Hubo un tiempo. PARTE 1

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¡Necesito cosas antiguas!

De una carta escrita desde lo más profundo del corazón en una hoja de papel. De una llamada en la noche desde una cabina telefónica. De alguien, que llama a la puerta de mi casa con una botella de vino en la mano, para compartir una copa conmigo.

Hubo un tiempo en el que las cosas eran más simples y la vida era más honesta. Un tiempo en el que, cuando volvías a casa después del colegio, donde no habías hecho nada durante todo el día, por la tarde, después de las tareas que tu madre te obligaba a hacer; dibujos animados, chocolate untado en el pan, fútbol con los amigos y un partido de ping pong. Verdadera despreocupación, alegría en el corazón, la sencillez de vivir. Un tiempo en el que existían personas diferentes, que se bastaban a sí mismas, felices de lo que tenían y no infelices por lo que no tenían. Para ser un intelectual había que estudiar, para ser un médico conocer la medicina, para ser un artista tener un alma bohemia, y para ser un artesano tener un arte en las manos. Cuando todavía se intercambiaban letras escritas a mano, o se regalaban los propios pensamientos a un viejo diario que se escondía en el último cajón del armario. Cuando las prioridades eran diferentes, cómo la de ocuparse de las certezas cotidianas, de quien estaba a nuestro lado, de lo que habríamos podido hacer para realizar un sueño, y de lo poco que nos daba la vida. Y no una loca carrera hacia lo superfluo, hacia lo superficial, hacia la nada, con la utópica ilusión de que la felicidad dependa  del poseer. Y lo que decía la ley era justo y respetado por todos, porque incluso la política era honesta y servía para ayudar a quienes más lo necesitan. Actuaba según los intereses del pueblo para ayudar a la gente a estar mejor, a vivir mejor y a tener una vida más digna. Y los débiles y los ancianos no se abandonaban a su suerte, porque incluso los políticos de entonces eran hombres verdaderos y no bufones como hoy en día, que prometen y al mismo tiempo desmienten sin avergonzarse de lo que habían prometido.

Hubo un tiempo que la dignidad, el respeto y la educación eran real, y quien mentía se avergonzaba de haber mentido y sabia también pedir perdón, porque existía la conciencia. Y los principios trasmitidos de nuestros padres, si llevaban en lo profundo de nuestros corazones. Existían personas que amaban más escuchar que hablar, porque sabían pensar y valorar. Personas que amaban compartir un paseo contigo, sin hacer nada, sin pretender nada, solo por el placer de estar en tu compañía y conversar contigo los hechos del mundo. Personas que se desafiaban para ver a quién bebía más cervezas en una playa a la orilla del mar, o quién cantaba más desentonado una vieja canción ante una fogata rodeada de amigos, que reían y se burlaban de él. Y cuando se hacía una foto era para preservar un recuerdo, y no para conseguir  un “me gusta”.  No había gente esclava de los móviles o de un selfie.

Hubo un tiempo en el que era casi obligatorio el sábado a medianoche,  hacer una pasta en casa de un amigo. Como también era una especie de ritual al terminar la noche ir a desayunar juntos, en una pastelería semiabierta croissant rellenos de chocolate, esperando el inicio de un nuevo día. Y cuando teníamos una cita con una chica que nos gustaba y ella no se presentaba, nos quedábamos allí, nerviosos y ansiosos esperando durante un tiempo indefinido con el anhelo de que apareciera de un momento al otro. Y las miles de mujeres o los miles de hombres que nos pasaban por delante, nos resultaban totalmente indiferentes porque ya habíamos elegido. Y era ella, o él, que queríamos.

Hubo un tiempo en el que el amor era algo que no se compraba y no se regalaba. Sino que era algo que había que conquistar, que ganar, pero, sobre todo, merecerse. Las mujeres se entregaban a un hombre para ser amadas de por vida, y el hombre buscaba una mujer para construir algo sólido y duradero, porqué la familia tenía un sentido. Y cuando se discutía, para hacer las paces era suficiente hacer amor e inmediatamente se olvidaba lo sucedido, porque lo importante era estar juntos. Y declarar de amar, era algo que se hacía con extremo cuidado y precaución. Y cada pensamiento, cada palabra, cada acción que nacía desde el profundo del corazón hacia esa persona, era solo por su bien. Porque amar significaba preocuparse por alguien. Cuando pasear cogidos de la mano o abrazados uno al otro era dulce y tierno, y besarse por la calle apoyados en un muro, o escondidos en un portal dejado abierto, nos daba un poco de vergüenza por las personas que pasaban cerca, porqué existía el pudor y el respeto.

 

 

 

 

 

 

 

 


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