Padre mío

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Cuando aún estabas vivo no me hacías tanta falta pero ahora que estás dormido añoro tus enseñanzas. Todavía quedan los recuerdos de lo que pudo llegar a ser, de eso que los niños sueñan con esperanzas o lo que envidian de la relación de los otros niños con sus padres. El tiempo no vale para los muertos que se añejaron. En una tarde de neblina se te fue la vida y tu doctrina, la que los colegas de vida extrañan y siguen cada día con envidia.

Ya casi cuatro años y sigo cayendo en peldaños tan oscuros como la sangre que coagula malos recuerdos. Cuatro periodos de olvido y distintos grados de sufrimientos. Me intento conformar con lo básico del ser, lo elemental, pero en cada esquina veo las figuras de rostros que juzgan mis pasos. Los que se quejan de mi proceder no saben lo que me falta de aquel hombre silente y reservado, que cabalgaba sobre el diablo de mi propio holocausto. Lloro todas las noches hasta el amanecer mientras el maniquí descansa en el abismo del recuerdo.

El vacío generado por años ha sido la única influencia que ilumina mis pasos y que también los destruye, junto al recuerdo del hombre estricto que leía el diario los domingos por la mañana, juzgando por deporte mi música y vestuario. Sus creencias religiosas extremistas no le permitían respetarme a mí ni a mis hermanos. El tiempo pasa muy rápido y sigue la alabanza del padre que en cada tarde nos abandona para reencarnar en los sueños de fin de semana: pude ver su cuerpo muerto y el alma que por fin descansa.


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