¿EXISTEN LAS FUERZAS OCULTAS?

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Una calurosa noche de finales del mes de mayo del año 1993, en la que brillaba una dorada y mágica luna llena, Eduardo Gimenez y su corta familia compuesta por su padre Jaime y su hermana Isabel puesto que la madre había muerto, se dirigieron en coche al lujoso domicilio de los Iborra que se ubicaba en la calle Tuset que durante varios años había sido la emblemática arteria de la ciudad que había generado un halo de cultura vanguardista en la misma y que formaba parte de la zona más señorial de aquel lugar, donde se les había invitado a cenar.

Una vez que hubieron llegado a su destino, y tras los saludos de rigor el dueño del piso llamado Juan, que era un hombre que rondaba los seseinta años de edad; con un bigote recortado a la antigua, y sus allegados como eran su rubia mujer y su tan vivaracha como atractiva hija Leticia, puesto que se trataba de una joven alta, esbelta y con un largo cabello castaño y ojos del mismo color, pero con una mirada incisiva; ya que era la responsable casi absoluta del gran comercio familiar dedicado a la venta de artículos de tejidos, telas y tapicerías así como demás objetos de decoración para el hogar, el anfitrión hizo pasar a sus invitados a una terraza en la que había una mesa en cuyo centro había una bandeja con las viandas como canapés de varios sabores, croquetas etc, y las bebidas.

Desde aquella terraza se divisaba la magnífica panorámica de la ciudad, y a lo lejos el ancho mar.

Como es habitual la cena empezó en medio de conversaciones intrascendentes, y de una evocación nostálgica de los tiempos de las vacas gordas se derivó a lo que preocupaba a los comensales en aquellos momentos como era la terrible crisis económica por la que la población estaba pasando, puesto que los mercados se saturaron de un desmesurado stock de mercancías, al igual que los comercios de aquellas dos familas que tenían el  mismo negocio, que las abocaba al borde de un precipicio llamado déficit y que les haría desaparecer del mapa.

- En fin. Esperemos que esta mala racha pase pronto - dijo resignado Juan Iborra.

-¡Claro que sí papá. - respondió la avispada Leticia-. Y yo me esforzaré para sacar la tienda adelante- añadió en un tono heróico.

- ¡Oh seguro que tú sacarás a flote la empresa de tu padre! - convino Jaime-. Tú eres una chica admirable. Con mucha iniciativa y muy práctica. Has estudiado empresariales, y eso se tiene que notar. No eres como nosotros que sin tener preparación de ninguna clase, sólo con nuestro esfuerzo y tesón conseguimos levantar y mantener nuestro negocio.

- Es que yo soy tan inquieta como mi novio. Él años atrás entraba en una empresa, y si quería ganar más la dejaba, y a la semana siguiente ya estaba trabajando en otro sitio mejor. Hasta que entró en una industria de productos lácteos y ahora es casi un jefazo de allí - explicó orgullosa la hija de la casa.

Quien no parecía demasiado convencido de los buenos propósitos de Leticia era el silencioso Eduardo. Le parecía que aquella forzada euforia respondía a un deseo ilusorio que estaba lejos de la realidad.

Cuando aquel grupo terminó de cenar Eduardo se retiró al amplio comedor de la casa en el que había una mesita con un cenicero y se dispuso a fumar un cigarrillo. Al momento se agregó Leticia y le pidió uno para ella.

- ¡Alegra esa cara, hombre! Ya verás como si se arrima el hombro todo se arregla - le dijo la chica con desparpajo.

- ¿Ah si? Ojalá fuera así. Pero las cosas no son tan fáciles - respondió Eduardo.

- ¿Por qué no? Eres un pesimista, y por eso no pasarás de ser un simple empleado en la Gestora en la que trabajas. En cambio yo me muevo sin parar y estoy al tanto de las novedades que salen en nuestro ramo.

- Sí Leticia. Tú eres una persona muy capacitada para llevar tu negocio. Pero este no es el problema. Para que tú puedas crecer como empresaria, necesitas una buena situación que te facilite las cosas. Y actualmente esto no se da.

- ¡Vaya...!

- Nosotros no somos más que unas simples notas de un concierto -el económico- cuyas directrices dependen de unas oscuras entidades que están fuera de nuestro alcance. - dijo Eduardo.

-¡Bah, bah! ¿Me vas a hablar ahora de la típica conspiración de unas fuerzas ocultas que nos manejan como títeres? ¡jajaja! Esto son fantasías de unos iluminados, hombre. Tienes que ser más práctico - le replicó ella con sarcasmo.

- Vuestro exagerado sentido práctico que consiste en sólo ver lo inmediato, no os deja ver el fondo de las cosas. Los árboles no os dejan ver el bosque. ¿Por qué crees que ahora hay tanto paro? Si la gente pierde el empleo, el dinero no corre y por consiguiente también cae el consumo.

- Sí...

-Esta mala situación viene de lejos - prosiguió Eduardo-. El sistema económico de los años 60 que creó el Estado del Bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, en los años 70 no tan sólo mostró señales de agotamiento, sino que también le perjudicó nuevos mercados en el Pacífico. Y además de que el dolar se devaluó arrastrando a las economías europeas, la OPEP declaró un embargo del petróleo del que dependemos todos. Como ves sin entrar en esoterismos de película, sí que hay unos oscuros y complicados intereses, sucias maquinaciones de cierta gente que perjudican a todo el mundo, y nosotros no podemos hacer nada para remediarlo.

- ¿Y ahora? - inquirió Leticia un tanto insegura. Pues ya no se sentía tan heroína.

- De un tiempo a esta parte más o menos hemos ido tirando; aunque las cosas no son tan brillantes como en los tiempos de nuestros padres. Pero en la actualidad esta crisis se debe a una burbuja inmoviliaria en Japón, que ha generado una caída de los beneficios y la inversión en las empresas y en las Administraciones. Ello se suma a la Guerra del Golfo Pérsico, porque todo está interrelacionado - Eduardo hizo un pausa y añadió-: Tras las crisis, siempre viene un cambio en la manera de vivir en general que para unos es buena y para otros es mala. Ahora surgen por doquier grandes superficies comerciales con precios mucho más baratos en los artículos que se comen a las medianas y pequeñas empresas. En este caso Goliat sí que vence a David. Y por tanto debemos de prepararnos para asumir nuevos cambios, que también afectarán a las relaciones de pareja, porque nuestro estilo de vida es tremendamente materialista. Cuando el dinero sale por la puerta, el amor huye por la ventana - ironizó él.

Leticia dio media vuelta y salió del comedor para ir a la terraza. Si a ella Eduarno nunca le había sido simpático, ahora le parecía que era un pájaro de mal agüero.

Sun embargo al cabo de cierto tiempo el negocio familiar de los Iborra dejó de existir, y Leticia se dedicó a vender pisos de una una inmoviliaria.


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