porque últimamente has sido su fuerza y no dejarás que un rastrito de debilidad delate que vas a extrañarlo terriblemente. Pero también sabes que él lo sabe mientras avanza sin girar la cara.

Y no se detendrá,  para evitar la incriminación contigo en cuanto lleguen los agentes de la policía mental y te encuentren para cobrar el precio de tu cabeza, precio que te asignó el gobierno mundial cuando desmadraste la seguridad de su banco y llenaste la cuenta de miles con millones. Esa eres tú, y ahora solo Dios sabe si seguirás siendo para mañana.

Y antes de dejar de pensar en esto observarás el reflejo intermitente de las luces azules y rojas sobre el pavimento encharcado. Sentirás en los huesos la humedad que ha empezado a escurrir por los orificios en la parte del auto que debería estar hacia abajo-cómo deben estar todos los autos-, dices en voz alta. Y finalmente escucharás - libre ya de aquel punzante beep –, los pasos de al menos tres personas descendiendo para arrestarte.

Comprendes que ahora duele, comprendes que se acabó, que el apocalipsis continuará sin ti, pero también que conociste el amor y que este se fue dejándote una sonrisa en la cara.


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