Restos de interior

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Puedo escuchar en las sombras del entierro los gritos y las suplicas de los que no atesoran la hermosura de lo inactivo y el anhelo de lo envejecido. Cadáveres que físicamente son solo fluidos que mantienen sus consciencias esperanzadas. En mi espalda manchada de carbón percivo cientos de miradas fugitivas, las que suelen cantar con el ansia infinita del sueño interior. Una estaca de marfil incinerada se entierra en mis antebrazos, simulando algunas bellas y solitarias frases que promueven recuerdos del legitimo, sincero y destructivo amor.

Hay sustancias que no puedo percibir en medio de la seca neblina que ahoga y que desconoce los surcos de las penurias. Lo único que logro interpretar luego de semanas sin dormir son los suspiros de mis muertos, que vigilan para poseer y diagnosticar mi último cáncer antes de caer al manto de rozas blancas disecadas.

Cuando las almas decapitadas sujetan mis piernas para recordarme que el castigo no tiene pausas, me aferro a las piedras ensangrentadas que amputan mis dedos. Mientras sufro del castigo que merezco sólo puedo pensar en ver nuevamente tu bella imagen que me ilumina junto a las líneas de sol que por hoy desconozco. Hay centenares de almas disecadas que se arrodillan en mi camino pero aún no logro encontrar tu sonrisa del desquicio. Todavía albergo las aptitudes que disfrazaban tus falencias mentales y mis armas de violencia del pensamiento. Tú siempre serás más bella que mis castigos y asesinatos en cadena. Para finalizar mi relato, tengo la seguridad de que algún día lograras tu felicidad sin tanto sufrir, mientras los gusanos devoran la carne de mis recuerdos que se desvanecen sumergidos en la vida de los demás.


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