Primer amor, primer cita, primer mes.

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Recuerdo a la perfección ese día, el verano azotaba la ciudad. Nuestras manos estaban sudorosas, pero por nada del mundo íbamos a soltarnos. Yo llevaba el short floreado que tanto te gustaba y una blusa blanca fresca, tú me provocabas más calor con tu camisa térmica.

De vez en cuando nos mirábamos a los ojos y hacíamos un vano intento por secar nuestro sudor. Como cumplíamos un mes, me llevaste a un lugar fresco, un centro comercial. El aire artificial nos cayó como perlas. Esta era nuestra primera cita, así que andábamos con torpeza por ahí, primero viendo tiendas a las que no me podía resistir y luego eligiendo dónde comeríamos. Siendo nuestra primera cita, teníamos que seleccionar un lugar especial y las opciones eran amplias.

Primero fuimos al cine, aún conservo los boletos de la función. Ahí nos atiborramos de golosinas y palomitas, intercambiábamos besos y miradas. Éramos una pareja adolescente promedio, a leguas se notaba lo enamorados que estábamos.

Luego, torpes y medio nerviosos, terminamos en un restaurante de comida rápida. Al principio me resultaba incómodo, pero poco a poco todo se fue haciendo muy ameno. Y cómo no si estabas conmigo, no podía dejar de verte, no podía con la fascinación de tenerte a mi lado. Vacilé un poco antes de tomar tu mano, seguíamos sudando esta vez de nervios. ¿Cómo podía explicarte todo lo que estaba sintiendo en aquel momento? Esperaba que lo leyeras en mis ojos.

Después de la comida, fuimos a un divertido lugar a jugar hookey de mesa dónde te di una paliza, aunque tu insistías que aquello no era cierto y que encima hacía trampa.

Aquel día hasta perdí mis gafas, pero gané recuerdos fotográficos que atesoro en el alma. Como cuando iba recargada en tu hombro mientras íbamos de camino a casa sin dejar te tomar nuestras aún sudadas manos.

La tarde terminó llena de besos y abrazos, no podíamos resistirnos a pasarnos un poco del límite. Nada nos importaba. Salvo a nosotros.


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