La última cacería

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El frío quemaba su rostro. Sus mejillas estaban llenas de fisuras producto de las bajas temperaturas. Miró a su amigo Peter, que ya no estaba con el; seguramente debía estar ya en un lugar mas cálido, en otro mundo, o en otra dimensión. Pensó en utilizar una de las 3 balas que tenía en su rifle para poder acompañarlo, para descansar de aquel angustioso sufrimiento, pero no tuvo el valor de apretar el gatillo. La vida tenía algo de valor para el, aunque cuando de cazar se trataba perdía toda empatía por ella, no le importaba que tipo de bestia estaba delante de el, el objetivo siempre era el mismo: su cabeza.
John nunca pensó que elegir ese viaje sería uno de los peores errores de su vida. Peter soportó doce días, pero las heridas provocadas en el primer enfrentamiento contra esas despiadadas bestias determinaron lo contrario. Uno de aquellos cazadores fue un cazador cazado. Vaya final para el.
Pero no había tiempo de arrepentimientos, de lamentos. Solo habían dos opciones en el presente de John: intentar sobrevivir o entregarse a la muerte.
El lanzarse por ese barranco junto a Peter solo le dio un par de horas de ventaja, pero sabía que la jauría de lobos hambrientos estaba detrás de sus pasos y el aroma de la sangre que salía de sus heridas, marcaban el camino perfecto para aquellos feroces animales.
La última ves que los tuvo de frente, pudo contabilizar a 6; afortunadamente uno de ellos murió al saltar junto a él en aquel barranco; por suerte una rama perforó su estomago-. Solo quedaban 5 lobos vivos. Era un gran numero pensando en que solo le quedaban 3 proyectiles a su rifle.
Ya entrando la noche todo se complicaba. La temperatura estaba bajando muchísimo, y el temía que los dedos de sus pies pudieran quebrarse por lo congelado que estaban. El hambre y el cansancio se había apoderado de sus pensamientos, casi dejándolo en estado de shock. De repente, a lo lejos, entre montañas y bosques escuchó los aullidos tenebrosos de los lobos, que buscaban venganza por el fallecido de la manada; también buscaban comida. Ya estaban cerca. Los oídos de John estaban tan agudizados que podía oír los latidos de su propio corazón, y los pasos de sus perseguidores. Sintió miedo al imaginar como sería su muerte; eso le causo naucias.
La adrenalina hizo que el cazador vivo despertara de su estado de trance, y volviera a la realidad. Comenzó a correr sin rumbo determinado, solo corría. En 3 ocasiones se lanzó hacia unas quebradas, para aumentar la distancia que lo separaba de esa terrible manada.
El sol comenzaba a mostrar sus primeros rayos de luz, la madrugada ya se hacía notar. Fue lo mejor que le habría pasado. John no era creyente pero al ver lo que estaba frente a sus ojos, pensó que no podía ser otra cosa que ayuda divina. A 10 metros se encontró un un montón de ramas caídas de un árbol, lo que le dio una excelente idea. Se sacó el abrigo térmico que traía y aprovecho que estaba teñido de su sangre. Lo puso sobre un pequeño monte de nieve que el mismo fabricó y se escondió bajo las ramas que estaba puestas como un punto táctico de observación al señuelo que había montado. La distancia era tal, que estaba seguro que no fallaría en sus disparos.
Sus 5 sentidos estaban a full, podía sentir el correr de la sangre por sus venas. Su respiración se ralentizó tanto que pensó que había tenido un paro respiratorio. En cuestión de minutos, aparecieron los lobos, y sin vacilar se abalanzaron sobre la pequeña trampa que tendió.
En eso que los salvajes estaban rompiendo el abrigo, John presionó del gatillo de su rifle, y con un tiro certero atravesó a dos de los lobos, quitándoles la vida de forma instantánea. En una fracción de segundo, el jala la palanca de la recámara de balas de su VSS y vuelve a emitir otro disparo. Con la misma presión de un cirujano cardíaco, se hace de 2 lobos más. La bala había entrado por el tórax de uno, alojándose en la cabeza el otro. Ya cuando tenía al último lobo en la mira, presionó el gatillo. Su arma no emitió el disparo; quizás la bala no se activó por la baja temperatura, o fue una fatiga de material del rifle; en un segundo comenzó a transpirar.
El último lobo ya tenía en la vista a su presa. John no contaba con un arma de larga distancia. Sus manos carecían de sensibilidad, pero se las arregló para sacar el cuchillo de cazador que colgaba de su cadera. De algo estaba seguro, esta sería una pelea a muerte, el lobo tenía garras y dientes; el tenía un cuchillo y sus músculos estaban atrofiados; estaba en desventaja.
La bestia se abalanza hacia el con la velocidad de un rayo y con una garra golpea su cara. Ese golpe desgarró una parte de la mejilla de aquel hombre. Sintió una calidez en el cuello; era la sangre que recorría desde su cara hasta su pecho.
Pasó solo un instante y nuevamente la bestia salta sobre John, está vez tomó parte de su hombro izquierdo; quedó muy mal herido.
Estaban frente a frente, sus miradas estaban puestas una sobre la otra. La diferencia entre ellos era que el lobo estaba totalmente compuesto, en cambio el hombre ya casi no tenía fuerzas para mantenerse de pie, había perdido mucha sangre y eso lo debilitaba a casa segundo. El no podría aguantar otra herida más, de recibirla, tomaría pasajes directo al infierno (es sabido que los que matan sin razón se van allí). La vestia feroz muestra sus colmillos y en un micro segundo cambia de dirección su vista y la posiciona sobre el cuello de John. Este se da cuenta de ese minúsculo movimiento de ojos; esta podría ser la última oportunidad que tuviera para acabar con tan salvaje amenaza. El lobo salta tan alto, que fue capaz de tapar el sol con su cuerpo y cae en picada con un objeto muy claro; el cuello de aquel hombre. El cazador alza su brazo empuñando su cuchillo y con una precisión asesinas logra estocarlo justo en el corazón del lobo, que no hizo más que emitir un aullido ensordecedor y caer desplomado al suelo no sin antes morder parte del cuello de John. Pasaron 20 segundos y la perdira de sangre era imparable; comenzó a sentir frío, y 30 segundos después, este se convirtió en calidez. Sabía que su fin estaba cerca. Recordó a todos los animales que mató antes. Se lo cuestionó, y sintió que la vida le estaba dando de su propio veneno, pues nunca pensó que su presa terminaría siendo su propio asesino.
Miro los ojos casi moribundos se aquel lobo jadeante, cayó de rodillas frente a él mientras su vista se hacía borrosa y comenzaba a ver la luz al final del túnel...


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