Estelares

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He estado pensando mucho, tal vez fue un estado de embriaguez mental, no lo sé bien.

- Aquí vamos otra vez. ¿De qué hablas?

De esto, de lo que me paso contigo… hubiese deseado estar consciente de cada decisión.

- Pierde cuidado, ya no importa. Ahora todo será mejor.

Y eso es lo que duele.

- Escucha, seamos maduros, ¿bien?, solo firmaremos, sin complicaciones. Todo está arreglado.

¡Pero nosotros no!, estamos descompuestos.

- De verdad, ya no importa y lo lamento, mucho. Seremos de otros… tráficos de ciudad, lugares, personas, situaciones, vivencias. No hay más nosotros.

Solo quería ser tuyo… hacerlo bien.

- Pero ahora es demasiado tarde. ¿Entramos?, el abogado está esperando.

2

El juez ya llegó, ¿están listos? –pregunta el abogado-.

- Por supuesto -ella espera su respuesta sin voltear a verlo. Tiene ambas manos sobre los tirantes del bolso último que él le regaló en su cumpleaños-.

¿Señor?, ¿está usted listo? –insiste el abogado-.

Disculpa, sí, todo está en orden. ¿Qué sigue?

Solo es cuestión de firmar, señor. Pasen, les estaré esperando aquí –confirma-.

El juez los recibe amable, hace las últimas preguntas de rigor y continúa con la ceremonia del sacrifico amoroso. Al fondo de la sala una fotocopiadora imprime el destino inminente de nuestros protagonistas. Una pluma fuente acecha sobre el escritorio, es el verdugo de una relación de 7 años de edad que se enfermó de normalidad y frío.

Aquí están los papeles, por favor firmen –sentencia-.

El abogado escucha en la sala de espera, siente pesar por ellos; se acomoda la corbata roja, nervioso. Él mismo les ayudó años atrás a llevar un proceso de adopción que no pudo concretarse de último minuto por temas burocráticos.

Ahora mismo están firmando, ella lo hace rápido, con su caligrafía de pliegues inconsistentes. El ruido de la punta sobre el papel acaba de atascar la máquina del tiempo con su sonido hiriente. Algo se está rasgando en el universo, una estrella se está desbaratando en algún lugar del cosmos, es aquella que habían planeado visitar cuando murieran, tenían una cita con sus mejores ropas puestas. Él coge la pluma, estampa su signatura con parsimonia, consciente de que en cada trazo angular se le está yendo el amor. Sabe que en la tinta se están pausando los destinos compartidos de dos seres que se amaban sin restricciones, sin reproches.

Es todo –dice al tiempo de voltear a verla.

La mira, se miran, miran al juez y ella estira la mano con el folder manila tamaño carta. El juez estrechará la mano de ambos, los observará dar media vuelta y apenas escuchará que él pasará por sus cosas restantes mañana a primera hora.

El abogado los recibe, sonríe con mucha pena, quizá su lado humano le ha vencido hoy. Bueno –dice- quedó a sus órdenes, debo entrar por las copias de los documentos, les mantendré informados.

Gracias –responden ambos-.

- Escucha –dice ella- debo ir al trabajo, ¿vas a algún sitio?, puedo llevarte.

No, caminaré al departamento –responde él-, hay un desorden severo, necesito, ya sabes…

Se dan un abrazo en medio del transitar multitudinario de las personas. Reconciliador, lento, reflexivo. El mundo sigue su curso, ajeno a este pequeño cataclismo humano.

Me voy –confirma él- tienes mi número, por cualquier cosa.

Sonríen y agitan la mano con un adiós apenas insinuado.

Aquel astro de cielo que se desbarataba minutos antes está terminando de morir ahora mismo, dejará su reguero de existencia por los rincones del universo, los pasos de los protagonistas están inscritos para siempre en la historia, aunque ellos no lo sepan. Son estelares.

 

 


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