Parte del libro 3 UNA DULCE MADRILEÑA EROTICO

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Parte del libro 3 “UNA DULCE MADRILEÑA” amor y erotismo.. 

DOAIE

El pie le dolía y lo masajeaba continuamente. Conseguí encontrar en los cajones de la caravana, una crema sin abrir. Un aftersun olvidado por alguien. Se tumbó en la cama cubriéndose con el vestido y apoyó el pie sobre mis piernas. Yo, que me había sentado en el borde de la cama, empecé lentamente a masajearle el pie, extendiéndole esa crema fresca y suave incluso entre los dedos. Mis manos se deslizaban sobre su piel y mis dedos se cruzaban con los dedos de sus pies. Poco a poco, con un movimiento rotatorio, subí por las piernas desplazándole el vestido y acercándome cada vez más al cruce de sus muslos. Conseguí abrirle los pocos botones que aún la protegían y liberarla completamente de ese trozo de tela que escondía su cuerpo. Oía el sonido de su respiración que, poco a poco, se aceleraba. Cerró los ojos y se abandonó, dejando salir un suspiro profundo por la apertura de sus labios. De vez en cuando, su lengua salía de su boca y mojaba, con la saliva, sus labios. Yo observaba, sin decir nada, sus gestos, su cuerpo, la expresión de su rostro, y oía sus gemidos haciéndose cada vez más profundos. El corazón me latía fuerte y cada instante que pasaba me llenaba de deseo por tenerla y hacerla mía. Forzando una leve resistencia que hacía con las piernas para cerrarme el paso, comencé, con una mano, a acariciar su sexo perfumado e hinchado de deseo. Ya mojado de placer. Sentía sus gemidos crecer, ahogados por una falsa vergüenza. Había girado el rostro, escondiéndose un poco entre los pliegues de las sábanas, y gemía.

Entendí que dentro de ella había comenzado ese conflicto moral que afecta a muchas mujeres. Esa lucha interior entre lo que se debe hacer, porque es lo correcto, y lo que se debe vivir para saborear la vida intensamente. Tenía que tranquilizarla

Pasaba mis manos sobre sus senos, haciendo una cierta presión, apretándolos un poco. El contacto con ese cuerpo tan caliente me excitaba y mi miembro se puso duro y recto. Incluso el olor de nuestros cuerpos sudados se había hecho intenso, más fuerte, más animal. Era el olor de la pasión. Completamente mojada entre las piernas, empezaba a moverse cuando, dándole pequeños toques con la punta de los dedos, golpeaba su clítoris, que se hinchaba hasta ponerse duro y recto como un clavo. Cuando su excitación se hizo visible a través de sus gemidos y su cuerpo ya no le pertenecía, con un gesto más decidido, le abrí las piernas y deslicé el dedo índice dentro de su sexo.


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