EL TSUNAMI CULTURAL

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Hace unos cuántos meses que la señora Gloria Huguet que era una mujer morena, de mediana edad, casada y con dos hijos adolescentes, parecía que estaba bastante valorada tanto por su familia como por su círculo de amistades debido a su lúcida capacidad de razonamiento y por su sentido práctico respecto a los problemas que se le pudiesen plantear en el ámbito doméstico.

 De manera que Gloria consciente de su inteligencia natural hizo caso a sus amigas de que se apuntara a una tertulia literaria que se celebraba una vez al mes en la Biblioteca pública de Badalona, que era una población de la provincia de Barcelona de cara al mar y que era donde vivía, convencida de que allí haría un buen papel.

La mayoría de personas que acudían a aquella tertulia eran mujeres como ella, excepto un hombre joven, de aspecto escuálido y con gafas llamado Esteban, quienes se sentaban en torno a una larga mesa que estaba en una planta superior del edicicio, y daban su opinión acerca de la novela de turno que se les proponía.

Mas lo que Gloria Huguet no se había llegado a imaginar fue que aquella primera vez que ingresó en la tertulia le tocara leer una endiablada novelita que la dejó estupefacta; era como si ésta fuese una obra escrita por un ser de otro planeta ajeno al mundo que ella conocía, pero que sin embargo su autor era un chico joven alemán que se había hecho bastante famoso en media Europa.

Cuando Gloria tuvo que exponer su comentario sobre la novela en cuestión, tenía casi la mente en blanco y no sabía muy bien qué decir. Pues su elocuencia, su juício crítico se habían evaporado como el humo y temía hacer el más espantoso de los ridículos.

- Adelante, Gloria. No te cortes y di lo que piensas aceca de la novela - la animó el moderador de la reunión, que era un joven funcionario de aquel centro.

- A mi francamente esta novela me ha parcido una gran tomadura de pelo. No la he entendido nada - dijo Gloria con un aire irónico-. ¿A qué viene mezclar la estética nazi cuando esta gentuza fueron unos asesinos en serie, con los escarceos eróticos con las estudiantes de la Universidad; y a la vez el autor  mete en el mismo saco, como si no tuvieran ninguna importancia a los grandes pensadores de la Historia? ¿Qué tienen que ver unas cosas con las otras? ¿Qué pretende decir este chaval con este desaguisado? ¿Hacerse notar porque en su casa no le hacen caso?

Esteban que era el único varón de la tertulia quiso responder a aquella buena mujer.

- Bueno. A mi este librito no me ha gustado nada. Es de lo más disparatado que he leído jamás - dijo él-. Pero eso no quiere decir que no lo comprenda. Nos encontramos en un tsnami ropturista cultural con el erudito y lineal discurso del pasado. A esta gigantesca hola se la llama postmodernidad. Esta estética nazi de la que hacen ostentación los protagonistas de la historia que está directamente relacionada con un rampante erotismo, tiene mucho que ver con las prácticas sadomasiquistas que en muchos grupos de hoy en día están de moda. Estamos en una sociedad que rinde culto al placer en todas sus formas; al cuerpo en sí mismo y ya nada es reprobable como lo era antes. A lo subjetivo, a lo emocional por demencial que sea se le da un sentido de legimitividad, y ha desbancado a lo objetivo y racional. Pues cualquier imbécil puede decir una barbaridad, y eso se entenderá como una forma de pensar.

La señora Gloria frunció el ceño, sin captar del todo el sentido de lo que el lector Esteban quería decir. Para ella aquella novela era una simple bazofia y no había porque darle más vueltas. Pero a pesar de todo ella prefirió que le aclarasen algunos conceptos.

- ¡Pero en este galimatías de situaciones que salen en la trama no tiene ni orden ni concierto. De una cosa se va a la otra como si el mundo fuese un Mercadillo en el que todo vale y en el que todo mundo cabe. No sé. No lo veo claro.

- Sí. Así es. El hecho de mostrar a una variopinta sociedad, para la gente postmoderna tiene su razón de ser. Para ella todo está descentralizado, y no hay ningun referente único. La colectividad por boba que sea, tiene más importancia que una gran verdad que por ejemplo revele un oráculo en la Plaza Cataluña llamado Sócrates, o Sartre. Claro que esta nueva manera de ser nos hace caer en la tiranía de las masas.

- Pues no me gusta, no me gusta nada... - se empecinó Gloria.

- Es natural que no le guste, señora. Por mucho que se diga no estamos en el mejor de los mundos - respondió Esteban con una condescendiente sonrisa-. ¿Cómo nos va a gustar el hecho de que se sublimine a los objetos por encima de las personas? Se considera que el sujeto en sí mismo es algo pesado, y lo que éste piense no tiene la menor relevancia. De acuerdo con el mercantilismo globalizado que es el dios actual de nuestra época, este sujeto se tiene que hacer hacer valer. Tiene que ofrecer una "buena y risueña imágen" para poder vender sus productos. Él ya es un producto. Y por consiguiente sus problemas personales no son más que simples opiniones, fantasmadas mentales que están fuera de la realidad. Una realidad totalmente simplificada, dispersa y también falsa en la que sólo cuentan las vulgares y las pequeñas historietas de los demás.

- Ya entiendo... - asintió la señora Gloria-. Yo recuerdo que hace unos años, que cuando una persona le contaba a otra sus problemas personales o sus puntos de vista sobre cualquier tema, a veces su interlocutor le daba con sorna una tarjeta de visita con la frase: "No me cuentes tu vida, que yo también he sufrido mucho". Y al parecer esto ahora sigue practicándose.

- Vaya... Pero esta simplicidad social, está auspiciada por los medios de comunicación, y sobre todo por las Redes Sociales, que rechazan toda profundidad analítica especialmente en la política. Estos medios nos inculcan que cualquier verdad que nosotros hayamos podido comprobar empíricamente - sobre el terreno-, no es más que una opinión subjetiva, sin base alguna. Por eso cuando visitamos a un amigo, o a un familiar y les explicamos nuestro parecer sobre algo con un mínimo de profundidad, a éste le cuesta tanto seguirnos en la conversación. Porque está influido por esta simplsta filosofía, por muchos títulos académicos que tenga, ya que se estudia para tener un oficio bien renumerado para poder encajar en el mundo empresarial, pero se aborrece el discurso reflexivo. Y esto es lo que nos quiere transmitir la endiablada novelita que nos ha tocado comentar.

Al terminar la tertulia literaria la señora Gloria regresó a su hogar con una cierta inquietud porque ahora no estaba muy segura si vivía en un simulacro familiar que en un momento dado podía no sería comprendida por los suyos, sobre todo por los hijos, o en un ambiente receptivo de carne y hueso que es a lo que ella por lógica había aspirado siempre.

 

 

 


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