PEQUEÑAS DIABLESAS

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Era de madrugada. Y era una fiesta estupenda la que se celebraba en ese jardín. Velas en el suelo creaban una atmósfera romántica, farolillos colgados de papel de colores con luz ténue y una enorme bola de espejos que giraba, iluminada por focos, reflejando miles de pequeñas luces que se movían girando e iluminando las caras demoníacas y risueñas de los felices asistentes.

Éstos, todos del género masculino, bailaban eufóricos al ritmo de I Feel Love, de Sam Smith, la nueva versión de la famosa Reina de las discotecas Donna Summers, puesta en bucle, una y otra y otra vez.

Danzaban y cantaban como si fuera el último party de su vida. Nunca se sabía si se iban a librar de ellos de un día para otro.

Algunos echaban de menos al género femenino, así que la promotora del evento decidió invitar a unas cuantas féminas.

En el hotel de al lado estaban instaladas cientos de diablesas colorás, que estaban de paso, pues trabajaban de azafatas en vuelos internacionales con la misión de asustar a los pasajeros con cualquier movimiento de la nave. 

No tenían éstas un trabajo fácil, algunas veces se quedaban sin clientela a la que atormentar porque algunos temerosos con experiencia subían a la nave con un par de  Valiums tomados de casa; otros pillaban tal cogorza en la sala Vip del aeropuerto que subían haciendo eses y se pasaban casi todo el vuelo dormidos. Siempre quedaba algún incauto, por novato en altos vuelos, o algún niño, al que atormentar. La leyenda de que siempre hay un niño llorando en un avión es totalmente cierta, os lo aseguro, y el motivo es el que os acabo de contar.

Así que todas, morenas, rubias y pelirrojas, verdaderas tentaciones para cualquier demonio colorao, recibieron al mismo tiempo un aviso en su Twitter con el chivatazo de que Jon Kortajarena y David Gandy, dos modelos de alta costura, iban a estar en el evento que se celebraba al lado de su hotel. Ni cortas ni perezosas, cambiaron su roja gorra de azafata por el pequeño tridente negro y su conjunto sexy de ropa interior de encaje rojo por un conjunto sexy de ropa interior de encaje negro. 

Bajaron en tropel haciendo balconing, pues no caían, flotaban en el aire y obviando el chapuzón fueron directas al jardín. 

Obvio que ni Jon ni David estaban en la farra vecina, fue una táctica de la promotora como os podéis imaginar.

Y aunque eran pocas para la cantidad de demonios que en ella había, fue suficiente para montar una bacanal recordada por mucho tiempo por los hastiados vecinos del barrio.

Acabaron desfallecidos y en un plis plás desaparecieron sin saberse nunca más de ellos, pues la derrota en su misión fue vergonzosa y fueron desterrados a las llanuras abisales de Pernambuco, a fastidiar a los protozoos y a los peces luminescentes. Ellas, me atrevo a pensar que volverían a su labor con más o menos energías.

Así la angelical promotora consiguió su objetivo... que no era otro que descansar a su hora.

 

 


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