El niño duende

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Buenos días: soy el niño duende y no sé flotar. Todos los mocosos corren con granadas en las manos y drogas afiladas en sus cuerpos. Me presento, soy el invertebrado torpe ¡Golpéame! Todos los padres borrachos se acuchillan en la plaza catedral y sus madres se ríen en bata, mostrando sus denuncias con fuego, con la cara manchada del maquillaje negro, como el alma del dios de los búfalos del desierto. Todos merecemos morir en el matadero del pueblo, un día domingo sofocante con interiores revueltos por todas partes.

Soy nuevo en las calles y no sé conducir por el laberinto del huracán podrido. No tengo motocicleta ni esperanzas de caerte bien amigo sanguijuela. ¡Te odio! La religión me persigue por las esquinas del bochorno - depresivo - junto a los transexuales contamos chistes viejos y le escupimos desde lejos a los monjes siniestros. ¡No quiero tocarte los genitales cerdo repugnante! No creo en sus leyes de perro sádico, obsesionado y domesticado, indecente como el caldo de la cabeza de un mártir de carabineros.

No sé nadar en arenas de represión masiva así que tomé la bicicleta, anduve en dos ruedas y caí en el basurero de gusanos blancos del destierro. Habían cadáveres con lágrimas recién secas y humillantes. No reconozco sexualidad, ni discursos de patriarcas violadores de género. Soy el demonio de tus vicios y gracias a mis incisivos las calles están muertas otra vez. Saborea mi sobredosis una y otra vez, hasta que se derrame tu cerebro mercantil.


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