El desastre tras tu ausencia.

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Esta no es más que otra ocasión en que mis pensamientos se hinchan en una noche sin luna.
Resuenan en toda la habitación, arrebatando mi sueño y aliándose al cansancio, que se aloja en mis ojeras y se rehúsa a dejarme.
Van determinados, estruendosos, agresivos; esgrimen con fiereza como sables las venas de mi mente, obligándome a seguir un camino que encierra mi testa en un bucle del que no encuentro escape.
Navego perdida desde que pretendo ocultar tu colorida existencia de mis lienzos, pues la ansiedad me ha encontrado y ha hecho de mi mente su templo, hallando la forma de burlarse siempre de mi intento inútil por borrar la tinta de tus versos escritos en mi memoria.
El pequeño monstruo ansioso, se nutre de mis dudas y le arma la guerra al sentido común todos los días.
Se ha dado la tarea de barrer sin falta cualquier rastro o señal que represente un camino hacia mis objetivos.
Va encadenando momentos del pasado como quien encadena tiros, y yo me dejo atinar creyendo que mi derrota lo hará satisfecho, pero éste, encompinchado con las sombras del crepúsculo desempolva en mí un miedo más, haciéndome más pequeña.
A veces la paranoia me seduce y juega con mí juicio, detallando a las personas a través del cristal de mis ojos, e imponiendo sus argucias resonantes cual cascabeles silenciando mis palabras. En mí egoísmo, me he sentenciado a caminar sin andar, ver sin mirar, oír sin escuchar y hago injustamente de todo lo que estrecho en mis brazos, y enredo en mis dedos, un refugio temporal, que me ayuda a huir con éxito de tú gélido aliento, pero éste vuelve como un fantasma y perfuma mi almohada en la penumbra cuestionando mi juicio sin abogacía que me ampare, sembrando como flores dudas en mis decisiones. 
¡Y dios mío! El tiempo parece no querer amistad alguna, a veces acelerado, a veces atrasado, pero siempre atravesandome con sus agujas invisibles.
Cuando me doy cuenta una vez más selene deja caer el frío manto de la noche y cada canción habla de ti.
A las yemas de los dedos que escriben estas palabras las guía la esperanza de liberar de a poco un trozo de ti, y en cada espacio que quede vacío como imán encajen nuevamente mis piezas. Para ese entonces ansío mi plan de agradarle al tiempo alcance el éxito y por consecuente logre las pases con mi actual alma quejumbrosa; pero resguardando siempre bajo el manto de aquella esperanza toparme de nuevo con el dulce y a veces, amargo café de tus mañanas.
Y sí a ese no lo volviese a saborear, poder al menos recordar con paz el de tus ojos, adivinando cuanto de azúcar me bastará.

-Knightlier.


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