EMPLEADA DE HOGAR

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Carlos y Susana, un matrimonio de 70 y 68 años respectivamente, después de subir la compra del supermercado, sintiéndose muy cansados, se preguntaron un día a quién podían recurrir para que les hiciera algunas faenas de la casa. 

Sentados en el sofá, Susana dijo que hacer las camas, tender la ropa lavada, comprar, planchar y limpieza general ya no podían hacerlo ellos. 

El hombre sugirió que Elisa, una vecina que vivía dos pisos más arriba, una mujer de 50 años, divorciada, sin empleo, podría ser la persona que les ayudara.

-Tienes razón -convino Susana- Me dijo un día que iba a pedir una prestación o una ayuda para pagar el alquiler del piso, porque vivía de una pensión de viuda de su hermana, una persona inestable, con la que discutía mucho y que siempre le amenazaba con cerrarle la mano. 

-¿No viven juntas? -se interesó Carlos.

- La hermana vive durante la semana en una residencia y sólo los fines de semana comparten piso.

La visitaron en su casa y le plantearon la necesidad de que se hiciera cargo de algunas faenas caseras. Elisa aceptó de buen grado.

-El dinero me vendrá bien, así no dependeré tanto de lo que me da mi hermana -comentó- Me evitaré muchas broncas, se cree que malgasto lo que me da, pero el único vicio que tengo es el tabaco. Hace años que no me compro ropa ni zapatos.

Al día siguiente del acuerdo, desde las 9 de la mañana, Elisa se presentaba en casa de sus vecinos que ya habían desayunado, les hacía la cama, limpiaba, recogía la ropa puesta a secar, compraba en el supermercado, planchaba.

Susana no quería que preparara también la comida porque le gustaba cocinar a ella, y todos los días le daba una ración para que se la comiera en su casa.

-Puedes comer con nosotros si quieres -le propuso.

- Si me dejara fregar los platos sí que me quedaría, pero se empeñan en fregar ustedes.

- Es que algo tenemos que hacer, no te preocupes por eso.

Al cabo de un par de meses, la confianza entre ellos era grande.

Elisa, mientras planchaba, con Carlos y Susana sentados a su espalda en un sofá, ella leyendo un libro, él un periódico, les confesó que esa noche había tenido un sueño erótico.

-Cuenta, cuenta -se interesó Susana.

Elisa giró el cuerpo y ellos la estaban mirando, atentos a lo que relatara.

- Se lo digo porque en el sueño estaban también ustedes. Me he despertado excitada, con una mano entre las piernas acariciándome.

Carlos se frotó las manos y le pidió que lo contase sin demora. 

- Yo estaba planchando, desnuda, pero no me había dado cuenta de que no llevaba ropa alguna. Ustedes, a mi espalda, me miraban fijamente, sin avisarme de mi falta de ropa, disfrutando de lo que veían. En un momento dado le oía a usted, Carlos, comentar que tenía un bonito culo y a usted, Susana, afirmar que era cierto. Entonces me daba cuenta de la situación y echaba a correr fuera de la habitación, avergonzada, y me he despertado.

Tras un momento de silencio, Susana le preguntó que por qué no hacían realidad el sueño.

- A tu edad no debes tener vergüenza -añadió Susana.

- Y a nosotros nos das una alegría -dijo Carlos. 

Elisa se encogió de hombros y dijo "Bueno". Poco a poco se quitó la ropa y una vez desnuda les dio la espalda y siguió planchando.

- ¿Por qué no dejas la plancha y vienes con nosotros al sofá? -preguntó Susana.

Elisa esperaba algo, así que desenchufó la plancha y se acercó al matrimonio.

-¿Qué quieren que haga? -les preguntó.

Susana se levantó, quitó la plancha de la tabla y le dijo a Elisa que apoyara el pecho encima y se abriera de piernas.  Así lo hizo Elisa. Susana llamó a su marido con un gesto de la mano. Cuando estuvo a su lado, separó las nalgas de Elisa con ambas manos y le dijo a su marido que mirase y tocase lo que le apeteciera. Carlos metió los dedos en el ano y la vagina de Elis con sumo cuidado, haciéndola gozar. 

- Métanme lo que quieran -les dijo.

Susana recordó que guardaba un consolador en forma de pene en una caja dentro del armario del dormitorio, que dejaron de usar hace tiempo. Fue a por él y mientras su marido sujetaba separadas las nalgas de Elisa, le introdujo el falo, metiéndolo y sacándolo varias veces. Elisa gimió y gritó de placer.

-Ahora por el culo -le dijo Carlos a su mujer.

-Hazlo tú -le invitó ella.

De esa manera estuvieron jugando con la empleada de hogar hasta que se cansaron. Entonces el matrimonio se sentó en el sofá y Elisa en el suelo, frente a ellos, procediendo a masturbarse mientras la miraban.

-Hemos ido más allá que en el sueño de esta noche gracias a su colaboración -comentó una vez tranquilizada.


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