Brasileña y tacones #FS

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Las ocho de la tarde. Todo lo que había planeado para hoy está hecho. Solo queda cenar y acostarse y mañana habrá pasado otro día de cuarentena...

Antes de la cena me queda un tiempo libre, pero dudo entre guardar los zapatos de invierno o hacerte un pase de brasileñas. Me decido por el calzado.

Encuentro en el fondo del zapatero unos botines de tacón alto y me los pongo. Es por esto que me cuesta tanto ordenar, me entretengo con cualquier cosa. Los botines no son muy cómodos, sus doce centímetros de fino tacón hacen que ponga a prueba mi equilibrio constantemente, pero aún así, me gustan. El tacón eleva el pompis. Voy a mirarme al espejo y pienso en las brasileñas, ahí, en el primer cajón de la mesita de noche. Otro desvarío. Me pregunto cuál le quedará mejor a los botines. Con una sonrisa de chica mala elijo una que compré hace poco pensando en estrenarla cualquier día de estos. Aún no me la has visto puesta. 

Me desprendo del pijama que ahora uso a modo de chándal. Lo sustituyo por la minúscula lencería. Vaya, —me digo, al mirarme en el espejo —pues sí que queda sexy el conjunto... sin darme cuenta estoy acariciándome frente a mi reflejo y se me ocurre...

Salgo del dormitorio y, taconeando sobre la tarima, aparezco de esa guisa frente al sofá, donde parece que vives últimamente. Sólo estoy de paso. De espaldas a ti, me doblo por la cintura frente a un armario bajo del mueble del salón para recoger una bolsita negra. La vista que te ofrezco no te permite fijarte más en el televisor. Estoy segura de lo que ha atrapado tu mirada.

Me doy la vuelta, con la bolsita que tú ya sabes qué contiene, te echo una sonrisa de las que te desmontan y desandando el camino, vuelvo al cuarto.

No falla. En once segundos contados apareces, con una gran sonrisa y una gran erección en tu pijama.

—¿Qué llevas en los bolsillos, amor? —digo sonriendo también.

—Mmm... nada.

—Y ¿ese bulto?, —insisto.

—¿Vas a salir? —Respondes a mi pregunta con la tuya. Como si la pequeña pieza de encaje fuera un traje completo...

—Sabes que no podemos... —respondo con cara triste.

—¿Llevas en la bolsita lo que pienso? Eeeh... ¿Ibas a...? ¿Sin mi? Podríamos cenar más tarde, no? —Tu cara es un poema, con una mirada resplandeciente. —¿Puedo jugar?

—Claro, polluelo, —te hago un guiño cómplice, —vamos a aprovechar que estamos solos...

 


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